Escritores

El otro testamento de Salvador Espriu: no quería ser enterrado en Arenys de Mar

Una carta del poeta a su amigo y abogado Josep Ferrer i Rius permite documentar las contradictorias últimas voluntades del autor de ‘Cementiri de Sinera’

19/04/2026

Salvador Espriu Castelló, escritor, soltero, de sesenta años, natural de Santa Coloma de Farners [...]. Declara que de ningún modo quiere ser enterrado en el cementerio de Arenys de Mar. Declara además su expreso deseo de que su cuerpo sea incinerado, si las leyes lo permiten”. Son palabras textuales, escritas a mano por Salvador Espriu en lo que es un documento de últimas voluntades, un borrador de testamento, escrito en algún momento entre el verano de 1973 y el de 1974 –nació el 10 de julio de 1913–, redactado en castellano –la ley no preveía otra opción– y dirigido a su gran amigo y abogado Josep Ferrer i Rius.

El documento, al cual ha tenido acceso el ARA, acredita una realidad, sabida y documentada tan solo parcialmente: no se cumplieron los deseos que el poeta tenía sobre el tratamiento que debía recibir su figura a partir del momento que abandonase este mundo. La noticia del fallecimiento se produjo el viernes 22 de febrero de 1985 y es de dominio público qué pasó. Espriu fue velado en el Saló Sant Jordi del Palau de la Generalitat y trasladado, el sábado 23, a Arenys de Mar, donde fue enterrado en el cementerio municipal.

Por lo tanto, no fue incinerado y fue enterrado allí donde no quería. ¿Por qué? ¿Y por qué él dejó por escrito, con tanta contundencia, que no quería ser enterrado en Arenys? ¿Qué le dolía, a Espriu, de la villa del Maresme, tan asociada a su obra, tan unánimemente vinculada con su poética y con su persona? ¿Quizá Espriu no se sentía especialmente cómodo con el mito literario de Sinera –Arenys leído al revés– que él mismo había creado?

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Más de cuarenta años después de la muerte de una de las personalidades literarias catalanas más respetadas e influyentes del siglo XX, quizá el hallazgo de este documento sirva para aportar un poco de luz sobre su figura, tan admirada como contradictoria, sin perjuicio, cómo no, de un legado artístico mayúsc**ulo y de una estima popular fuera de todo interrogante.

que cada año enviaba, por centenares, a todos sus familiares, amigos, conocidos y saludados.

christmas,que cada año enviaba, por cientos, a todos sus familiares, amigos, conocidos y saludados.

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La familia Ferrer conservó esta correspondencia después de su muerte –en 2009, a los 95 años–, unos papeles a los que he tenido acceso. La relación de Espriu y Ferrer ha quedado sepultada bajo la capa de extrema discreción que siempre caracterizó a ambos. Ferrer escribió y autoeditó, poco antes de morir, un libro memorialístico –Memorias de un hombre viejo, abogado barcelonés (2009)– en el que menciona varias veces a su amigo y cliente Espriu, pero con una prudencia total y absoluta. Apenas un par de recuerdos y anécdotas. Pasa lo mismo con el sucinto texto que Ferrer escribió para el libro Memoria de Salvador Espriu (1988), en el que rememora la amistad que los unió.

Así, textualmente, lo manifestó la hermana de Espriu, Maria Lluïsa, en una entrevista con el periodista Antoni Batista publicada en el diario "No te molestes en contestarme (Empúries, 2026), sobre la relación epistolar entre Espriu y Joan Vinyoli, incluye tan solo siete cartas enviadas por Vinyoli, salvadas de la voraz necesidad de Espriu por hacer desaparecer toda la correspondencia que recibía.

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A las páginas finales del libro

Espriu, transparente (Proa, 2013), la biografía de Espriu escrita por Agustí Pons, se explican las circunstancias que condujeron a no cumplir con la voluntad de Espriu de ser incinerado. Se destaca como decisiva la intervención de la Generalitat. De hecho, de Jordi Pujol en persona, que acordó con la familia del poeta el velatorio en la Generalitat. Se expone como “impensable” que el suyo fuera un adiós privado y no multitudinario. ¿Por qué motivo? Pues porque Espriu pertenecía al pueblo.

Así, textualmente, lo manifestó la hermana de Espriu, Maria Lluïsa, en una entrevista con el periodista Antoni Batista publicada en el diario Avui el 22 de febrero de 1986 con motivo del primer aniversario de la muerte del poeta. “Sí, quería que lo incinerasen, pero siempre remarcaba que lo que se tuviera que hacer se hiciera respetando las autoridades civiles y eclesiásticas. Y habría sido muy complicado hacerlo de una manera diferente de como se hizo. Admitimos las razones que nos dio el presidente Pujol en el sentido de que mi hermano pertenecía a todo el pueblo. Era demasiado complicado cumplir un deseo que existía, pero la verdad es que tampoco Salvador hacía un gran problema. Cuando salió de la clínica la primera vez y vio la televisión, las cámaras, los periodistas, se dio cuenta de que era un hombre público y que nosotros no podríamos decidir muchas cosas”.

