Cuando una sola manzana vale un euro y medio: un dolor de cabeza para los estadounidenses... y para Trump
El encarecimiento de la comida y la gasolina castiga el bolsillo de los ciudadanos cuando falta un mes para las elecciones legislativas
Washington / BarcelonaEn verano, cuando ya estaba claro que la guerra de Irán iba para largo, en la caja de una cadena de cafeterías bastante conocida en Washington había enmarcado en negro un discreto cartel. "Un aviso para nuestros clientes: de vez en cuando, debemos ajustar los precios para reflejar el encarecimiento del coste de los ingredientes y la operativa". En el escaparate de las pastas y pasteles era fácil detectar el ligero aumento. Las galletas de mantequilla con chocolate, que antes costaban 90 centavos la unidad, ahora costaban un dólar.
Esta escena de la cotidianidad de los EE. UU. ocurría en julio, y desde entonces los precios no es que se hayan calmado. En las gasolineras de la capital el 4 se ha instalado como el nuevo inquilino en el marcador de precios. Los céntimos, más arriba o más abajo, hacen que ahora la gasolina esté por encima de los cuatro dólares el galón (unos 90 céntimos de euro por litro). Una imagen que, en un país acostumbrado durante décadas a carburantes muy baratos, hace que la mayoría de ciudadanos resoplen cada vez que tienen que llenar el depósito del coche incluso en Washington, donde el sistema de transporte público es bastante solvente. En otras ciudades y áreas del país —por ejemplo Los Ángeles o la gran mayoría de estados del sur, el centro y el oeste— hay que conducir incluso para ir a buscar un café.
Con el malestar por la gasolina no ha hecho más que llover sobre mojado, porque ya bajo la administración de Joe Biden los estadounidenses refunfuñaban por la cesta de la compra. Ahora, con Donald Trump sufren por las dos cosas: la gasolina y la comida. El republicano logró volver a la Casa Blanca, en gran parte, gracias a su promesa de abaratar el coste de vida. Y los ciudadanos no creen que esté cumpliendo.
La comida aprieta el cinturón
Aunque ahora se le haya girado en contra y le provoque quebraderos de cabeza de cara a las elecciones legislativas del mes que viene, hace dos años Trump centró su campaña de reelección en el aumento del coste de la vida durante la presidencia de Biden. Era lógico que Trump aprovechara este factor para desgastar al presidente demócrata, que sufrió dos choques de oferta diferentes entre 2021 y 2022: la reactivación de la economía después del covid provocó problemas de abastecimiento en muchas industrias, lo que infló los precios a escala mundial, y todavía se le añadió un año más tarde el encarecimiento de la energía por la guerra en Ucrania.
Desde que Biden entró en la Casa Blanca en enero de 2021 hasta que salió el mismo mes de 2024, los precios de los bienes y servicios de consumo en EE. UU. se dispararon un 20,9%, según cálculos de este diario a partir de los datos oficiales de inflación de la Oficina de Estadísticas Laborales del gobierno norteamericano. Esto significa una reducción sustancial del poder adquisitivo de las familias, que se nota más cuanto más bajos son los ingresos de un hogar. Si una familia tenía unos gastos mensuales de 1.000 dólares en comida, agua, electricidad, ropa, gasolina y otros bienes de consumo, cuatro años más tarde exactamente los mismos productos costaban 1.209.
Con la normalización de la economía poscovid y con el ajuste de los mercados energéticos a las sanciones contra Moscú, los precios se fueron normalizando en 2024 y el año pasado, aunque todavía crecen ahora a un ritmo más alto que antes de la pandemia. Este hecho favoreció inicialmente a Trump, aunque la guerra contra Irán volvió a disparar los precios de la energía en el mundo y, por extensión, también en Estados Unidos.
A pequeña escala, el efecto inflacionista actual se ha notado especialmente en el producto fresco y la carne. En la cadena de supermercados Trader's Joe —una de las más populares del país—, las mismas manzanas que en abril de 2025 costaban 1,49 dólares cada una, ahora cuestan 1,69 (1,47 euros), un precio que asustaría a cualquier europeo: cuesta casi lo mismo una sola manzana en EE. UU. que un kilo de manzanas en un supermercado español. Lo mismo ocurre con los tomates: los de la variante Campari, que costaban 3,49 dólares por libra (una libra son 454 gramos), ahora valen 3,79 dólares.
