Hay que arremangarse por la educación

La huelga de este miércoles se ha saldado con un amplio seguimiento en defensa de la educación. El seguimiento del paro ha sido elevado y la convocatoria ha reunido a más manifestantes, por ejemplo, que las protestas del fin de semana anterior para denunciar el drama de Cercanías. El colectivo de docentes ha demostrado en la calle un malestar que viene de lejos y que parece enquistado. Lo paradójico de la cuestión es que el Govern se ha mostrado no sólo comprensivo, sino de acuerdo con las demandas de los maestros: "Desde Educación entendemos y compartimos las demandas para fortalecer el sistema educativo y mantenemos la voluntad de diálogo con los sindicatos para poder llegar a un acuerdo social que nos permita contribuir a la mejora educativa de nuestro país", ha dicho la consejera.

¿Qué demandas? Con especial énfasis en la falta de recursos humanos como elemento transversal, el foco de la protesta se ha puesto en la exigencia de una subida de sueldos, en la reducción del número de alumnos por aula, en la demanda de mayores recursos para hacer frente a la escuela inclusiva y en la denuncia de la burocracia.

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En realidad, el diagnóstico es ampliamente compartido. Y existe también un consenso sobre la imperiosa necesidad de encarar con valentía y responsabilidad la reconstrucción. Coinciden profesionales, familias, sociedad civil, sindicatos y mundo político. Continuar con el entorno tan crispado no lleva a ninguna parte. Y, sin embargo, no será fácil pasar página y entrar en una fase de compromiso y ambición: hace tiempo que se ha enrarecido el día a día en los centros. Es prioritario revertir esta situación. La cuestión es el cómo.

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Por supuesto, una parte de la solución es incrementar los recursos, algo, claro, que nunca es fácil. Pero, finalmente, el dinero –ni en este terreno ni en ninguno– lo soluciona todo. También resulta imprescindible que se esparza una atmósfera de confianza y de colaboración: entre docentes y administración, entre diferentes visiones educativas, entre maestros y familias. En algún momento tocará aparcar el protagonismo de los agravios, por muy justificados que estén, y que todo el mundo se arremangue con el objetivo común de subir el listón de la ambición educativa y de centrarnos todos juntos en el aprendizaje de los chicos y chicas y, por tanto, en los debates propiamente educativos. Un terreno, por su parte, donde es aconsejable humildad porque nadie –ni aquí ni en los países más avanzados– tiene la varita mágica. En todo caso, entre otras medidas, es necesaria más formación a los docentes, más autonomía para los centros y mejores condiciones para los equipos en institutos y escuelas de alta complejidad.

La huelga se ha hecho con éxito y ha expresado con contundencia un malestar perfectamente diagnosticado. Ha dado bastante negociadora a los sindicatos, que, dada la respuesta del Gobierno, es probable que avancen en su agenda reivindicativa. Pero más temprano que tarde tocará remar juntos: no se puede seguir alargando in aeternum el nivel de crispación en el que se ha instalado el entorno educativo. Todos, empezando por los niños y chicos y chicas, salimos perjudicados. La salida del callejón no se puede aplazar más.