Memoria histórica

Las últimas horas de Lorca: todos los interrogantes abiertos sobre el asesinato del poeta

Nueva documentación y cartas ayudan a reconstruir sus últimos momentos, 90 años después de su ejecución

16/08/2026 - 08:04 h.

BarcelonaEl verano de 1936, Federico García Lorca (Granada, 5 de junio de 1898 - entre Víznar y Alfacar, Granada, 18 o 19 de agosto de 1936) decidió dejar Madrid e ir a Granada para pasar allí una breve temporada. El asesinato del ministro de Hacienda durante la dictadura de Primo de Rivera, Calvo Sotelo, el 13 de julio, lo había dejado muy inquieto. "El 18 de julio era su santo y el de su padre, y los iba a celebrar, y también a despedirse de la familia porque después se marchaba a México con la actriz Margarita Xirgu. Su intención era volver a Madrid en otoño, porque tenía que estrenar La casa de Bernarda Alba y publicar Poeta en Nueva York", explica el periodista y escritor Víctor Fernández.

Poco tiempo después de llegar a Granada, el poeta escribió una carta, inédita hasta hace poco, a Juan Ramírez de Lucas, uno de sus últimos amores: "Pienso mucho en ti, y eso lo sabes sin que tenga que decírtelo, pero en silencio y entre líneas, has de leer todo el aprecio que te tengo y toda la ternura que guarda mi corazón. Tan solo tengo una obsesión y es que me gustaría meterte en la cabeza la actitud que has de mantener, llena de fuerza y astucia para contrarrestar la actitud equivocada de tu padre [...]. Puedes contar conmigo siempre. Soy tu mejor amigo y te pido que seas diplomático y que no dejes que el río se te lleve. Has de volver a reír. A mí me han pasado cosas muy gruesas, por no decir terribles, y las he superado".

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Ramírez, que nunca quiso revelar su historia con Lorca mientras estaba vivo, no tuvo tiempo de responder. Tampoco sabemos si el poeta se pudo despedir de otro de los grandes amores de su vida: Rafael Rodríguez Rapún. Ingeniero de profesión, Rapún acompañó al dramaturgo como secretario de la compañía La Barraca.

Aquel julio de 1936, todos los planes de Lorca se derrumbaron: el estreno teatral se canceló y la publicación de su libro quedó en el aire. Entre el 18 y el 19 de agosto, lo amordazaron para siempre. Un año más tarde, Rapún moría en el frente. Según la escritora María Teresa León –que conocía bien la intimidad de la pareja–, no fue una casualidad: Rapún se dejó matar.

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Aislado en Granada

No fue un asesinato fruto de la improvisación. Lorca estaba en las listas de los golpistas, porque tenía todos los números: era poeta, dramaturgo, músico y dibujante, homosexual, defensor de la educación pública, de la libertad, de la igualdad y de la República. "Además, estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado", destaca Fernández, que este octubre publica Recuerdos. Breve historia de un amor (Seix Barral) con el hispanista Christopher Maurer, y recientemente ha escrito No te olvides de escribir (Akal), la correspondencia entre Lorca y su familia. El 20 de julio se instauró el terror en Granada. Los militares revoltosos y los falangistas se apoderaron del centro de la ciudad y tan solo resistió, hasta el 23 de julio, el barrio histórico del Albaicín. Granada pasó a ser una isla en medio de territorio republicano y la represión fue feroz. El 9 de agosto, los fascistas hicieron un registro en la Huerta de San Vicente, donde estaba Lorca con su familia; buscaban a unos trabajadores de la finca. Al ver al poeta, uno de ellos gritó: "¡El maricón de la pajarita!", lo tiraron al suelo y le dieron un golpe con la culata de un fusil.

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Entonces, a Lorca le entró el pánico. La familia descartó intentar pasarlo a la zona republicana porque Granada estaba aislada. El poeta pensó que donde estaría más seguro era en casa de un amigo falangista que lo consideraba su maestro: el poeta Luis Rosales. La casa estaba en el corazón de Granada y esa misma noche se trasladó allí. Los Rosales eran cinco hermanos, cada uno con sus propias ideas políticas. Menos el pequeño, el Gerardo, todos eran falangistas. Aun así, Luis siempre defendió a Lorca. También lo hicieron todas las mujeres de la familia Rosales, que admiraban al poeta.

