El hombre que empezó a iluminar Barcelona (y la Puerta del Sol de Madrid)
Josep Roura dirigió la Escuela Industrial y también inventó la pólvora blanca
El día de Sant Joan de 1826 se produjo un hecho histórico en el centro de Barcelona que, a pesar de su gran trascendencia, no es del todo conocido. En general, se recuerda como inicio del alumbrado público de las calles el momento, en 1843, en que la Sociedad Catalana para el Alumbrado por Gas de Pere Gil Babot y Charles Lebon comenzó a funcionar. Pero la realidad es que unos cuantos años antes, un emprendedor solitario llamado Josep Roura Estrada iluminó por primera vez un edificio de Barcelona mediante el gas. El día de Sant Joan que mencionábamos unas líneas atrás fue la fecha elegida por Roura para instalar un sistema de alumbrado en el edificio de la Llotja, que era la sede de la escuela de la Junta de Comerç.
Josep Rora Estrada Químico e inventor
- 1797-1860
La potente formación técnica de Roura se fundamentaba en sus estudios de química que había seguido en la Universidad de Montpellier (1820), donde se doctoró. Hay que recordar que la Universidad de Barcelona (Estudio General de Barcelona) había sido clausurada en 1717 por causa del Decreto de Nueva Planta y no se recuperaría hasta 1837. De regreso de su periplo provenzal, Roura obtuvo una plaza de profesor en el Gimnasio Militar de Barcelona, que era donde los militares adquirían formación en ingeniería, y poco después también en la Escuela de Química de la Junta de Comercio. En 1824 comenzó a trabajar en la obtención de un gas inflamable a partir de la destilación del carbón. Tenía claro que reacciones químicas de aquel tipo podrían generar suficiente luz para iluminar espacios y por eso en 1825 viajó a París para estudiar los sistemas de alumbrado alimentados por gas. Con la lección aprendida, volvió a Barcelona donde se convirtió en el pionero en la instalación de luz en edificios, como explicábamos desde el principio.
A pesar del futuro que podía tener su producto (iluminó la Puerta del Sol a petición del Ayuntamiento de Madrid), su interés era más científico que comercial, y se centró en continuar las investigaciones en esta materia. Desde la década de los treinta, se centró en la investigación de productos químicos, de manera que en 1836 creó su propia empresa, que tenía la planta en el barrio de La Bordeta. Eso sí, los diferentes sistemas de alumbrado que había ido instalando por la ciudad de Barcelona continuaron en funcionamiento un puñado de años, hasta la llegada de la red pública de la Sociedad Catalana para el Alumbrado por Gas (1843). En esta época, fue también uno de los primeros en conocer y divulgar las grandes posibilidades que tenía el carbón procedente de la zona de Sant Joan de les Abadesses (Ripollès).
La investigación sobre el terreno la combinaba con la elaboración de manuales técnicos –muy bien valorados por la academia local– de todas las innovaciones tecnológicas que descubría en sus viajes por Europa. Su actividad en la Academia de Ciencias Naturales y Artes fue muy intensa (era miembro desde 1822) y, como ejemplo, podemos trasladarnos al 6 de mayo de 1841, cuando llevó allí a un joven italiano llamado Vito Mangiamele, que era un prodigio del cálculo mental y que con solo catorce años dejó impresionados a los académicos con sus capacidades.
Fruto de la actividad de investigación y de su negocio químico, en 1846 inventó un producto totalmente innovador llamado pólvora blanca. Era más potente y de mayor calidad que la tradicional pólvora negra, que es la que utilizaba el ejército. Todo parece indicar que las pruebas que se hicieron resultaron muy satisfactorias, pero por alguna razón desconocida el ejército español renunció a adquirirla y, ante esto, Roura prefirió guardar su descubrimiento en un cajón. Hoy en día aún no se sabe con certeza cuál era la composición química de esta misteriosa pólvora blanca, entre otras cosas porque la última muestra conservada por la familia se perdió en 1988.
En el año 1851 lo nombraron director de la Escuela Industrial, una institución que se inauguraba ese mismo año y que más tarde evolucionaría hacia la Escuela de Ingenieros Industriales. En cierto modo, era una continuación mejorada de las escuelas de la Junta de Comercio y estaba ubicada en el exconvento de San Sebastián. A pesar de las nuevas responsabilidades adquiridas, Roura continuó con sus investigaciones científicas, algunas para empresas privadas, como el informe que elaboró en 1860 para la Compañía Española de Asfaltos. Desde el punto de vista político, se significó mucho en los homenajes que recibió el General Prim a su regreso después de las guerras de África, en 1860.