Violencia machista

"Las mujeres me enseñaron a dejar de sentirme culpable: yo no decidí ser agredida"

Ante las agresiones sexuales, las mujeres de Honduras y Guatemala se unen por una justicia social alejada del punitivismo oficial

Isabel Muntané
04/03/2026

"Todo el mundo me miraba como si fuera culpa mía, como si yo lo hubiera provocado. Me miraban con horror, con asco, con culpa, como si fuera la peor persona del mundo. Sentí pánico, porque pensé que había hecho algo malo, pero no entendía qué era lo malo que había hecho". Así explica Keilyn Andrea González, una joven hondureña, cómo se sentía después de haber sufrido abusos sexuales a los 11 años. Lo olvidó, lo bloqueó. No fue hasta muchos años después de que esa violencia sexual reapareció y, con ella, la necesidad de reparación. Una necesidad que convirtió en grito público: "Yo no tenía la culpa de lo que me había pasado".

El caso de Keilyn no es extraño. Los medios de comunicación llevaban muchos años denunciando agresiones y abusos sexuales cuando surgieron diferentes movimientos de mujeres, como el Yo Te Creo en Guatemala o el Me Too en EE.UU. solas. Keylin también rompió el silencio gracias al ejemplo de otras mujeres, y abrió el camino para que la vergüenza cambiara de bando: "Un día, con mi expareja, recordé aquella agresión porque él intentó hacer lo mismo. Entonces entendí que yo había sido una víctima de agresión sexual y que en ese momento aún seguía siendo una víctima". Habían pasado años y la culpa seguía presente: "Sentía que yo me lo había buscado, que merecía lo que me había pasado, que quizás fueron mis malas decisiones, que quizás estaba teniendo una mala actitud, pero me detuve y empecé a dejar de sentir culpa".

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Lo que sí sabía Keylin era que no podía recurrir a la justicia oficial, porque el sistema judicial de Honduras tiene bajos porcentajes de condenas a agresores y, en su caso, el delito ya había prescrito. En 2024, según datos del ministerio público hondureño recogidos por el Centro de Derechos de Mujeres (CDM), se presentaron 3.350 denuncias de violencia sexual contra mujeres y niñas. El 62% eran menores de edad. Del total de denuncias presentadas, sólo 298 obtuvieron una resolución condenatoria. De acuerdo con la encuesta de prevalencia del Instituto Nacional de Estadística, 24 de cada 100 mujeres en Honduras han experimentado violencia sexual al menos una vez en su vida.

El déficit de respuesta en los casos de violencias sexuales, acompañado de la violencia institucional y la revictimización, hace que las mujeres luchen por una reparación que no tiene que ver con el sistema judicial punitivo que impera en la mayoría de países. Para la Keylin, fue fundamental poder identificarse con otras mujeres: "En el 2018, con el boom del feminismo, entendí que otras muchas mujeres habían tenido experiencias parecidas a la mía y salían a las calles a alzar la voz por sus derechos". Fue pasar de la individualidad a la colectividad y romper el silencio: "Ellas también se movilizaban por mujeres que, como yo, no tenían el conocimiento necesario para soportar estas situaciones. Ellas me enseñaron a dejar de sentirme culpable: yo no decidí ser agredida. Estas cosas ocurrieron, fueron muy lamentables, pero yo no las decidí".

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De víctima a superviviente

Como la Keylin, las hondureñas buscan alternativas a las propuestas institucionales que les permitan dejar de ser víctimas y convertirse en supervivientes: "Nos hemos dado cuenta de que no tenemos acceso a la justicia estatal, y por eso buscamos una justicia social", explica Julissa Rivas, miembro del colectivo hondureño Yo No Quiero Ser Violada. Una justicia, añade, se materializa no sólo en sobrevivir, sino en ser personas felices pese a lo que les ha pasado. "Y sobre todo al organizarnos para evitar que a otra compañera le pase lo mismo y, en caso de que le pase, que pueda encontrar espacios donde expresarse y trascender de víctima a superviviente".

