Como es habitual cuando se habla de una figura de esta magnitud, las referencias culturales sobre su vida y obra son diversas. En el caso de Prince, se acaba de publicar 'Prince. El alquimista púrpura', escrito por la periodista Montse Frisach, un brillante acercamiento a la cosmogonía del artista. La autora escribe de Prince como toca: con rigor y conocimiento, pero sin ocultar su condición de fan. También está disponible 'Prince. La historia detrás de sus 684 canciones', de Benoit Clerc, un libro imprescindible para cualquier seguidor del de Minneapolis, con todos sus textos, un gran número de fotografías poco vistas y un buen puñado de secretos sobre su forma de trabajar. Completa el trío de libros que hay que tener 'The Beautiful Ones', la autobiografía de Prince, inacabada pero también llena de material inédito. Finalmente, cabe destacar el proyecto fallido de documental sobre su vida. Lo estaba produciendo Netflix y dirigiendo Ezra Edelman, ganador del Oscar por O.J.: Made in America, pero fue cancelado definitivamente en febrero de 2025 por el conflicto entre los productores y los herederos del artista.
Príncipe: 10 años sin el músico de músicos que vendió 100 millones de discos
Se cumple una década de la muerte de uno de los artistas más virtuosos, originales, excéntricos y prolíficos que ha dado la música popular. El creador de 'Purple rain' revolucionó la industria mucho más allá de las canciones
BarcelonaEl 15 de marzo de 2004 se celebraba la ceremonia anual de ingreso al Rock and Roll Hall of Fame en el Waldorf Astoria de Nueva York. Se aprovechó la fecha para rendir tributo a George Harrison, fallecido pocos años antes, y el acto se cerraba con la interpretación de While my guitar gently weeps a cargo de Tom Petty, Jeff Lynne, Steve Winwood y Dhani Harrison, hijo del ex-Beatle, y Prince, que también ingresaba como artista en la academia y que se uniría a la guitarra. Según explicaba años después a The New York Times Joel Gallen, director de la gala, durante los ensayos de la mañana Prince se mantuvo al margen, tocando acordes básicos, siguiendo el tono. Aunque le animaban a lucirse, estaba a la sombra, en un rincón del escenario, sin destacar. Nadie se esperaba lo que ocurrió horas más tarde. La actuación transcurrió con normalidad hasta que la canción ya se iba cerrando, y entonces Prince hizo uno de los solos de improvisación de guitarra más icónicos de la historia de la música popular. Son tres minutos de virtuosismo, genialidad y ritmo. Y pasión, entrega y entusiasmo. Las caras de asombro de los compañeros de escenario hablan por sí solas. Finalmente, el show terminó, Prince lanzó el instrumento al aire y se marchó del escenario.
Fallecido hace apenas una década y nacido como Prince Rogers Nelson en Minneapolis, tenía toda la genética a favor para acabar dedicándose a la música. Hijo de una cantante y un músico de jazz, convivió con instrumentos desde que no levantaba un palmo del suelo. Como pasa con tantos genios a lo largo de la historia, fue autodidacta y tuvo un oído sobrenatural. Aunque su primer contacto musical fuera con un piano, cuando era un crío aprendía a tocar los openings de sus series de televisión preferidas, rápidamente pasó a la guitarra, con la que sería una leyenda. Y de las seis cuerdas a todas partes: en su primer disco, For you, llegó a tocar él mismo los 27 instrumentos que suenan en él.
Experimentación y riesgo
Durante la década de los ochenta y buena parte de los noventa, Prince fue prácticamente el único artista que miró de tú a tú a Michael Jackson y Madonna. Los tres allí arriba, en el Olimpo del pop. Dominaron las listas de éxitos a escala planetaria, pero Prince siempre tuvo la voluntad de ir uno o dos pasos más allá. “Nacieron el mismo verano, el de 1958, y estallaron popularmente en solitario a la vez, pero Prince es más equiparable a Bowie, por la experimentación, el riesgo y la investigación en todos los sentidos, la musical, la estética o con el tema del género”, explica Montse Frisach, crítica cultural y autora de Prince. El alquimista púrpura.
