Las subculturas musicales emergen: "Hay un renacimiento del rock y en él somos parte"
Una nueva generación de bandas en catalán resucita sonoridades antiguas y se aleja de todo aquello que está de moda con el compromiso por bandera
Cabró Rock, Canet Rock, Empordà Music Fest, Festiuet, Castanyada Rock. Más allá de compartir escasa creatividad semántica a la hora de poner nombres, son festivales con diversos puntos en común. Esencialmente dos: son los más multitudinarios del país en lengua catalana, algunos con asistencias superiores a los 40.000 espectadores, y coinciden en tener carteles prácticamente idénticos. La mayoría de los grupos participantes de estos encuentros son los mismos. De hecho, nombres tan conocidos como La Fúmiga, Buhos, Figa Flawas y The Tyets, por ejemplo, en este 2026 tocarán en todos ellos, como si se tratara de una gira itinerante que salta de verano en verano. El caso es que finalmente Cataluña puede presumir de tener una escena de masas propia y consolidada en la lengua del país. Esto implica, por ejemplo, tener diversos conjuntos que suman millones de reproducciones en línea, también una colección de puntos de encuentro multitudinarios y una parte de la industria que monopoliza el lucrativo negocio de la música en catalán para todos los públicos. Pero como no podía ser de otra manera, siempre que un movimiento oficial, inofensivo y domesticado se consolida, detrás viene uno de realmente rico y excitante.
Una banda ya veterana de hardcore de Tarragona, Crim¿Ejemplos? Una banda ya veterana de hardcore de Tarragona, Crim, está colgando el cartel de entradas agotadas en la puerta de toda una sala grande de Razzmatazz, con 2.000 personas entregadas. O los de la Bisbal Fetus, que hace tiempo que son uno de los conjuntos más prolíficos de los Països Catalans, con seis elepés publicados en nueve años, el último de los cuales, Romancer tartera. Para culminar cada gira, los de la Bisbal de l'Empordà celebran La Gran Xefla, un concierto convertido en tradición y que llena la Sala Apolo de Barcelona. Son proyectos que funcionan y que no siguen los cánones que marcan la música de hoy: ni hacen el género del momento, ni tienen una sobreexposición en las redes sociales, ni están abducidos por la máxima de la novedad constante o por las colaboraciones entre músicos porque sí. La música hecha desde los márgenes siempre ha sido outsider, y ahora a muchos de estos proyectos aparecidos últimamente se les añade una indisoluble mirada al ayer. Si lo que triunfa ahora es lo digital y adelantarse al futuro, ellos van a lo analógico y al homenaje a los grupos y escenas antiguos. Como un ciclo en el que todo vuelve, también las subculturas con su música, su ropa y sus maneras de hacer. “Es que los nuestros son los rapados”, exclaman las Testarudas, nuevas abanderadas de los sonidos de raíz jamaicana en Cataluña, en referencia a la militancia skinhead.
Autogestión y militancia
“Es todo un honor huir de la tendencia predominante”, explican los miembros de La Rauxa, la última incorporación de calidad al circuito independiente local. Hace poco que han empezado a tocar en directo y acaban de publicar su primer álbum, De bon començament, un ejercicio de estilo en el que guiñan un ojo al pop ye-yé, al northern soul y a otros géneros con raíces en los sesenta y setenta. “Somos unos apasionados de estas sonoridades, siempre hemos estado vinculados a escenas con predilección por estos géneros”, explica Leo Hernández, guitarrista de la banda, que incluye miembros de otros combos de ascendencia mod del país, como Los Retrovisores o Trau, dos nombres aún activos y que se han mantenido fieles a los principios modernistas desde sus inicios.
Pepo Márquez, antiguo trabajador de la industria en multinacionales como PIAS o Universal, explicaba hace unas semanas en un pódcast del sello Subterfuge que había recibido un plan de negocio sobre cómo debía ser la carrera de un grupo que acababa de empezar. Lo más inesperado es que lo habían elaborado ellos mismos y no una discográfica. La Rauxa son ejemplo de resistencia a estas maneras de hacer instaladas en el sector. De hecho, es un proyecto radicalmente opuesto: no solo hacen música de otras décadas, sino que no tienen agencia de management, ni responsable de prensa, ni hay ningún tipo de sello que les publique los discos. Todo se lo hacen ellas por sí mismas, sin intermediarios. “Con el tiempo fuimos viendo que lo más coherente era tirar por la autogestión”, explican. Trabajar así es la respuesta a lo que describen como “una base que precariza sistemáticamente el trabajo de músico”, y la solución que han encontrado ha sido constituirse como asociación cultural, una herramienta que busca ser un contrapoder dentro de un sector tan complicado como este.