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El proceso de reparación de Julissa Rivas, que al igual que Keylin también sufrió agresiones sexuales, le ha llevado a convertirse en una activista que lucha en contra de las violencias sexuales. "Desde la resiliencia de atrevernos y ser felices", explica. Ella lo tiene claro, esa lucha debe ser colectiva: "Organizarse es una forma de sobrevivir, de actuar y de ser la protagonista de un cambio que en algún momento quisimos tener y no pudimos". Un cambio, añade, se convierte en "un acto político y de justicia para recuperar el cuerpo, la libertad y la vida".

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La reparación de las violencias sexuales que proponen Keylin y Julissa surge de una justicia comunitaria. Es la justicia que también llevan a cabo en Guatemala. La experiencia de los procesos judiciales por las múltiples violencias sexuales sufridas por las mujeres durante los enfrentamientos civiles y la dictadura hizo que las guatemaltecas se reafirmaran en la necesidad de buscar vías de reparación en procesos colectivos. La justicia de los tribunales, aseguran, no defiende ni respeta los derechos sexuales y reproductivos (DSiR) de las mujeres y las diversidades. "Es la ley de los hombres, la ley del patriarcado, que sigue generando humillación, estigmatización, vergüenza, culpa, responsabilidad y amenazas", explica Elsa Rabanales, de la organización guatemalteca Actoras de Cambio.

En Guatemala, según diversas fuentes, existe un 99% de impunidad en los tribunales para los casos de violencias sexuales, y los DSiR y el derecho a una vida libre de violencias son vulnerados por la falta de una tipificación clara de determinados delitos, como el acoso sexual. Según datos de 2024 del Instituto Nacional de Estadística de Guatemala, el 34,48% de las mujeres han sufrido a lo largo de su vida algún tipo de violencia sexual.

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"Esta impunidad se rompe cuando las mujeres decimos lo suficiente y las supervivientes de violación nos convertimos en protagonistas de los festivales comunitarios y declaramos públicamente que somos supervivientes de un crimen cometido por el estado", dice la guatemalteca Liduvina Méndez Estos festivales, que se organizan el silencio. "Entonces las mujeres comienzan a ser tenidas en cuenta, y son ellas las que después trabajan para la recuperación de otras mujeres", dice Rabanales. Éste es el proceso que ha hecho Keylin en Honduras y que, como ella explica, la llevó a ser quien es hoy: "Los círculos de apoyo son importantes para soltar, y con el conocimiento que tengo hoy puedo ayudar a otras mujeres a comprender lo que están viviendo ya salir de una situación por la que yo también pasé". Este acompañamiento "es fundamental. Puedo decir a una mujer que yo también fui víctima, pero que eso no nos define. Fuera hay muchas cosas buenas, mujeres extraordinarias que nos están brindando apoyo y cariño y nos recuerdan que no estamos solas", añade. Ella lo tiene claro y afirma tajantemente: "El feminismo me salvó, no pudo sobrevivir sin las mujeres que me acompañaron y me ayudaron a ser quien soy hoy".

Ninguna ley nos hablará de justicia

Como detalla Virginia Gálvez de Actoras de Cambio, todas ellas cogen caminos alternativos que se convierten en una justicia para las mujeres fuera de las instancias oficiales. Una justicia que va mucho más allá del castigo al agresor porque "el sentimiento de justicia nace cuando se hace justicia en cada ámbito de la vida que fue roto por la violencia sexual". En esta propuesta, "la voz de la autoridad patriarcal y colonial, encarnada en la figura del juez, deja de desempeñar un papel central". "Es un cambio de mirada y de orden simbólico en el que damos valor y autoridad a lo que sentimos y a lo que hacemos nosotros, entre mujeres, para construir justicia, en vez de esperar a que el estado, como perpetrador, haga algo. Es una práctica política para salir del drama de la humillación y la opresión", sentencia Liduvina Méndez.