Las cifras que sumó su carrera son espectaculares –ha vendido más de 100 millones de discos en todo el mundo–, pero lo que es incalculable es su influencia, que no va de números. “Fue un músico de músicos”, explica el director de cine, escritor y fan de Prince Carlo Padial. Lo demuestra su legado, que ha perdurado casi por encima del de cualquier otro músico de los años ochenta. Y esto lo comprobamos ahora, cuando los géneros se fusionan sin tregua y la música negra centra buena parte del pop más exitoso e interesante del planeta y la obra de Prince resuena más visionaria que nunca: “Ha influido en muchísimos músicos. Solo hay que escuchar producciones actuales famosísimas, como las de The Weeknd, donde hay Prince por todas partes. Posiblemente, el público general no sea consciente de ello, pero la gente que hace música lo continúa admirando mucho”. El humorista Magí Garcia, también muy seguidor del de Minneapolis, va un paso más allá: “Todos los grupos vocales de R&B de los noventa no existirían sin él”.
Un legado prolífico
Entre 1978 y 2016, Prince publicó un total de 39 álbumes de estudio. Es un número casi inabarcable de material, un hecho muy poco habitual en un artista de masas. Para hacernos una idea, músicos de su estatus, como Michael Jackson o Bruce Springsteen, produjeron entre la mitad y una tercera parte de álbumes en los mismos años. Y es que él compuso muchísimas canciones conocidas –Purple rain, Kiss, When doves cry y un larguísimo etcétera–, pero su búsqueda fue mucho más profunda que un éxito que sonase en la radio. Aun así, su cima creativa también coincide con sus picos de popularidad, especialmente remarcable durante su primera década de actividad, siendo Sign o The Times, un álbum doble, el que probablemente marca su gran momento. “Con aquel disco lo rompe todo. Podía ser visto como un suicidio comercial, pero Prince tiene el impulso de elevar el techo de la música mainstream mucho más que de hacer un disco de grandes hits”, dice Garcia.
Disculpen el comentario macabro, pero Prince fue futurista incluso a la hora de morir, a causa de una sobredosis accidental de fentanilo. De este opiáceo sintético, ahora causante de una pandemia galopante en los Estados Unidos, ni se hablaba en 2016. Y a partir de aquí, como dice el tópico: muere el artista y queda todo lo demás. Empezando por la música, claro, el Minneapolis Sound que rompió barreras raciales y de género de la época y unió al público afroamericano, fan del funk y el R&B, con el rock y la New Wave de los oyentes blancos. Y mucho más: su perpetua disputa con la industria musical para mantener el control artístico y de los derechos de autor de su obra, que incluyó hacer regrabaciones –acción que imitó Taylor Swift veinte años después–, la conversión en un símbolo de manera literal o la ambigüedad no-binaria. Fue una estrella tan grande como los mejores de su generación, pero los aventajó en ambición artística y visión de industria. Pero eso no es todo: “Aunque es un icono de la cultura popular, continúa siendo un gran desconocido. Y en parte es porque él no lo puso nada fácil –dice Carlo Padial–. Tiene un mundo tan extenso y cambiante que cuesta que el gran público se acerque masivamente. Es mainstream y al mismo tiempo muy críptico”.
Seguro que no es tan recordado como Michael Jackson, pero justo diez años después de su muerte, el 21 de abril de 2016, sigue siendo uno de los artistas más presentes en espíritu. “Es que no había nadie tan completo como Prince, que compusiera, cantara, tuviera una puesta en escena, bailara y tocara todos los instrumentos como lo hacía él. En este sentido, fue único”, dice Montse Frisach. Quizás el tiempo no ha dado nunca tanto la razón a un artista como el futuro se la dio a él. Este es seguramente el triunfo más definitivo.