Agermanadas con La Rauxa están Les Testarudes. Y no solo por la presencia de Laura del Pino, cantante de las primeras y miembro fundadora de las segundas: también por el amor a los vinilos de 45 pulgadas, los polos Fred Perry y la música de herencia jamaicana: ska, rocksteady y reggae. Les Testarudes, que como La Rauxa también acaban de publicar su primer larga duración –¡Ay, Madre!– y tienen militantes en el Sindicat de Músics Activistes de Catalunya, son una de las mejores noticias de la música catalana del último lustro.
Además de ser las nuevas referentes nacionales de la última ola del ska, un género con especial predilección en nuestra tierra, también han sido uno de los nombres de música popular que más kilómetros de carretera han sumado en los últimos años. Si alguien ha acumulado conciertos, son ellas. “De entrada decíamos que sí a casi todo. Desde el principio tuvimos claro que creceríamos desde nuestros espacios, es decir, los autogestionados y descentralizados”, relata Júlia Soler, trombonista de Les Testarudes. La banda recoge la tradición más militante politicomusical, al estilo de The Clash y Kortatu, paseando música y discurso estoicamente y casi sin descanso a ambos lados de los Països Catalans, Euskal Herria y Galicia. La furgoneta echa humo: “La energía para hacerlo a este ritmo la tenemos ahora”, explican.
Sin espacios en los festivales
La aparición de Les Testarudes ha supuesto una bocanada de aire fresco en una escena, la jamaicana en Cataluña, tradicionalmente masculina y hasta cierto punto envejecida: “Faltaba un relevo generacional, modernizar el discurso desde un punto de vista no mixto”, asegura Amaia Hermoso de Mendoza, saxofonista del combo, que forman nueve chicas de procedencias diversas. La cantidad de miembros en el proyecto podría hacerlo tambalearse –“mantener una formación estable es nuestro talón de Aquiles”, dicen–, pero quieren mantener su compromiso con la horizontalidad con todas las consecuencias: funcionan de manera asamblearia y trabajan con un puñado de comisiones. “Las expresiones de cada compañera son importantes. Todo se vota y decide por mayoría”, explica Soler.
Hoy en día se pueden ver pocos conciertos con una energía tan potente como uno de Les Testarudes, que, además de ser músicas excelentes, tienen un buen número de público que las sigue por todas partes. A pesar de ello, y como pasa con prácticamente todas las bandas citadas en este reportaje, son sistemáticamente ignoradas por los festivales masivos del país. No son el único caso y la lista sería larga, pero sobresalen otros ejemplos que también cantan en catalán, como Roko Banana, Power Burkas, Les Salvatges, Trinitat Nova, Bons Nois, Ypnosi, adaptando el cancionero de Jaume Arnella al punk.
Un hecho diferencial que comparten todos ellos es el respeto a la herencia pop de grandes bandas que idolatran y que recogen con entusiasmo. Son generalmente melómanos, se han estudiado sus elepés favoritos al dedillo y mantienen la tradición pop de otras décadas. En una época en la que el formato elepé parece haber dejado de ser importante, Fetus saca un disco cada dos años. El power trio empordanés ha ido creciendo, en número y bagaje, y si empezaron fijando la mirada a los Surfing Sirles, de quienes tomaron las coordenadas más garajeras, con el tiempo han ido profundizando en el punk de taberna, aportando instrumentos tradicionales y letras de absoluta actualidad en forma de romance: contra el brunch, el desastre de Rodalies o la tragedia de la dana. “Hacemos lo que nos gusta a nosotros, y a partir de aquí nos vamos poniendo retos”, explica Adrià Cortadelles, líder de los empordaneses, que incluso hicieron un disco, Sota, cavall i rei, adaptando el cancionero de Jaume Arnella al punk.
, un compendio de psicodelia, ruido y melodías extraordinarias.
