Cómo podemos evitar que Barcelona pierda más niños
Los tentáculos de la crisis de la vivienda llegan a todos los rincones de la vida colectiva. Según los datos a los que ha tenido acceso el ARA, se está consolidando como tendencia la pérdida de población escolar en Barcelona. La preinscripción en infantil 3 (I3) ha vuelto a bajar a los niveles de la pandemia. Es preocupante. Y, al mismo tiempo, no es fácil de revertir, ya que estamos hablando de una realidad socioeconómica estructural.
Si buscamos las causas, seguramente la más relevante detrás de este descenso hay que buscarla en el precio de la vivienda, que está forzando a las familias jóvenes con hijos a marcharse de la ciudad por la subida de los precios de los pisos. De hecho, el otro factor importante, la imparable reducción de la natalidad, de alguna manera también está relacionado con el elevado coste de la vida, con la vivienda de nuevo como principal elemento de peso en el gasto de las unidades familiares.
La bajada del número de preinscripciones no se puede atribuir, por tanto, a problemas con la calidad de la educación, sino a la complicada situación socioeconómica de Barcelona, donde la gentrificación y la centrifugación poblacional están a la orden del día. A pesar de los topes en los precios del alquiler y el incipiente impulso a las políticas de vivienda pública, la capital catalana continúa experimentando una clara tendencia de la población autóctona a marcharse del municipio, y ve, en cambio, cómo llegan otros tipos de habitantes, tanto población flotante turística como expats de mayor duración, mientras que la inmigración que viene a Cataluña cada vez se instala más, también debido a los precios de la vivienda, en la periferia metropolitana.
Esta huida de parejas jóvenes empobrece y envejece el tejido social barcelonés y tiene, como se ve por los datos que aportamos, un efecto notable en la bajada de población escolar infantil. Un dato curioso pero significativo es que, desde finales de 2022, en la ciudad ya hay más perros que niños de menos de 12 años. En las calles, parques y jardines esto ya se ha notado.
El efecto que esto puede tener en el sistema educativo es que, a corto o medio plazo, se tengan que cerrar colegios; los más afectados podrían ser sobre todo pequeños centros concertados, cosa que, por otra parte, ya se ha producido en los últimos años. Esto no impide que, debido a la conflictividad laboral creciente en los centros públicos, se haya empezado a detectar simultáneamente un contraefecto favorable a la elección de la concertada por parte de las familias.
En todo caso, estamos ante un fenómeno que hay que abordar seriamente antes de que sea demasiado tarde, y que solo se puede parar con políticas públicas fuertes de vivienda, con políticas de natalidad efectivas (con ayudas directas por hijo a las familias), con políticas urbanísticas que proyecten entornos amables para los más pequeños (en la línea de lo que defiende Francesco Tonucci) y, sin duda, también con una oferta escolar de alta calidad que sea un aliciente para no marcharse. Es un reto tan complejo como necesario para la capital catalana; un reto para cuya solución es necesaria la implicación de todas las administraciones. Una ciudad sin niños es una ciudad sin futuro.