¿Por qué nos molestan tanto a los 'therians'?

La pregunta recurrente de estos últimos días entre amigos, conocidos y saludados ha sido inequívoca: "Qué piensas de los therianos?" Una pregunta impregnada de inquietud y de una necesidad casi urgente de confirmar la sospecha de que, como humanidad, nos estamos yendo por el pedregal. El encuentro de la comunidad el 21 de febrero en el Arco de Triunfo de Barcelona elevó la cuestión a categoría de amenaza colectiva cuando, en realidad, no fue más que una concentración de adolescentes curiosos. El episodio se vivió como una jornada de caza mayor, con el objetivo implícito de capturar alguno de estos supuestos especímenes para alimentar a las redes. Y de therianos, ni rastro.

¿El resultado? Un suflé en toda regla que, dentro de pocos días, se desinflará hasta convertirse en el vago recuerdo de un tema hiperventilado con entusiasmo porque no miramos hacia las cuestiones que realmente importan. Y, para que la demagogia de extrema derecha tuviera todos los ingredientes, tampoco faltaron cánticos que atribuían el fenómeno a Pedro Sánchez.

Cargando
No hay anuncios

Los therianos, en caso de existir, son una comunidad de jóvenes que aseguran sentirse psicológica y espiritualmente identificados con un animal no humano. No se consideran animales en sentido literal, sino que entienden esta identificación como una dimensión interior –su theriotype–. En los encuentros, esta identidad se hace visible a través de mascarillas, colas o guantes que actúan como dispositivos de construcción colectiva. No son simples complementos estéticos: performan la identidad y refuerzan la pertenencia, dos nociones hoy en crisis. Pero ¿por qué nos inquieta tanto?

No es la primera vez que las sociedades buscan asimilarse a calidades animales. En culturas chamánicas, las pieles, plumas o cabezas de animal no eran disfraces, sino vehículos de fusión simbólica con el espíritu animal, puentes entre el mundo humano y el natural. En el Antiguo Egipto, muchos dioses combinaban cuerpo humano y ningún animal para integrar atributos como la protección, la fertilidad o la fuerza; el faraón, al identificarse con una divinidad concreta, hacía suyas también estas cualidades.

Cargando
No hay anuncios

En la Edad Media, el bestiario funcionaba como un dispositivo moral que ordenaba el mundo: los animales se asociaban a figuras sagradas por su significado simbólico. La heráldica nobiliaria adoptaba leones, dragones o águilas para codificar linajes y fijar identidades. Durante las monarquías absolutistas, lucir pieles como el armiño, el visón o la marta no respondía sólo a una necesidad térmica, sino que actuaba como marcador inequívoco de autoridad y como demostración de dominio sobre la naturaleza, literalmente reposada sobre los hombros. Unas pieles que la burguesía del siglo XIX y XX convertiría en abrigo para visibilizar su nuevo poder económico y social. La moda, de hecho, siempre ha sido una tecnología para negociar la frontera entre naturaleza y cultura y, al hacerlo, recordarnos que quizás no son tan lejanas como nos gusta creer.

La voluntad de este artículo no es normalizar que unos jóvenes se encuentren en su tiempo libre para comportarse como animales. Pero tampoco es muy diferente a lo que hacen quienes asisten al Salón del Manga vestidos de tortuga ninja, y no por eso anunciamos el fin de la civilización. Quizás lo que realmente nos incomoda no es la máscara, sino el espejo. Y, observando el mundo que nos rodea y lo que está por venir, quizá la tentación de vestirnos de gato y ponernos a maullir no es una extravagancia, sino una metáfora bastante precisa de nuestro tiempo.