Feijóo se refugia en ETA
ETA se disolvió en abril del 2018, hace ocho años, y había abandonado la actividad armada en octubre del 2011, ya ha catorce. Afortunadamente, es historia. Pero para la derecha española sigue siendo el último recurso cuando se terminan los argumentos sensatos y razonables. No importa que la violencia de la banda terrorista forme parte del pasado y que la sociedad vasca, y también la española, hayan pasado página. Pero en el universo mental de la derecha cada vez más escorada en el extremo, sigue siendo un arma arrojadiza recurrente. ¿Se acabará nunca ese juego tan desagradable? Y, pasando a otra cuestión, menos escabrosa pero políticamente tanto o más rentable, ¿se acabará también algún día el comodín del anticatalanismo más primario, simplista y demagógico?
La cuestión es que el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, ha vuelto este lunes a abrir el amarillento manual de ETA para intentar fugarse, con palabras gruesas, de su actuación durante la dana valenciana como avalista político del finalmente dimitido –un año después de los hechos–. La mejor defensa siempre es un buen ataque, aunque sea con armas obsoletas, habrá pensado un Feijóo con pocas ganas de tener que explicarse en el Congreso de los Diputados sobre los hechos dramáticos de la tragedia de la Comunidad Valenciana, en la que perdieron la vida 229 personas.
¿Qué pensarán los familiares de las víctimas de un tono tan agrio y una actitud tan beligerante por parte del líder del principal partido de la oposición en España y del partido de gobierno en la Comunidad Valenciana? Mezclar, aunque sea de paso, los muertos de ETA con los de la dana demuestra, sencillamente, la frívola falta de sensibilidad de Feijóo. En permanente competencia con la ultraderecha de Vox y con el trumpismo de la compañera de partido y presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, el líder del PP estatal una vez más ha convertido su débil defensa en un espectáculo sin límites. Porque, ya puestos a hacer, aparte de los fallecidos de ETA, también ha metido de por medio el caos ferroviario, con la tragedia de Adamuz y el accidente de Gelida.
Este tipo de política espectáculo, que busca titulares y broncas para incendiar las redes sociales, y que sólo convence a los convencidos, aporta poco al debate público y aleja aún más a los ciudadanos de las instituciones y los partidos. Es combustible para la demagogia de la ultraderecha, una deriva a la que Feijóo se está entregando. Lejos de asumir responsabilidades, lejos de pactos de no agresión en cuestiones tan dramáticas como la dana o Adamuz, lejos de la búsqueda de consensos y sobre todo de soluciones, la vía fácil es buscar el aplauso del corazón mediático afín soltándose por la pendiente de la agresividad. Es el paradigma de la antipolítica, la que rehuye las explicaciones en favor de las gesticulaciones, la que esparce sospechas y elude críticas constructivas y autocrítica honesta. Quizás sí desgasta al gobierno de Sánchez, pero también desgasta su propia credibilidad. Qué lejos queda la supuesta moderación de sus primeros tiempos.
Éste es el frontismo y la radicalización en que se ha instalado la política, en especial la que se practica en Madrid, pero no sólo. La tendencia es general, mundial. Catalunya, claro, tampoco queda al margen.