Una operación espectacular

Debían ser días angustiosos para el autor de Yerma, que leía con ansia el diario Ideal. Mientras Lorca estaba en casa, la mañana del 16 de agosto, le comunicaron que a su cuñado, el alcalde de Granada, Manuel Fernández-Montesinos, lo habían fusilado. Aquel mismo día, según el hispanista Ian Gibson, detuvieron al poeta. Fue a buscarlo el exdiputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso, un fascista convencido que odiaba el marxismo. Gibson explica que a Ruiz se le conocía como el ayudante del verdugo. "Llegaron a las cinco de la tarde aprovechando que no había ningún hombre en casa. Hicieron un despliegue espectacular, con gente en los tejados y coches, como si buscaran a un terrorista, cuando la sede del Gobierno Civil estaba a siete minutos andando. La madre de los Rosales les plantó cara, pero finalmente se llevaron a Lorca. En el trayecto hacia el Gobierno Civil, él solo pedía que encontraran a su amigo Luis Rosales", explica Fernández. La sentencia de Lorca, a pesar de los intentos de negociación por parte de José y Luis Rosales para intentar sacarlo de allí, ya estaba decidida. Se le acusaba de ser espía de los rusos, de estar en contacto con ellos por radio, de haber sido secretario del diputado socialista Fernando de los Ríos y de ser homosexual.

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Después de ser detenido, Lorca siguió el mismo camino trágico que muchas otras víctimas de las listas negras del golpe militar y la Falange. Los arrestados eran trasladados de madrugada y, para no dejar ningún registro escrito, las órdenes se ejecutaban a menudo por teléfono utilizando cifras en lugar de nombres.

El destino de la mayoría era La Colonia, un antiguo molino reconvertido. "Durante la Segunda República había sido una colonia escolar laica donde los hijos de los trabajadores huían del calor del verano; sin embargo, después del golpe de Estado, los sublevados lo transformaron en un centro de detención para los prisioneros de la cárcel provincial o del Gobierno Civil", explica Francisco Carrión, profesor de arqueología de la Universidad de Granada y coordinador de las exhumaciones en la región.

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Los enterradores y los ejecutores

En el molino, Lorca pasó sus últimas horas de vida junto a otros condenados, entre ellos el maestro republicano Dióscoro Galindo y los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. En aquellas mismas dependencias, prisioneros de la logia masónica eran obligados a cavar las fosas a primera hora de la mañana. Gibson recoge el testimonio de uno de estos masones, Antonio Mendoza de la Fuente, que en 1966 facilitó una descripción de cómo funcionaba el sistema. La prisión estaba en la planta baja; arriba se alojaban soldados y guardias de asalto. Algunos de los voluntarios que ejecutaban las órdenes formaban parte de las Escuadras Negras.

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Durante la madrugada del 18 o 19 de agosto, el piquete de ejecución condujo a los condenados hacia la zona del Barranco de Víznar o el camino de Alfacar. Lorca fue fusilado sin ningún tipo de juicio previo, víctima de un terror planificado. A Federico García Lorca (Crítica), Gibson explica que el gobernador civil de Granada, José Valdés Guzmán, se puso en contacto con el general Queipo de Llano, jefe de los sublevados de Andalucía. En aquel momento, Llano ya era famoso por sus arengas en Radio Sevilla, donde incitaba a matar republicanos: "Hay indicios que hacen pensar que Queipo recomendó a Valdés: "Dale café, mucho café". Era su manera de ordenar el fusilamiento", escribe el hispanista. Independientemente de esto, Gibson asegura que Valdés es el principal culpable del asesinato: "Es evidente que Valdés habría podido salvar a Lorca si hubiera querido, a pesar de las denuncias. Pero Valdés no era un hombre que salvara a nadie, y mucho menos a un poeta rojo, amigo de Fernando de los Ríos, espía de los rusos y con fama de maricón".