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Resulta interesante comprobar la contradicción evidente entre el deseo expresado y la realidad de lo que aconteció. Una contradicción que también puede explicarse buceando un poco en el mismo carácter contradictorio que impregnaba la personalidad de Espriu, cosa que nos puede permitir abordar la segunda vulneración del deseo expresado, y de la cual la biografía no hace mención alguna: no ser enterrado en Arenys de Mar.

¿Sinera es Arenys?

“Espriu siempre dijo que Sinera no es Arenys”. Así de contundente se expresa Ramon Balasch, editor y fundador de la mítica editorial Llibres del Mall, y por tanto último editor de Espriu en vida, y también secretario personal suyo los últimos diez años. Lleva años defendiéndolo y contradiciendo elstatu quo generalizado en torno al conocidísimo mito de Sinera tan asociado a la obra de Espriu.

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Balasch me muestra diversos documentos que tanto sirven para sustentar la afirmación que hace como para poner de manifiesto una desconcertante contradictio in terminis. Por una parte, el texto que el mismo Espriu escribió para el programa de mano de la representación teatral Ombres de Sinera (1968): “Me gustaría recordar y advertir una vez más que Sinera no es Arenys de Mar. Es muy difícil de mantener durante cuarenta años un sueño. Aún es más difícil traducirlo a palabras comprensibles y que duren un momento”. Por otra parte, un fragmento de una entrevista a Espriu hecha en Ràdio Arenys a principios de los años 80 en la que, rememorando sus veranos de infancia en Arenys de Mar, recuerda el cementerio: “Es un cementerio espléndido y me había sugerido muchas cosas, concretamente un libro que se llama Cementiri de Sinera”.

Así, pues, ¿Sinera es Arenys y a la vez no lo es? Pues sí, parece que talmente así es. Balasch admite esta contradicción, pero argumenta que, en su sentido profundo, Sinera es, en idioma hebreo, “ceniza”: una alusión de Espriu a la Barcelona en cenizas devastada por los bombardeos durante la Guerra Civil. Balasch añade que Espriu se mostraba muy a menudo incómodo con la gestión e institucionalización de su vínculo con Arenys y enfatiza que nunca quiso personarse para ser declarado hijo predilecto, ni tampoco de Santa Coloma de Farners. “Yo he hecho un mito universal, no lo convirtáis en local”, recuerda Balasch que siempre se desgañaba el poeta. ¿Explicaría esta incomodidad el deseo explícito y clarísimo –“de ninguna manera quiere ser enterrado”– expresado en las últimas voluntades? Tiene lógica pensarlo.

Isabel Bonet es la sobrina de Salvador Espriu, hija de su hermana Maria Lluïsa: “Al tío le molestaba que se investigara sobre Sinera”, relata. Y recuerda un caso muy relevante. Su abuelo, Francesc Espriu i Torres, dictó durante la Guerra Civil las memorias a su hija Maria Lluïsa. Y Espriu se mostró siempre incómodo con este testimonio paterno. “Quería que las memorias de su padre fueran quemadas”. ¿Por qué? Pues seguramente porque dejaban claro que los personajes de Arenys que Espriu siempre relató como parte de su infancia pertenecían más bien a la infancia, y por tanto a la memoria, de su padre.

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Maria Lluïsa Espriu se rebeló contra el deseo de su hermano y conservó toda la vida las memorias del padre, que vieron finalmente la luz en el año 2018: Las memorias del notario Espriu. Vida y recuerdos de Francesc Espriu Torres. ¿Abonaría también esta otra circunstancia la suspicaz incomodidad de Espriu con Arenys? Muy probablemente. Bonet recuerda a Salvador Espriu como su tío más hablador y divertido, incluso salpicado con un punto de fisgón. Justo lo contrario de la imagen seria y hosca que lo acompañaba y que, por norma general, se mantiene en el imaginario colectivo. Espriu la cultivaba en público a modo de coraza, no hay duda, pero en privado era toda una otra cosa.

