Un patio y un árbol en el corazón del hogar
117BOF. Vallribera Noray Arquitectos (Sabadell)
En una parcela entre medianeras de Sabadell, de solo seis metros de anchura y mucha profundidad, una familia ha encontrado una manera de vivir que tiene poco que ver con los excesos y mucho con el bienestar cotidiano. La casa, de 210 metros cuadrados en dos plantas, no busca impresionar. Su idea del lujo es que reine la luz natural, que haya ventilación cruzada, que domine el silencio y que un árbol esté presente en la mayoría de las estancias.
Los autores del proyecto, los arquitectos Llorenç Vallribera Farriol y Aleix Gil Noray, de Vallribera Noray Arquitectes, conocían bien a los propietarios. Sabían que no querían una casa escaparate, y menos aún ostentosa, sino que deseaban un refugio sereno para el día a día. Un lugar donde trabajar, criar a los hijos, recibir amigos y descansar sin estridencias. Una arquitectura que evita añadir cosas superfluas, para responder con naturalidad a las necesidades de quien la habita.
Quizás la solución más fácil habría sido distribuir las estancias una detrás de otra. Y habría funcionado. Pero decidieron vaciar el centro y regalarle un patio. Inspirado en cierta manera en los patios cordobeses y en la repetición tranquila de los claustros antiguos, este vacío es realmente el corazón de la casa.
En medio, crece un árbol. Sus hojas se ven desde casi cualquier punto de la vivienda: desde la cocina, desde el sofá, desde la escalera y desde las habitaciones. Es una presencia que acompaña, que hace visible el paso de las estaciones y que introduce un fragmento de naturaleza dentro de la rutina doméstica. Una imagen del bienestar quizás es la de desayunar mirando cómo se mueven las hojas o acabar el día con las ventanas abiertas y un poco de aire fresco entrando en casa.
Cambiar la manera de vivir
El patio también transforma la manera de habitar. Con él, todas las estancias de la casa tienen fachada exterior, abiertas como están la mayoría hacia este espacio central. Mirando hacia este punto de naturaleza en el corazón de la vivienda, una sucesión de ventanas sencillas, más baratas y menos exhibicionistas que si se hubieran optado por inmensos cristales, multiplica la luz y favorece la ventilación. Con un toldo que regula la insolación, se crea un microclima confortable tanto en invierno como en los meses de más calor. Después de dos veranos viviéndolo, aún no ha habido necesidad de poner el aire acondicionado. La demanda energética está por debajo del estándar Passivhaus.
Al recorrer la casa, la planta baja acoge la vida compartida: cocina, comedor, sala de estar –en un espacio único pero de funciones definidas–, además de un estudio que, si conviene, podría convertirse en dormitorio. Al fondo, un jardín con una pequeña piscina es un lugar más, y un lugar privilegiado, para disfrutar del exterior. En la planta superior, las habitaciones de los hijos se relacionan la una con la otra y tienen un espacio común que hoy es zona de juegos y mañana podrá ser lugar de estudio. La habitación principal se abre al patio, a la terraza y al jardín.
La arquitectura tampoco oculta cómo está construida. Los muros de carga de ladrillo macizo conviven con grandes paneles de madera contrachapada que forman los techos y también el pavimento de arriba, se dejan ver y tocar. En la planta baja, el hormigón pulido con polvo de mármol y el suelo radiante aportan confort e inercia térmica. En esta casa no hay gestos decorativos. Cada decisión parece responder a la pregunta de qué hace que una casa ayude a vivir mejor. La respuesta, aquí, es un patio, unas ventanas y un árbol en el centro de todo.