Érase una vez que los futbolistas parecían tener una sola dimensión: cuando no sudaban la camiseta en el campo y se dejaban ver siempre enfundados en chándales. Personas programadas únicamente para rendir deportivamente, como si no existiera frontera entre el atleta y la persona. Y cuando aparecían con ropa de calle transmitían la misma incomodidad de los hombres que solo se mudan a las bodas: vestidos que parecen llevarlos a ellos y no al revés. Unos tiempos que, viendo las llegadas de las selecciones al Mundial, parecen absolutamente pretéritos. Pero esta transformación ha necesitado varios Mundiales para cristalizar.
Un momento determinante fue el Mundial de 2006, cuando Inglaterra sustituyó los habituales chándales por trajes de Armani. La decisión llegaba solo ocho años después de que David Beckham se convirtiera en el chivo expiatorio de la eliminación inglesa en el Mundial de 1998. Oficialmente, por la patada a Diego Simeone; entre líneas, por encarnar una masculinidad demasiado vinculada a la moda y la cultura de la celebridad. Con el paso de los Mundiales, el cuidado por la estética había dejado de ser sospechosa de mermar el rendimiento deportivo. Los sastres de Armani, todavía demasiado formales y poco individualizados, acercaron a los futbolistas a la idea de celebridad.
Pero, si un país ha cristalizado este cambio, ha sido, sin duda, Francia, especialmente a partir del Mundial de 2018. A diferencia de otros países como España, Francia no categoriza la moda como una frivolidad, sino como una actividad económica de primer orden y una expresión del patrimonio cultural nacional. Además, aquel Mundial coincide con un relevo generacional que aporta nuevas maneras de entender la estética. Casos como el de Beckham dejan de ser excepciones para devenir características compartidas. Y mientras en 1998 el inglés volvía a casa estigmatizado, la Francia del 2018 ganaba el Mundial sin que sus estilismos se percibieran como una amenaza al rendimiento deportivo. La moda dejaba de ser motivo de burla para convertirse en fuente de legitimación masculina.
Este año, los jugadores de la selección española han dejado por primera vez los chándales para aparecer impecablemente vestidos de Loewe. La República Democrática del Congo ha roto la sobriedad del traje sastre con detalles de piel de leopardo, conectándolos tanto con sus símbolos nacionales como con la cultura de la SAPE ("Société des Ambianceurs et des Personnes Élégantes"). Unos estilismos que les han asegurado un regreso triunfal después de 52 años sin competir en un Mundial. Los franceses, en cambio, han ido un paso más allá: han aparecido con atuendos completamente individualizados. El rasgo más impactante es que han lucido algunos de los bolsos más lujosos, tradicionalmente asociados a las mujeres. Entre los más destacados se encuentran el Louis Vuitton Keepall de Koundé, el Chanel Maxi Flap de Thuram y el Hermès Haut à Courroies de Dembélé, precursor del Birkin, uno de los bolsos más exclusivos de la historia. Un hecho significativo si pensamos que, hoy en día, la marroquinería es, por encima de la ropa, uno de los pilares económicos más sólidos del lujo.
Esta nueva estética, sin embargo, visibiliza un hecho más profundo: la cristalización de una nueva masculinidad, encarnada por uno de sus principales valedores, el futbolista. Aquello que en David Beckham despertaba sospechas durante los noventa, hoy se exhibe sin complejos. Resta por ver si esta nueva libertad estética ampliará los márgenes de la masculinidad o, simplemente, generará nuevas formas de presión estética y clasista vinculadas al consumo y a la imagen.