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A pesar de las múltiples investigaciones hechas a lo largo de las décadas para localizar los restos del autor de Romancero gitano, la ubicación exacta de su cuerpo continúa siendo un enigma. Gibson defiende que Lorca no fue fusilado en el barranco sino un poco más allá, cerca del manantial conocido como Fuente Grande. Es la misma teoría que defiende Fernández. "En el año 1980 la Diputación de Granada hizo una investigación oficial muy valiosa. Una testigo, María Luisa Illescas, pidió declarar a puerta cerrada y entregó una foto del olivo hecha en 1936 donde situaba el lugar exacto. A partir de aquí se compró el terreno para hacer un parque. Durante las obras de construcción del parque, en el año 1986, encontraron restos humanos, pero los responsables de las obras, en lugar de avisar al juzgado o a la Guardia Civil, decidieron mover algunas y esconderlas en otra parte del parque o en la urbanización de enfrente, y se hizo el silencio", dice el periodista.

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Las teorías de dónde lo enterraron

Carrión es uno de los investigadores que buscó allí, pero afirma que no encontró nada. "La historiografía inicial se basó en testimonios que, con el tiempo, se demostraron poco fiables", dice. Según Carrión, la teoría se basa en la investigación que hizo en su momento uno de los primeros investigadores de Lorca, el escritor norteamericano de origen catalán Agustín Penón: "Vino a Granada en los años cincuenta, en plena dictadura. Entrevistó a Manuel Castilla –el hombre que supuestamente enterró a Lorca–, y Castilla le dio información, a cambio de dinero, y le señaló un pequeño olivo en Fuente Grande. Intervinimos allí para localizar la fosa y no apareció nada; era un testigo falso. El mismo Manuel Castilla dejó un testimonio escrito diciendo que lo que había dicho era falso". Con respecto a las posibilidades reales de encontrar el cuerpo de Lorca en la actualidad, Carrión se muestra escéptico: "Si se encuentra Lorca, no deja de ser muy importante, pero no se ha localizado ni el lugar ni creo que se pueda localizar, o es imposible. Hay muchas teorías, pero los científicos no jugamos con hipótesis. Por lo que sí nos ha servido la investigación es para encontrar muchas otras víctimas y poner nombre a 194 víctimas ejecutadas entre agosto y noviembre de 1936".

Lo que los franquistas no pudieron hacer desaparecer es toda la obra de Lorca, su poesía, su teatro, sus artículos... En 1976, cuando solo habían pasado nueve meses de la muerte de Franco, se organizó en Fuente Vaqueros un homenaje multitudinario al poeta que marcó un antes y un después. A pesar del contexto de cambio, el control institucional todavía era muy presente. "El gobierno de la época solo permitió media hora. Fue media hora de libertad. Hasta ese momento el asesinato era un tema tabú, de su sexualidad ni se hablaba, y tampoco estaba toda la obra publicada. Lorca era el símbolo de hasta dónde podía llegar la barbarie: matar a alguien inocente", dice Fernández, que lamenta que se hicieron investigaciones sobre su asesinato en 1939-1940, 1965 y 1971, pero que la documentación no ha sido desclasificada.

Con el paso de las décadas, las percepciones alrededor de su figura cambiaron. Para Fernández, hay que diferenciar entre el valor simbólico que tenía el poeta durante el siglo pasado y la imagen que se proyecta en la actualidad: "Hasta la muerte de Franco, Lorca fue el símbolo; ahora es el mito, que es algo muy diferente", dice Fernández. Este proceso de mitificación ha conllevado un cierto vaciamiento de contenido: "Hoy continúa siendo un símbolo, pero hemos entrado en un camino peligroso. En las tiendas de Granada hay camisetas, bolsas... Nos quedamos solo con la imagen. Hemos olvidado su compromiso político; él decía que en España no se podía ser neutral. Firmó manifiestos en defensa del catalán durante la dictadura de Primo de Rivera, se hizo socio de los Amigos de la Unión Soviética y criticaba la historia que se enseñaba en las escuelas y la visión de la España de los Reyes Católicos. Todo esto lo hemos de recordar".