Desastre natural

"No es solo reconstruir, es preservar una cultura": tres años del terremoto de Marruecos

Las comunidades amazigh del Alto Atlas reclaman que sus nuevas casas se levanten con técnicas y materiales tradicionales

Fabio Lovati
07/09/2026 - 07:02 h.

Aisha se mantiene al margen, sentada en una piedra entre los escombros y las casas nuevas que están en construcción. Delante de ella, la comunidad de su pueblo celebra una boda amazigh. A pesar de ser un día de fiesta, sus pensamientos están anclados a un dolor demasiado profundo para dejarlo ir. Lo retiene entre las manos, fuertemente entrelazadas sobre la falda, antes de levantar la cabeza y decirme: “La vida continúa, pero el corazón todavía me duele”. El terremoto se llevó al mayor de sus dos hijos, que murió mientras dormía bajo los escombros de la casa, de la cual ahora solo queda el recuerdo. Desde el seísmo, hace ya tres años, vive en una tienda de campaña en un campamento sin servicios básicos. El agua llega de manera intermitente, y la electricidad depende de unos cuantos paneles solares que a menudo están cubiertos por el polvo y los restos que levantan los fuertes vientos de la alta montaña.

Como ella, muchos otros amazighs de las montañas del Alto Atlas han pasado los años posteriores al terremoto atrapados entre el dolor por lo que perdieron y la espera de una ayuda que no llegó a tiempo. Casi tres años después del seísmo, se han comenzado obras en algunos pueblos y en otros ya se han terminado. Las casas nuevas, a menudo hechas de hormigón armado, se elevan por las laderas rústicas de las montañas del Atlas. Al lado de estas nuevas construcciones todavía quedan los escombros de las viviendas derrumbadas, junto con las tiendas de emergencia donde se han estado utilizando cocinas y espacios de vida improvisados desde los días inmediatamente posteriores al terremoto.

El terremoto del 8 de septiembre de 2023, de magnitud 6,8, fue el más devastador de la historia reciente de Marruecos: causó la muerte de casi 3.000 personas y destruyó decenas de miles de casas en centros urbanos y en pueblos amazighs mezclados y dispersos por la cordillera del Atlas, cerca del epicentro.

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Las dificultades de la reconstrucción en un país como Marruecos -en pleno proceso de crecimiento, pero que, como se ha visto con la crisis de Ceuta, todavía tiene zonas con graves problemas de desarrollo- ponen sobre la mesa lo poco preparado que estaba para hacer frente a seísmos de esta magnitud y pueden ser un aviso para algunos de los países que han sufrido desastres similares este 2026. Aunque el número de terremotos de gran magnitud no ha sido más alto que otros años, sí que lo han sido sus devastadoras consecuencias, ya que han impactado en zonas empobrecidas y con infraestructuras precarias como la de Venezuela, donde murieron más de 6.300 personas en un doble terremoto de 7,2 y 7,5 grados el pasado 24 de junio. Colombia, Filipinas, Tonga o Japón son otros estados que han registrado terremotos de alta intensidad este verano, con la diferencia de que en el último caso, el del estado nipón, los protocolos de emergencia ante estas catástrofes son muy robustos y la inmensa mayoría de las edificaciones son sismorresistentes.

En Marruecos, en cambio, como ocurre ahora en Venezuela o Colombia, la mayor parte de los edificios y construcciones no están construidos para resistir terremotos, especialmente en las zonas rurales y montañosas como el Alto Atlas. En los días posteriores a la tragedia, el gobierno marroquí anunció un plan quinquenal de 120.000 millones de dirhams –el equivalente a unos 11.000 millones de euros– para reconstruir las zonas afectadas y otorgar subsidios mensuales de 2.500 dirhams a las familias desplazadas. El plan era ambicioso, aunque difícil de llevar a cabo.

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A pesar de todo, el programa pronto quedó marcado por los retrasos, las exclusiones y una falta de transparencia en la distribución de las ayudas. Estos problemas alimentaron un sentimiento de decepción y frustración que se tradujo en protestas repetidas a lo largo de los meses y años siguientes. Las primeras manifestaciones estallaron en Amizmiz y Talat N’Yacoub, y se extendieron en ciudades principales como Marrakech y Rabat. En septiembre del año pasado, en el segundo aniversario del terremoto, las comunidades amazig que todavía continuaban sin vivienda se manifestaron ante el Parlamento. Exigían que la reconstrucción de las zonas afectadas por el seísmo recibiera la misma atención que los grandes proyectos nacionales, sobre todo en un momento en que el país aceleraba las inversiones para preparar la Copa de África de Naciones y el Mundial de fútbol de 2030.

Con todo, los motivos de los retrasos no eran solo administrativos. Reconstruir en los pueblos amazig, aislados entre los valles y los altiplanos del Alto Atlas, ha resultado mucho más complejo que reconstruir en los centros urbanos y en las zonas de más fácil acceso. A las dificultades logísticas para llegar a los pueblos y transportar los materiales se ha sumado la falta de trabajadores técnicos especializados. Reconstruir en zonas de montaña tan frágiles requiere un enfoque que equilibre la seguridad y la urgencia de la intervención con el respeto por la identidad cultural y territorial de las zonas afectadas.

