La productividad, base de los salarios

En los últimos meses se han dado diversos informes y análisis que han defendido que una parte de los problemas económicos actuales provienen de una excesiva especialización en actividades de bajo valor añadido. Sin embargo, este planteamiento corre el riesgo de simplificar una realidad mucho más compleja y de presentar la economía como una confrontación entre sectores "buenos" y sectores "malos". La cuestión fundamental no es qué actividades se desarrollan, sino cómo se desarrollan. La evidencia internacional muestra que los países con salarios más elevados no son necesariamente aquellos que han eliminado los sectores intensivos en trabajo, sino aquellos que han logrado aumentar la productividad del conjunto de su economía. No se trata de reducir actividad, sino de mejorar la que se hace.

La productividad continúa siendo el principal determinante de los salarios a largo plazo. No se trata de aumentar salarios, porque si estos aumentan sin que haya aumento de la productividad, tenemos aumentos de los costes unitarios, disminución de los márgenes empresariales, que también sirven para hacer inversiones, y que se reducirán dando pérdida de competitividad, y por tanto de actividad y empleo. Los salarios no crecen de manera sostenida por decreto, sino gracias a una productividad más elevada, que es la que permite generar más valor añadido por trabajador. Ningún país ha logrado mantener incrementos salariales sostenidos sin mejoras paralelas de productividad. Por eso, un camarero alemán acostumbra a percibir una remuneración superior a la de un camarero español, igual que un camarero español suele ganar más que un portugués. La diferencia no radica en la naturaleza del trabajo, sino en el entorno económico donde esta se desarrolla: capital físico disponible, dimensión empresarial, tecnología, organización, formación, calidad institucional y productividad agregada. Algunas de las cuales se tienen como palancas dentro del Pacto Nacional para la Industria 2026-2030.

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Esta relación entre productividad y salarios que muestra elevados niveles de correlación, también explica una de las paradojas más relevantes de la economía española. Durante los últimos años, España ha registrado tasas de crecimiento del PIB relativamente elevadas en comparación con otros países europeos. No obstante, ya en diversos informes de coyuntura trimestrales de Foment de Treball hemos señalado que este crecimiento se ha apoyado en gran medida en el aumento del empleo más que en el incremento de la productividad. Cuando esto sucede, la renta per cápita avanza a un ritmo muy inferior al del PIB agregado y muy equivalente a su nivel de vida. Por ello desde Foment se propuso en septiembre del 2025 una hoja de ruta para la mejora de la productividad y la competitividad de la economía catalana.

Precisamente aquí reside una de las lecciones más importantes que ofrece la experiencia de los países de Europa central y oriental. Polonia, República Checa, Eslovaquia, Estonia, Letonia, Lituania o Rumanía han protagonizado durante las últimas dos décadas un proceso de convergencia económica extraordinario respecto a la media europea. Su renta per cápita en paridad de poder adquisitivo ha aumentado de manera muy significativa, hasta el punto de que algunos de estos países ya se sitúan cerca o por encima de la media de la Unión Europea.

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Este avance no se explica porque hayan sustituido masivamente sectores intensivos en trabajo por actividades tecnológicas de alto valor añadido. La clave ha sido otra: aumentar la productividad mediante la inversión, la integración en las cadenas industriales europeas, la mejora del capital humano, la atracción de capital internacional y la modernización empresarial, la mejora de la eficiencia del sector público, etc.

En este contexto, resulta especialmente útil recuperar la teoría de los clústeres de Michael Porter. La competitividad no depende tanto del sector como del ecosistema que lo rodea.

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El ejemplo del turismo es especialmente ilustrativo. A menudo se presenta como una actividad de baja productividad y bajos salarios. Sin embargo, países como Suiza, Austria o los Países Bajos desarrollan actividades de servicios muy intensivas en trabajo con niveles salariales muy superiores a los de España. La diferencia no es el sector; es la productividad.

Además, conviene introducir una consideración práctica que a menudo queda fuera del debate. Los sectores intensivos en trabajo absorben una parte muy importante de la ocupación disponible y suelen tener un nivel bajo de productividad. Pensar que cientos de miles de trabajadores pueden trasladarse rápidamente hacia actividades de alto valor añadido es una simplificación excesiva. La movilidad sectorial requiere formación, experiencia, adaptación empresarial, inversión y tiempo.

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Si una parte sustancial de la ocupación vinculada al turismo desapareciera sin alternativas reales, el resultado probablemente sería un incremento significativo del paro. Esto comportaría una reducción de la recaudación tributaria, una disminución de las cotizaciones sociales y un aumento del gasto en prestaciones y ayudas públicas. Desde una perspectiva estrictamente fiscal, el coste para la Hacienda pública podría ser superior a los beneficios esperados de una transformación acelerada.

Esto no significa renunciar a la mejora del modelo productivo. Al contrario. Significa entender que la transformación económica es un proceso gradual que debe combinar más inversión, más innovación, más formación y más productividad con la preservación de los niveles de ocupación.

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Finalmente, también es importante recordar que la distribución de la renta no solo se produce exclusivamente a través del mercado, ya que es corregida mediante el sector público. Los sistemas fiscales progresivos y el estado del bienestar permiten transferir recursos desde las rentas más elevadas hacia los colectivos con menos capacidad económica a través de la sanidad, la educación, las pensiones, las prestaciones sociales y otros servicios públicos. Por lo tanto, las personas de menor renta contribuyen menos o incluso detraen, mientras que las de rentas altas contribuyen.

El reto real consiste en incrementar la productividad de toda la economía, porque es esta la que determina la capacidad de generar salarios más elevados, más bienestar y una convergencia real con los países europeos más avanzados. La historia económica reciente de Europa demuestra que los países que han prosperado no son los que han perseguido sectores concretos, sino los que han conseguido crear más valor añadido por trabajador. Esta continúa siendo, hoy, la verdadera base del progreso económico y social.