La libertad por bandera
A diferencia de sus compañeros, Fetus gozan de bastante presencia en los medios de comunicación, aunque la exposición tampoco les ha abierto las puertas de los grandes festivales pop. Eso sí, poco a poco se han ganado un lugar en la escena tradicional: este 2026 fueron los encargados de abrir el BarnaSants. Del resto, de los habituales, ninguna noticia: “No sabemos qué pasa que no vamos. Es un misterio, no sabemos el motivo. Quizás no acabas de ver a alguien como nosotros, con proclamas putaespañistas, en el festival Vida”.
Siendo todas las bandas tan concienciadas, otro hecho que generalmente les preocupa a la hora de aceptar un concierto es la relación del evento con sus patrocinadores. Es importante saber quién paga la fiesta. Las Testarudes, por ejemplo, se lo miran todo con detalle: “Si no nos encaja del todo, no tocamos; no queremos que nos pase como a Remei”, aclara su trombón. Se refiere a lo que sucedió a uno de los grupos emergentes más populares del país, Remei de Ca la Fresca, en la última edición del festival Cruïlla. Se encontraron tocando en un escenario llamado Vichy Catalan, actuando justo debajo de la publicidad del refresco. Lejos de tocar, cobrar y marcharse, Xantal Rodríguez, la cantante, aprovechó el altavoz para denunciar la explotación de los recursos hídricos subterráneos del Montseny por parte de esta compañía.
Quizás no tendrán escenarios masivos, pero no es lo que más valoran: la proyección no es una finalidad per se. “No hay nada mejor que la libertad de hacer tu música sin pensar en si tocarás aquí o allá. Nosotros funcionamos a la antigua y la industria de hoy no lo hace”, explica Santi Fonfría, guitarra y voz de Minibús Intergalàctic. También abducidos por los mods, subcultura que en Cataluña ha dado nombres extraordinarios como Los Negativos o Brighton 64, estos gerundenses son una de las sensaciones de la temporada gracias a su nuevo trabajo, Movimiento oscilante polinómico y=1/x., un compendio de psicodelia, ruido y melodías extraordinarias.
Minibús Intergalàctic se formaron cuando eran estudiantes de la Facultad de Historia de la Universitat de Girona y en pocos años han propuesto un viaje musical que va de los conjuntos fumetas californianos de los sesenta y los Pink Floyd con Syd Barrett, hasta los Spacemen 3 y The Jesus & Mary Chain. Esto, hoy en día, es hacer música de nicho, fuera de toda tendencia de masas: “Es que precisamente por eso hicimos la banda, para huir de ella. Cataluña tiene suficiente riqueza para que existan grupos de nuestro estilo y que funcionen. ¿Cómo puede ser que no exista una escena mínimamente consolidada de música así si esto pasa en todas partes? La recepción que ha tenido el disco confirma que tenemos lugar”, explica Fonfría.
De Minibús Intergalàctic últimamente se ha hablado mucho por una anécdota, curiosa, pero muy llamativa: el presidente del gobierno de español, Pedro Sánchez, los recomendó en una de sus habituales publicaciones en las redes sociales. Es una curiosidad divertida –“nos llamó hasta el Basté”, recuerdan–, pero reconocen que ha impactado mucho más en las escuchas que tienen en Cataluña que fuera. “Te das cuenta de lo acomplejada que está nuestra cultura, el mismo catalanismo, que tiene que venir a decírtelo Pedro Sánchez para que escuches cosas nuevas”, dicen. De hecho, la subida más notoria de cifras después de aquella sonada publicación fue en Barcelona.
“Nos sentimos muy bien acompañados, hay un renacimiento del rock y formamos parte de él. Cada banda ocupa su espacio”, detalla Fonfría. No hay duda de que el momento es excitante y vale la pena estar atentos a todas estas propuestas que se alejan tanto del género urbano como del desgastado mestizaje comercial que ha reinado en la música de masas del país en los últimos años. “Tengo la sensación de que las guitarras están volviendo. De momento, está la Ludwig Band que toca por todas partes, pero esto irá a más”, dice el guitarrista de Fetus. Vuelvan o no vuelvan a primera línea, o estén más o menos pensados para todos los públicos, estos grupos nos recuerdan que las buenas canciones acostumbran a ser las más sinceras. Y de sinceridad tienen para regalar. “Todas somos camaradas entre nosotras”, explican Las Testarudes sobre el resto de nombres, y es que son compañeros de viajes, aunque los discos de unos y otros puedan parecerse como un huevo a una castaña. Suban a su furgoneta, que allí suenan canciones mayúsculas.