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Hormigón en lugar de materiales tradicionales

Históricamente, a lo largo de los siglos, diversos pueblos amazigh han ido preservando técnicas de construcción antiguas, desarrolladas para responder a los retos del complejo entorno de montaña, marcado por cambios bruscos de temperatura, fuertes vientos y un terreno escarpado e inestable. En estas condiciones, la arquitectura vernácula marroquí ofrece lecciones importantes para hacer frente a estos desafíos, tales como la capacidad de realizar reparaciones rápidas y asequibles, utilizar materiales ligeros disponibles localmente y adaptarse a los entornos de alta montaña. Sin embargo, tras el terremoto, muchas casas construidas con tierra cruda, piedra y madera se empezaron a asociar con la vulnerabilidad y con las causas principales del fallo estructural. Como resultado, a muchas familias –así como a los responsables técnicos y administrativos– les pareció que el hormigón armado era la opción de reconstrucción más rápida y segura.

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Según las cifras oficiales, los programas de reconstrucción se han acelerado. A mediados de marzo de 2026, se terminaron 54.425 viviendas y había más de 3.000 en proceso de construcción. En la provincia de Al-Haouz, una de las zonas más afectadas por el terremoto y bajo un foco mediático más estrecho, las autoridades marroquíes anunciaron en 2025 que ya se habían reconstruido más del 90% de los edificios destruidos. Pueblos enteros se volvieron a levantar desde cero y se sustituyeron por estructuras modernas de hormigón armado.

A pesar de todo, en las zonas más aisladas y próximas al epicentro, la reconstrucción avanza a una velocidad diferente y con métodos que no necesariamente cumplen unos protocolos uniformes. De hecho, las obras que se abrieron después del terremoto han seguido enfoques diversos, que van desde el uso de materiales modernos hasta intentos de recurrir a las prácticas vernáculas tradicionales, a menudo sin una estrategia coordinada y validada técnicamente. Esto ha levantado preocupaciones sobre la idoneidad de algunos de los materiales que se están utilizando en un entorno tan sensible.

Las debilidades de diversos modelos de construcción quedaron documentadas en el informe StEER, elaborado por un equipo internacional de ingenieros después del terremoto. El informe mencionaba que muchas casas de tierra cruda se derrumbaron a causa de defectos conocidos, tales como la separación entre paredes y techos, el vuelco lateral y la ausencia de refuerzos. Al mismo tiempo, diversos edificios de hormigón armado también mostraron signos de fallo a causa de cimientos inadecuados, sobrecargas estructurales y el uso de materiales demasiado rústicos y pesados, que no se ajustaban a las características del suelo de alta montaña.

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En otras palabras, el informe señala que ningún material por sí solo puede garantizar la seguridad. La diferencia en un proyecto de construcción se encuentra en otro lugar: en la calidad de la ejecución, el estudio del suelo y el mantenimiento. En un territorio expuesto a riesgos, de acceso difícil y con condiciones meteorológicas extremas, una casa pesada y rígida puede ser tan problemática como una estructura tradicional sin reforzar. Salima Naji, arquitecta y antropóloga comprometida con la protección de la arquitectura vernácula de Marruecos, ha articulado su obra a partir de esta premisa.

“El uso de técnicas tradicionales nos permite trabajar rápidamente, superar los retos logísticos y ofrecer de manera eficaz viviendas seguras a las comunidades afectadas por el terremoto”, dice Naji mientras me enseña una obra que está supervisando en el valle del Ourika, no muy lejos del epicentro del seísmo. En esta zona, Salima Naji colabora con el ingeniero sísmico Aliou Bah en un proyecto de construcción que combina las técnicas tradicionales con los estándares antisísmicos contemporáneos.

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“Si nos ceñimos a las normativas de construcción sísmica, los edificios no se derrumbarán”, explica Bah, que aborda otro punto central: qué significa la seguridad en un contexto sísmico. “El objetivo de un edificio resistente a los terremotos no es evitar los daños, sino garantizar que la gente sobreviva y limitar los desperfectos tanto como sea posible, incluso en caso de fallo estructural”.

Técnicas amazigh resistentes

En este sentido, ciertos aspectos de la arquitectura tradicional se pueden considerar puntos fuertes. Por ejemplo, la flexibilidad de los materiales locales y el uso de contrafuertes y vínculos estructurales que distribuyen el peso del edificio de manera más eficaz se pueden incorporar a las técnicas de construcción amazig. Esto hace que los edificios sean más resistentes al estrés sísmico.

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En estos valles, los residentes amazig participan en el proceso de construcción, lo que ha dado lugar a un enfoque de diseño participativo. “Los vecinos nos enseñaron dónde podíamos encontrar los materiales: justo detrás de la colina donde se levanta el pueblo”, dice Bah. “Esto nos ahorró largos retrasos logísticos. La fuerza del proyecto está en compartir y transmitir los conocimientos. Sin este diálogo, muchas soluciones serían inviables”, continúa.

Este enfoque hace que la contribución de las comunidades sea esencial. Los residentes conocen mejor que nadie los materiales, la tierra y las prácticas de construcción tradicionales en las que se basa la reconstrucción. “Están construyendo las casas para sus hijos. ¿Quién podría poner más cuidado en este trabajo que ellos?”, reflexiona Naji.

Es difícil imponer estas prácticas desde arriba, y por eso pocas veces se incluyen en los planes oficiales. No obstante, una forma de codiseño desde la base –que se ha puesto a prueba en esta zona– puede ayudar a ir más allá de la reconstrucción estandarizada y proponer un modelo reproducible en otras zonas de montaña que aún esperan fondos. Este modelo depende de la formación y la transmisión del conocimiento local, lo cual es esencial para preservar no solo los edificios en sí, sino también la cultura arquitectónica que los concibió y renovó. Tal como recuerda Salima Naji: “No se trata solo de reconstruir, sino también de preservar un tejido social y un conocimiento colectivo que hay que proteger hoy más que nunca”.

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