Trabajadores en la producción de coches en la fábrica Seat de Martorell.
18/04/2026
Profesor lector de la UB e investigador del Instituto de Economía de Barcelona (IEB)
4 min

Durante la última década, los partidos de extrema derecha han ganado terreno en toda Europa y más allá. Las ciencias sociales han identificado factores como la globalización, la inmigración y la inseguridad económica como motores clave de este cambio electoral. A pesar de ello, hay un factor que ha recibido sorprendentemente poca atención: las cuestiones de igualdad de género. A medida que las sociedades avanzan hacia una mayor igualdad entre hombres y mujeres, un segmento del electorado reacciona contra estos cambios. Partidos de extrema derecha en España (Vox), Italia (Lega) y otros países han situado la oposición al feminismo y la defensa de los roles de género tradicionales en el centro de sus programas. Niegan la discriminación contra las mujeres y presentan los movimientos feministas como una amenaza para la estabilidad social. Este discurso conecta con votantes que mantienen actitudes sexistas o se sienten incómodos por el cambio de roles entre hombres y mujeres.

Un número creciente de investigaciones rigurosas documenta esta reacción. Eva Anduiza y Guillem Rico (Universidad Autónoma de Barcelona) muestran que en España las actitudes sexistas –la negación de la discriminación contra las mujeres y la oposición a las políticas correctoras– son uno de los predictores más fuertes del voto a Vox, solo por detrás de la ideología izquierda-derecha. Encuentran que las personas que se volvieron más sexistas durante la ola de movilizaciones feministas de 2018 fueron más propensas a cambiar su voto hacia Vox en 2019. La reacción no era una predisposición estable: fue una respuesta, en tiempo real, a los avances feministas.

Otro estudio que he coescrito con Davide Cipullo y Federico Trombetta (Università Cattolica del Sacro Cuore, Milán), y Federico Franzoni y Elisa Muscarella (Universitat de Barcelona y IEB) aporta evidencia de Italia que muestra que la elección de una alcaldesa incrementa el apoyo a la Lega, uno de los principales partidos de extrema derecha italianos. Esta reacción se concentra en zonas con normas de masculinidad tradicional más fuertes –creencias sobre cómo deben comportarse los hombres, como ser el sustentador de la familia, evitar la vulnerabilidad emocional y ocupar posiciones de autoridad–. La reacción también parece amplificarse en contextos económicamente más frágiles. De manera similar, Margherita Negri (St. Andrews University) y Alessio Romarri (Universitat Autònoma de Barcelona) encuentran que en el Reino Unido la elección de concejalas desplaza las actitudes de género hacia posiciones más conservadoras, un efecto impulsado por los hombres y amplificado por la inseguridad económica.

En conjunto, estos estudios de España, Italia y el Reino Unido apuntan a un patrón consistente: los avances en igualdad de género pueden generar una reacción contraria. ¿Por qué nos debe importar? Porque la igualdad de género no es solo una cuestión de justicia –también es buena para todos–. Las sociedades con más igualdad de género tienden a tener un crecimiento económico más elevado, mejores resultados en salud e instituciones más efectivas. La reacción documentada por estos estudios amenaza con frenar o revertir estas ganancias.

Lo que se desprende de esta evidencia es una potencial desconexión. Por un lado, la sociedad avanza hacia más igualdad de género, con más mujeres en posiciones de responsabilidad. Por otro, actitudes de género conservadoras y normas de masculinidad arraigadas –prescripciones sobre cómo deben actuar los hombres, qué roles deben ocupar, qué emociones deben expresar– permanecen inalteradas. Cuando la realidad choca con estas normas, algunos hombres experimentan incomodidad o resentimiento, y los partidos de extrema derecha ofrecen un relato que valida estos sentimientos.

Esta contradicción plantea preguntas importantes para las políticas públicas. ¿Qué recetas pueden hacer frente a esta reacción? Si la reacción está parcialmente arraigada en concepciones rígidas de las actitudes de género y la masculinidad, ¿podría la educación en la escuela y dentro de las familias contribuir a transformarlas? Un estudio de Michela Carlana (Harvard Kennedy School) muestra que los estereotipos del profesorado –por ejemplo, la creencia de que los chicos son mejores en matemáticas que las chicas– afectan los resultados académicos y las decisiones profesionales de las chicas. Los estereotipos transmitidos a través de la educación pueden perpetuar la desigualdad desde la infancia. Pero el camino inverso también es posible: una investigación de Lídia Farré (IAE-CSIC), Christina Felfe (University of Konstanz), Libertad González (Universitat Pompeu Fabra) y Patrick Schneider (University of Konstanz) muestra que los hijos de padres que tuvieron acceso al permiso de paternidad en España desarrollan actitudes más igualitarias. Esta evidencia sugiere que la exposición durante la infancia a roles parentales menos estereotipados puede cambiar las normas entre generaciones.

Las escuelas y las familias deberían hacer más para educar a los chicos en un rol social compatible con la igualdad de género, en lugar de permanecer anclados en normas tradicionales de género y masculinidad? ¿Deberían diseñarse las políticas públicas no solo para promover el avance de las mujeres en la sociedad, sino también para ayudar a los hombres a navegar un mundo cambiante? Estas no son preguntas partidarias. Son preguntas fundamentadas en la evidencia, y afectan el tipo de sociedad que queremos construir, una en la que el progreso hacia la igualdad no genere una contrarreacción que lo ponga en peligro.

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