El producto que se ha mostrado más sensible a la inflación es la carne de vacuno picada. En septiembre, una libra de carne picada costaba unos 6,89 dólares de media, según la Oficina de Estadísticas Laborales. Un incremento de unos 57 céntimos respecto a lo que ya costaba en octubre de 2025, cuando las familias ya consideraban que 6,32 dólares por libra eran demasiado.
La diferencia explicada con céntimos no parece muy grande, pero si se tiene en cuenta que, de media, el departamento de Agricultura calcula que en EE. UU. se consumen unos 30,4 kilos (67 libras) de carne de vacuno al año por persona, el balance es otro. Además, la carne picada es la manera más barata y accesible para las familias para consumirla, por lo que es un alimento básico que se encuentra en prácticamente todas las neveras del país.
El impacto de la gasolina
El actual episodio inflacionario no es ninguna novedad en la historia moderna de los Estados Unidos. De hecho, el país terminó la Segunda Guerra Mundial en 1945 con crecimientos elevados de precios debido a la fuerte actividad económica derivada del esfuerzo de guerra. Hay que entender que, al terminar el conflicto, el 40% de la actividad económica en los EE. UU. solo se dedicaba a la producción de armamento y material bélico o al sostenimiento de las fuerzas armadas.
Desde entonces, se puede hablar de hasta seis episodios más de crecimientos elevados de precios, todos relacionados con guerras o con la energía: el estallido de la Guerra de Corea en 1951; la Guerra de Vietnam; las dos crisis del petróleo en 1973 (Guerra del Yom Kippur) y en 1979 (Guerra Irán-Irak); la Guerra del Golfo por la invasión iraquí de Kuwait, y la invasión rusa de Ucrania de 2022. Con los ataques estadounidenses e israelíes sobre Irán se produce un último episodio, aunque la inflación no ha alcanzado de momento los niveles de las anteriores.
Esta vez uno de los elementos que más afectan al bolsillo de los consumidores vuelve a ser el precio de los carburantes, que desde el estallido del conflicto en el golfo Pérsico y el cierre del estrecho de Ormuz en febrero se ha disparado, siguiendo el alza del coste del petróleo, que ha superado la barrera de los 100 dólares por barril. En el caso de los Estados Unidos, sin embargo, el impacto del encarecimiento de la gasolina en las finanzas de las familias es mayor que en Europa por varios motivos.
El primero es que la red de transporte público en Europa es mayor y, por tanto, ofrece más alternativas al coche privado, sobre todo en grandes ciudades. Esto hace que la demanda de gasóleo y gasolina sea más pequeña.
El segundo es que ningún país de la Unión Europea es exportador de petróleo (en el continente, solo Noruega y el Reino Unido, los dos extracomunitarios, son productores), por lo que los carburantes son más caros allí. Los altos precios ya desincentivan el uso del coche. Además, los fuertes impuestos sobre los combustibles inflan aún más los precios en la UE. Si a los europeos les sorprende el coste de la fruta en los EE. UU., los estadounidenses se horrorizan cuando ven los paneles de las gasolineras en Europa.
Por último, la irrupción del vehículo eléctrico está reduciendo aún más la demanda en Europa, donde este año más del 23% de los coches vendidos son eléctricos (por la irrupción de marcas chinas), mientras que en los EE. UU. esta cifra cae hasta el 6%, según la consultora automovilística Motor Intelligence. Esto, partiendo del principio de que los vehículos europeos con motor de explosión son más pequeños de media y la regulación comunitaria obliga a producir coches más eficientes.
Todos estos elementos hacen que el encarecimiento de los carburantes tenga un efecto mayor sobre el coste de la vida de las familias de los EE. UU., aunque sea una subida relativamente limitada. Y, a pesar de estar aún muy por debajo de los precios europeos, hoy la gasolina y el diésel en los EE. UU. están en máximos históricos.
Otro elemento a tener en cuenta es que el encarecimiento energético puede provocar lo que los economistas llaman efectos de segunda ronda. Como los precios de la energía son más altos durante un tiempo largo, las empresas inicialmente asumen el sobrecoste, pero unos meses más tarde lo tienen que acabar repercutiendo en el precio final que pagan los consumidores. Este efecto se produjo en 2023 después del choque energético de 2022, pero actualmente, con la guerra en Irán entrando en su octavo mes, todavía no se ha desplegado del todo: entre diciembre y agosto, los precios crecieron un 2,5% de media en los EE. UU., una cifra alta pero que no refleja el fenómeno de segunda ronda. Habrá que ver si acaba pasando en los próximos meses y cómo afectaría tanto a las políticas de Trump como, sobre todo, al día a día de los ciudadanos de la primera economía del mundo.