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Sin embargo, la crítica al sistema judicial no implica que estén "en contra de las leyes, ni que se trate de vivir sin leyes". "Pero ninguna ley nos hablará de justicia", remarca Elsa Rabanales. En la misma línea se manifiesta Iris Romero, del colectivo hondureño Somos Muchas, para quien también "hay que obligar al estado a asumir su responsabilidad ya respetar los derechos sexuales y reproductivos de todas las mujeres". Ella también enmarca su lucha en la tradición feminista no punitivista, porque "el punitivismo de la justicia oficial no ayuda a la reparación de las violencias sexuales ni respeta a los DSiR". Hay una idea que se repite entre las defensoras de los derechos de las mujeres de Guatemala y Honduras: "Sabemos que defender nuestros derechos no es prioridad para los gobiernos, y nuestra forma de hacer justicia también es obligarles a que lo sea", insiste Romero.

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Con todo, estas mujeres, como ocurre en Cataluña y en el estado español, no abandonan la justicia formal, aunque la respuesta no sea la esperada. Así ha sido en los casos de M., que denunció los abusos sexuales cometidos por el presidente del gobierno español Adolfo Suárez, o de las dos extrabajadoras del cantante Julio Iglesias que le denunciaron por abusos y vejaciones. Llegar a los juzgados no siempre es la solución, y más si tenemos en cuenta que "el punitivismo nunca ha sido un rasgo distintivo ni del feminismo autónomo ni de la izquierda", como dice el colectivo Feministes per la Autodefensa. Ahora, añaden que "renunciar a utilizar el estado como vía de denuncia o de reparación abandona a su suerte a todas las mujeres que no tienen una red feminista a su alrededor". La importancia de la red quedó ejemplificada a finales del pasado enero por la actriz y cantante Jedet. Ella explicaba que, aunque el productor audiovisual Javier Pérez Santana fuese condenado por agresión sexual y vejaciones, dudaba de que la sentencia fuera reparadora. Aseguraba que había vivido tres años muy difíciles, con impacto en todas las áreas de su vida, y que había podido soportarlo gracias a la red de mujeres que la habían sostenido. "Ellas han sido mi refugio, mi fuerza y ​​mi hogar durante todo este tiempo", decía Jedet.

Que la red de apoyo informal entre mujeres es un recurso clave para afrontar estas violencias queda reflejado en la última encuesta sobre las violencias sexuales en Catalunya del 2024: en casi el 70% de los episodios registrados por la encuesta, las mujeres habían compartido sus vivencias, principalmente con una amiga. Y más del 90% decían que compartirlo fue positivo. En Guatemala y Honduras van más allá del hecho de compartir y trasladan la rotura del silencio ocupando la calle, con la denuncia pública de los agresores: "Las chicas que han vivido agresiones sexuales pueden escribir en un cartel el nombre y el apellido del violador. Eres un violador, la justicia no te hará nada, pero las mujeres saben. es nuestra justicia", explica orgullosa Julissa Rivas.

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El derecho al aborto en Guatemala y Honduras es inexistente

Honduras y Guatemala tienen unos índices alarmantes de embarazos de niñas y adolescentes. En Guatemala, según datos del Observatorio de Salud Sexual y Reproductivo, entre enero y noviembre de 2025 se registraron cerca de 51.000 nacimientos de adolescentes de entre 15 y 19 años y casi 2.000 de niñas de entre 10 y 14 años. Organizaciones sociales y de derechos humanos señalan que el primer paso para reducir estas cifras es enseñar a niñas y niños a conocer su cuerpo ya poner límites, aunque en las aulas de estos países no se puede hablar de violación, aborto o diversidad sexual. En Honduras la ley prohíbe la educación sexual integral, y en las escuelas de Guatemala sólo se puede enseñar que "la normalidad es la heterosexualidad". Leyes a las que las entidades feministas encuentran grietas, como Yo No Quiero Ser Violada, que imparte talleres en los que "las mujeres aprenden que tienen derecho a reclamar su cuerpo como territorio ya defenderlo", explica Julissa Rivas. Eso sí, sin hablar claro por evitar la penalización legislativa. Y es que "las mismas niñas no quieren hablar de violación". "Es una palabra que nadie quiere oír, pero nosotros hablamos de prevención del embarazo y todas lo entienden", comenta satisfecha.

