Por qué no deberíamos reírnos del 'facekini'
«Kini» ya no es solo el final de bikini: se ha convertido casi en un sufijo. A lo largo de las últimas décadas, se ha combinado con todo tipo de palabras para designar nuevas maneras de vestir –o de desvestir– el cuerpo en la playa. Del fundacional bikini al monokini, el trikini, el tankini, el microkini, el burkini, el seekini o el más reciente skirtkini. Pero si hay una derivación que pocos vimos venir fue el facekini: una pieza que, en lugar de descubrir más piel, nos cubre completamente la cara para entrar al mar. Antes, sin embargo, de que se active el reflejo cuñadista y alguien suelte que "el mundo de la moda ya ha vuelto a inventar otra estupidez", vale la pena concederle el beneficio de la duda. Porque esta pieza tan desconcertante, además de la cara, esconde una historia mucho menos frívola de lo que parece y, sobre todo, ofrece una oportunidad para cuestionar la manera como miramos la ropa cuando proviene de otras culturas.
En el año 2004, Zhang Shifan, una antigua contable jubilada que ayudaba en la tienda de bañadores de su marido, se topó con un problema habitual en las playas de Qingdao, en la provincia costera china de Shandong. Cada verano, las picaduras de medusa eran una preocupación constante entre los bañistas. Shifan empezó comercializando trajes de baño que cubrían todo el cuerpo, pero las clientas le hacían notar que la cara continuaba completamente expuesta. Inspirándose en las capuchas de los submarinistas, creó una máscara que solo dejaba al descubierto los ojos, la nariz y la boca. Así nació el facekini. Con el tiempo, sin embargo, aquella máscara empezó a cumplir también otra función: proteger la piel del sol. Y esto nos remite a una polarización de los gustos respecto a los cánones de belleza en cuanto a la piel: ¿bronceada o blanca?
Aunque pueda parecer una frivolidad, es bien cierto que los cánones de belleza siempre responden a cuestiones más complejas. Paul Valéry ya apuntó que "Lo más profundo del ser humano es la piel", para poner de manifiesto que, erróneamente, tendemos a oponer superficie y profundidad, cuando, en realidad, la piel es donde se manifiesta buena parte de lo que somos. En el caso del bronceado, la piel blanca en Occidente ha sido, durante siglos, un potente marcador de poder, ya que denotaba que gozabas de una posición de privilegio que no te obligaba a hacer ningún trabajo productivo. Y, bajo el colonialismo, el color de la piel dejó de ser solo una cuestión estética para convertirse también en un instrumento de clasificación y jerarquización entre europeos y pueblos colonizados.Esta lógica comenzó a invertirse con la industrialización y acabaría consolidándose a principios del siglo XX. Si antes el trabajo del campo, mayoritario entre la población, comportaba que la piel quedara bronceada, ahora las jornadas de 18 horas en las fábricas aseguraban que esta quedaría pálida como el papel. Un hecho que aún adquiría más significado cuando, paralelamente, se ponían de moda entre la gente acomodada las actividades deportivas al aire libre, las vacaciones modernas y los baños. Y, desde entonces, nos hemos tostado imprudentemente bajo los rayos de sol, creyendo que tan solo es una cuestión de belleza, cuando también están en juego las jerarquías sociales. El facekini visibiliza un nuevo giro –o un retorno a los orígenes– sobre la piel y los cánones de belleza, ya que los estudios advierten que son las personas con más nivel adquisitivo y cultural las que evitan las exposiciones inconscientes al sol, para evitar no tan solo el temido cáncer de piel, sino para prevenir el fotoenvejecimiento.Cuando Zhang Shifan inventó el facekini, solo quería proteger la piel de las medusas. Después, la pieza también sirvió para protegerla del sol. Quién sabe si, en un futuro, alguien le encontrará una tercera utilidad inesperada: proteger otra superficie aún más expuesta y profunda que la piel, la identidad. En una China donde el reconocimiento facial forma parte del paisaje cotidiano y se ha convertido en una herramienta fundamental de control de la población y de vigilancia ciudadana, resulta inevitable preguntarse si la cara acabará reclamando la misma protección que antes requería la piel.