Bonet dice que el testamento definitivo no contenía estas particulares últimas voluntades expresadas por Espriu en la carta enviada a Josep Ferrer. A la vez comprende que su tío dejara por escrito que no quería ser enterrado en Arenys. Pero acto seguido añade que también comprendería la opción contraria, el cambio de opinión, contradecirse sobre sí mismo. Así pues, ¿cambió de opinión Espriu entre los 60 y los 70 años respecto a cuál quería que fuera su final? Es posible. Pero también lo es que se limitara a simplificar sus últimas voluntades y depositara confianza en el criterio de su familia.

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Para recalcar cuán claras tenía Espriu sus prioridades vitales de discreción en los últimos años de su vida, Ramon Balasch rememora el decálogo Normas de conducta redactadas con motivo del setenta aniversario (1983), que aparece publicado en Ocnos i el parat esglai,libro póstumo del escritor, antología de sus textos ensayísticos, que el mismo Balasch editó en 2013 con motivo del Año Espriu. En el decálogo, el poeta quiso dejar constancia de su agotamiento ante todo y todos, con una lista de propósitos rayando la misantropía: no ir a ninguna parte, no aceptar entrevistas, premios, lecturas, prólogos, tesis, correcciones, visitas, conferencias, homenajes, firmas, etc. Una negación total y absoluta de la vida pública, la voluntad expresa de desaparecer de ella.

¿Cómo encaja este deseo con la velada y funeral público organizados? En apariencia, mal. Pero el caso es que, por poner un solo ejemplo, a finales de 1984, pocos meses antes de morir, Espriu aceptó ser entrevistado por Josep Maria Espinàs en su programa Identitats de TV3. Si no quería ir a ninguna parte, si no quería conceder entrevistas ni ceder a ninguna concesión de visibilidad pública, ¿por qué, ya con una salud delicadísima, acepta una entrevista tan exigente y tan visible como la de Espinàs? “Querer y doler”, una expresión popular que tal vez viene a cuento.

Vicenç Altaió, poeta y crítico de arte, profundo conocedor del universo de los poetas catalanes, pone el acento también en la personalidad dual de Espriu. “Tenía una conducta pública doble. Pretendía mostrar alergia y pudor de toda la cosa social y pública y, al mismo tiempo, no recortaba nunca su aspecto popular y simbólico, estallado a gran escala, por ejemplo, a través de sus poemas musicados por Raimon”. “Quería y dolía, sí, cada uno es como es. Tiene sentido que la familia aceptase en aquel momento la tesis propuesta por la Generalitat en el propósito de colectivizar su despedida”.

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Es combinable comprobar, y poner en valor, que los vínculos y afectos de Espriu con Arenys eran obvios y contrastables y, al mismo tiempo, también relativos y contradictorios. En este sentido, viene a cuento que nos fijemos en el interesantísimo contraste que existe entre dos poemas de Cementiri de Sinera. El tercer poema empieza así: “Sin ningún nombre ni símbolo / junto a los cipreses, debajo / un poco de polvo arenoso / endurecido por lluvias”. Y el poema treinta expone: “Cuando te detengas / donde mi nombre te llama / quieras que duerma / soñando mares en calma / la claridad de Sinera”. “Cuando te detengas donde mi nombre te llama” parece una clara alusión a la lápida de una tumba. Y, en cambio, “Sin ningún nombre ni símbolo” podría querer decir todo lo contrario, el no sepelio o, por qué no, la preferencia por la incineración.

El contraste entre los dos poemes aparece muy oportunamente en el encabezamiento de la entrevista de Antoni Batista a Maria Lluïsa Espriu en 1986. El periodista rememora hoy, cuarenta años después, aquellos días y el vínculo que lo unió con el poeta entre 1976 y 1984. Batista pertenecía al PSUC y el partido le confió la tarea de tejer vínculos con personalidades destacadas del país para que se mojaran a favor de su legalización. Una de ellas fue Espriu, que además de aceptar mojarse públicamente, le otorgó confianza al entonces joven periodista de 23 años: “Usted vaya viniendo a verme y tome notas”, le espetó.

De aquel vínculo surgió el primer libro de Batista, Salvador Espriu. Itinerari personal (1985). Exprimiendo la memoria, Batista recuerda que en cierta ocasión pidió a Espriu que le dedicara uno de los volúmenes de sus obras completas. Accedió, sí, pero con la exigencia de quedarse el libro y devolvérselo a los tres días: “Señor Batista, yo soy Espriu, soy una patum. Cuando me muera, aunque yo no lo quiera, todo saldrá. Tengo que pensar muy bien todo lo que escribo, incluso en una simple tarjeta de visita”.

Una anécdota reveladora, diáfana, muy elocuente. Salvador Espriu se tomaba muy en serio todo aquello que escribía. Ya fuera una sencilla y, en principio, poco exigente dedicatoria, o aquello que deseaba que se hiciera cuando él ya hubiera emprendido el camino hacia el otro mundo.