Una educación sexual que también prohíbe hablar de aborto. En Guatemala el aborto sólo está permitido en caso de que la vida de la mujer corra peligro, y es estrictamente ilegal en casos de preservación de la salud física y mental, violación, incesto, malformación fetal, razones económicas o sociales o por solicitud de las propias mujeres. Diferentes artículos de la Constitución detallan las penas de prisión a las que se arriesgan las mujeres y las médicas que busquen o proporcionen servicios de aborto. Cada año, en Guatemala, más de un tercio de los embarazos no planeados se resuelven a través del aborto inducido, según el estudio Embarazo no planeado y aborto inseguro en Guatemala: causas y consecuencias del Guttmacher Institute, una organización que trabaja en defensa de la salud y los derechos sexuales y reproductivos en todo el mundo.

En Honduras la situación es peor: es uno de los seis países de América Latina que prohíben y penalizan el aborto en todas las circunstancias. Desde 2021 esta prohibición está recogida en la Constitución para impedir que se legalice en el futuro. El Código Penal hondureño define el aborto como "la muerte de un ser humano en cualquier momento del embarazo o durante el parto". Las penas oscilan entre tres y diez años de cárcel. La ley deja la puerta abierta a judicializar también a las mujeres que llegan a los hospitales públicos por abortos espontáneos y otras emergencias obstétricas. Una situación que puede empeorar con el nuevo gobierno surgido de las elecciones de noviembre de 2025: las defensoras de los derechos de las mujeres apuntan no sólo al programa electoral, sino también al simbolismo que el presidente, Nasry Asfura, tomara posesión con la bandera pro vida al lado. Para la hondureña Iris Romero, "en contextos tan violentos y restrictivos no sólo es importante la despenalización penal sino también la social, porque todavía persiste un estigma y perjuicios contra las mujeres que abortan". Sobre esta penalización social habla con contundencia Marcela Lara, de la colectiva hondureña La Ilimitada: "La verdadera violencia es no poder abortar en un país que nos obliga a parir".

El caso es que las mujeres siguen abortando, sin las condiciones sanitarias necesarias y soportando el estigma que recae sobre ellas, y es tanta la penalización social y penal del aborto que resulta difícil hablar de ello con las entidades feministas de estos países. Es un tema tabú que, al salir a la conversación, se deriva rápidamente. El miedo a decir nada que pueda implicarlas o delatarlas impide que podamos profundizar en ellas. A pesar de este secretismo, alguna entidad se atreve a hablar de ello desde el anonimato porque, sin embargo, hay organizaciones y algunas clínicas a las que las mujeres pueden acudir. Nos explican que el secretismo es fundamental, porque si llega a saberse que alguna mujer ha abortado, incluso la familia lo leerá como el asesinato de un ser vivo. "Debido a la influencia de las religiones, es posible que la gente se muestre violenta, y puede llegar a linchar a la persona que está ayudando", añaden.

Ante unos estados que no las acompañan ya los que tampoco reclaman justicia, ellas luchan por una reparación individual y social que respete los DSiR y acabe con la impunidad de los agresores. Una impunidad, dice Suli Rodríguez, del CDM, que "no se mide sólo por si hay condena o no: invisibilizar la violencia o que determinados comportamientos no se reconozcan como violencia también es impunidad". Para ellas, "el silencio es complicidad". "Queremos que el silencio deje de ser la norma", añade. Lo de "que la vergüenza cambie de bando" hace tiempo que se materializa en Honduras y Guatemala.