La guerra nos hace más pobres a todos
Me gustaría poder cerrar pronto esta serie sobre Irán y nuestro bolsillo. Pero la realidad es terca: cuanto más se alarga el conflicto, más profundas pueden ser las consecuencias económicas. Por el momento, hay algún respiro. El precio del combustible ha caído cerca de 20 céntimos por litro después de la rebaja del IVA (tras tocar los 2 euros). Un gran acierto por parte de la administración.
Ahora bien, el panorama sigue siendo incierto. El coste de la energía se mantiene elevado: el gas y la electricidad acumulan incrementos de dos dígitos en muchos mercados europeos. España parte con cierta ventaja gracias al impulso de las renovables –ya cerca del 50% de la generación eléctrica procede de fuentes eólicas y solares–, pero no es inmune. Alemania, más dependiente del gas, podría ver incrementos en el precio de la luz hasta tres o cuatro veces superiores. Cuando la energía sube, todo sube. Producir, transportar o prestar servicios es más caro, lo que se traslada a los precios finales.
Viajar también será más costoso. El combustible de aviación se ha encarecido en más de un 30% en pocos meses, y las rutas hacia Asia se han complicado por desvíos y restricciones, con vuelos más largos y billetes más caros.
El crédito tampoco dará tregua. Con una inflación aún por encima del 3%, los bancos centrales mantendrán tipos elevados. Esto encarece préstamos personales y cualquier financiación.
El riesgo de fondo es entrar en un escenario de estaflación: inflación elevada combinada con un crecimiento económico estancado. Un cóctel especialmente complejo de gestionar y que, históricamente, ha sido a menudo el preludio de una recesión global. La única solución para evitarlo es que el conflicto se corte lo antes posible y empiecen a caer los precios de la energía. Sin embargo, verá que cuando empiece a caer el petróleo, el combustible no lo hará tan rápidamente. Por desgracia, todavía tenemos por semanas.