Transporte marítimo

Quién manda en el fondo del mar, por donde circula el 99% de la información que consumimos

Hay cientos de cables transoceánicos, que instalan unas pocas multinacionales, mientras los estados presionan para explotar los minerales que reposan en las profundidades de los océanos

23/08/2026 - 08:04 h.

BarcelonaCerca de mil personas coronaron el año pasado la montaña más alta del mundo, el Everest. El hombre conoce muy bien los límites y secretos de nuestro entorno, de aquello que vemos, y hasta el punto más inaccesible se ha convertido en un reclamo turístico. Pero en el planeta Tierra todavía hay muchas cosas que no vemos, lugares prácticamente inalcanzables. El Everest tiene dos kilómetros menos que el punto más profundo de los océanos, la fosa Challenger, en el Pacífico, un pozo inmenso que roza los 11.000 metros. Todavía hay muchos secretos por descubrir.

Más del 70% de la tierra está bajo el agua. Los mares han servido a la humanidad como fuente de recursos vivos, a través de la pesca, pero durante las últimas décadas se han convertido también en un inmenso generador energético: una parte importante de la producción de gas y petróleo ya proviene de áreas marinas, y hay molinos de viento instalados sobre el agua. Además, durante los últimos años se ha abierto el debate sobre la extracción de los minerales que hay en el fondo marino o, incluso, las posibilidades para la ciencia de encontrar recursos genéticos que ayuden a curar enfermedades. A todo esto se suman las crecientes infraestructuras que atraviesan los océanos. Hay cientos de cables eléctricos y de telecomunicaciones que van de los Estados Unidos a Europa. También tuberías para llevar gas, petróleo o hidrógeno desde una zona del mundo a otra, o desde las plataformas extractivas a las terminales. El mar del Norte está repleto. También el golfo de México, toda la costa próxima a los estados de Texas y Louisiana. La batalla por el poder global también se juega bajo el mar.

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Una red de telecomunicaciones

Más del 95% –se habla hasta de un 99%– del tráfico de internet va por cables submarinos. El flujo de datos no va mayoritariamente por satélite, sino que en algún momento pasa por los 694 cables que atraviesan el planeta por debajo del agua –contando los proyectados y en construcción–. Y lo que pasa por estos tubos no son solo vídeos virales absurdos. "También imágenes de un TAC hecho en Barcelona que va a Estados Unidos o transacciones bancarias. No se puede trivializar. Se transmite información irrelevante, pero también sensible y valiosa", explica el catedrático de la UB, Miquel Canals. En enero de 2025, después de los sabotajes a cables submarinos en el Báltico, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, alertó que los más de 1,3 millones de kilómetros de cables submarinos existentes –ahora 1,5– garantizaban transacciones financieras diarias por valor de 10 billones de dólares. Nada que ver con las 16 horas que tardó en llegar el primer mensaje transatlántico a través de estos cables, en agosto de 1858: un telegrama de 98 palabras de la reina Victoria de Inglaterra al presidente americano James Buchanan.

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"En el canal de Suez, en el mar Rojo, en el estrecho de Malaca, hay muchos. En los lugares donde pasan muchos barcos, por debajo pasan muchos cables. El Báltico también es un punto caliente", explica el experto en tecnología y telecomunicaciones, Albert Cuesta, que ha podido ver desde dentro uno de los barcos que instala estos cables de miles de kilómetros que atraviesan el Atlántico. Son cables pequeños, de pocos centímetros de diámetro, que se van desenrollando de unas grandes bobinas y cayendo al fondo del mar, a miles de kilómetros de profundidad. Se quedan en el fondo del mar y se cubren con el material del mismo océano. Cada 100 kilómetros se pone un repetidor óptico, alimentado a través del mismo cable, mientras cerca de la costa los cables se protegen para evitar que los barcos los dañen con las anclas.

Estas instalaciones de cables están en manos de pocas empresas. Cuesta destaca cuatro: la francesa Alcatel Submarine Networks, la americana Subcom, la japonesa NEC y la china Huawei Marine Networks. "Son empresas estratégicas, Alcatel está nacionalizada por el gobierno francés y ninguna empresa china puede hacer nada sin el gobierno de Pekín", apunta el experto, que señala un "doble monopolio" en este sector. Los datos que viajan en estos cables de fibra óptica están en manos de los gigantes del big tech –Meta, Google, Microsoft y Amazon–, que son los que financian el despliegue, a menudo asociados en proyectos.

