¿Qué mensaje esconde la gorra de Trump?
Últimamente, Donald Trump nos está privando de uno de los elementos más característicos de su estética: su tupé capilar que, con una aerodinámica improbable y una cantidad generosa de laca, desafía las leyes newtonianas de la gravedad. En cambio, nos obsequia con un nuevo elemento que se está convirtiendo en marca personal, especialmente desde la invasión de Irán: la gorra de béisbol. Una gorra convertida en símbolo patriótico y eslogan político, que alterna los colores de la bandera de los Estados Unidos y dos bordados según la ocasión: "USA" y "Make America great again" (MAGA). Cuando Trump se pone su gorra roja, más que simplemente repetir una estrategia electoral, está reactivando una tradición mucho más antigua: la de convertir un complemento de la cabeza en una bandera.
El precedente más antiguo lo encontramos en el gorro frigio de la antigua Roma, que recibían los esclavos en el momento de ser liberados. Los conspiradores de Julio César también lo exhibieron tras su asesinato para celebrar públicamente que, con la muerte del dictador, creían haber recuperado la libertad. Posteriormente, este símbolo se transformaría, ya bajo la Revolución Francesa, en el bonnet rouge: una gorra como gesto político visible para mostrar adhesión a la revolución.
También otros sombreros han funcionado como marcadores sociales y políticos. El sombrero de copa de las élites burguesas de finales del siglo XIX proclamaba públicamente, incluso con su propia altura, una superioridad de clase. En respuesta, el proletariado adoptó las gorras planas de tela. Aunque no cristalizaron como símbolo explícito de lucha política, sí que se convirtieron en un elemento identificativo muy útil en un momento en que la conciencia de clase devino fundamental para las luchas obreras.
La boina que lucía orgulloso el Che Guevara en la ya icónica fotografía que Alberto Korda hizo en 1960 acabaría convirtiéndose en un símbolo de la guerrilla revolucionaria y la resistencia política. Pero la sobreexposición de esta imagen —una de las más reproducidas del siglo XX— hizo que, paradójicamente, aquello que había nacido como símbolo anticapitalista acabara reducido a icono pop explotada por el capitalismo kitsch.
Trump recurre ahora a uno de los objetos más reconocibles de la cultura norteamericana: la gorra de béisbol con visera. La crearon los Brooklyn Excelsiors a mediados del siglo XIX para evitar que los jugadores quedaran deslumbrados por el sol al mirar pelotas al cielo, y durante décadas fue solo un elemento funcional. Pero con el tiempo la gorra —especialmente la de los New York Yankees— salió del estadio y, gracias a la cultura urbana y al hip-hop, se convirtió en un símbolo global de identidad cultural. En un mundo que necesita signos visibles e inmediatos, la gorra ofrecía una superficie perfecta para inscribir cualquier mensaje, grafismo o símbolo, con una producción barata y fácil.
El sombrero cowboy, que conecta con uno de los mitos fundacionales de los Estados Unidos, habría podido servir para representar las ideas nacionalistas de Trump, tal como lo habían utilizado en el pasado Lyndon B. Johnson, Ronald Reagan o George W. Bush. Presidentes como Barack Obama o Joe Biden también se han dejado ver con gorras de béisbol, en el caso del segundo para rejuvenecer su imagen, pero siempre en momentos informales.
La diferencia con Trump es que él ya no la lleva en contextos cotidianos, sino en escenarios políticos, como elemento central de su iconografía. Un gesto coherente con su manera de entender la política: hecha de eslóganes, de gestos inmediatos y de una comunicación que funciona como marca. Trump se presenta así como un político pop que se construye a sí mismo como un producto, en el que la gorra no es solo un símbolo de adhesión sino también una pieza pensada para circular, venderse y generar beneficio. Si la Revolución Francesa tenía un sombrero, la política contemporánea norteamericana tiene merchandising.