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Según una estimación de la CNBC, la inversión entre 2025 y 2027 en este campo será de 13.000 millones de dólares, el doble del trienio anterior. Amazon está impulsando Fastnet, una conexión entre Maryland e Irlanda con capacidad de 320 terabits por segundo, el equivalente a la proyección de 12,5 millones de películas en alta definición a la vez. Meta anunció el Project Waterworth, un cable de 50.000 kilómetros para conectar cinco continentes. "La IA está incrementando nuestra necesidad de infraestructura submarina", admitió Alex Aime, un alto cargo de la compañía.

Un cable que atraviese la autopista transatlántica entre Estados Unidos y Europa puede costar entre 250 y 350 millones. Son cables, según Cuesta, con una vida útil de unos 25 años, no porque se hagan "mal", sino por "un tema de capacidad". Cuando los cables dejan de funcionar, no se cambian ni se acostumbran a retirar, sino que se instalan de nuevos mucho "más capaces".

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Esta carrera por desplegar los cables más largos y potentes se hace bajo la atenta mirada de los gobiernos de las principales potencias mundiales, temerosos de espionaje y sabotajes. En el año 2016 se presentó el proyecto PLCN para unir Los Ángeles y Hong Kong. Pero Meta y Google tuvieron que cambiarlo porque la administración de Joe Biden no veía con buenos ojos que una infraestructura de esta magnitud pasara por territorio chino: había temor a espionaje o a que el gobierno de Pekín recopilara datos. Esto hizo que se modificara la ruta, hasta Taiwán y Filipinas en lugar de Hong Kong.

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Mineros en el agua

Si la instalación de cableado eléctrico, de oleoductos o gasoductos prácticamente no se cuestiona, donde sí hay debate es en relación a la minería marina. Especialmente, fuera de las zonas económicas exclusivas (ZEE) de cada país: los estados son soberanos sobre la exploración, explotación y gestión de los recursos naturales dentro de las franjas de 200 millas náuticas desde su línea de costa. ¿Pero qué pasa en medio del océano? Está repleto de materiales muy valiosos, como cobalto, níquel, manganeso o cobre. El profesor Canals distingue entre los depósitos metalíferos, cuando los fluidos de zonas volcánicas o en las dorsales oceánicas entran en contacto con el agua y generan grandes minas, y los nódulos polimetálicos, rocas pequeñas que están en el fondo del mar y que han tardado millones de años en formarse por la precipitación de metales en el agua.

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La zona de Clarion-Clipperton, una gran área de más de cinco millones de kilómetros cuadrados en el océano Pacífico, entre Hawái y México, es la mayor reserva de metales del planeta: hay billones de nódulos polimetálicos reposando a 5.000 metros de profundidad. Más que en toda la tierra. Pero, al mismo tiempo, es un gran refugio para muchas especies naturales. "Una cosa es identificar los recursos, otra, la explotación. ¿Está desarrollada la tecnología de extracción? Diría que no. Los hábitats en zonas muy profundas tienen un metabolismo muy lento. Cualquier cosa que los dañe, puede ser muy difícil de revertir o, incluso, irreversible", apunta Canals. La rica biodiversidad en esta zona geográfica puede estar en peligro si se hace una extracción masiva de materiales: algunos ecosistemas pueden desaparecer y se pueden generar nubes gigantes de lodo y sedimentos tóxicos que quedarán suspendidos en el agua.

La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA), un organismo de la ONU, es la encargada de gestionarlo. Ha concedido una veintena de contratos de exploración científica –no de explotación– mientras países como China, Rusia, Noruega, los Estados Unidos o Japón presionan e invierten para posicionarse bien en esta carrera por obtener recursos minerales básicos para la economía mundial. Canals considera que, de momento, el mercado es quien frena una carrera desbocada: todavía no sale rentable. Sucedió con el proyecto Solwara, en Papúa Nueva Guinea: el país se asoció con una empresa canadiense para hacer la primera mina submarina, pero fracasó. Aun así, las presiones sobre la ISA son cada vez mayores. La isla de Nauru, en medio de Clarion-Clipperton, ha abierto un litigio de la mano de una compañía canadiense para tener luz verde para explotar el fondo marino.

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En todo caso, dibujar sobre un mapa qué áreas pueden explorarse y cuáles no, es ineficaz. "Es muy fácil proteger un área marina sobre un mapa, pero tienes que implementar vigilancia. Además, aunque tengas una cuadrícula pintada sobre el mapa, si se extraen minerales del lado, la parte protegida acabará recibiendo el impacto", remacha el catedrático.