Una mujer después de un ataque ruso en una zona residencial en Odesa, Ucrania, el 28 de marzo de 2026.
29/03/2026
2 min

Vladímir Putin ha lanzado su ofensiva de primavera en Ucrania. Aprovechando un marzo seco después de un invierno brutal, el ejército ruso ha intensificado los ataques contra las últimas grandes ciudades del Donbás bajo control ucraniano, Sloviansk y Kramatorsk, con operaciones de asalto que han superado los 600 ataques en cuatro días y batallones de hasta 500 soldados. El objetivo es evidente: conquistar lo que los militares llaman el cinturón de fortalezas de Donetsk antes de que la vía diplomática, si alguna vez llega, congele el mapa del conflicto.

No es casualidad que Putin haya elegido este momento. Mientras Donald Trump está enfangado en una guerra contra Irán que debía ser corta y aún no se sabe qué durará, Ucrania ha desaparecido de la agenda de Washington. Las negociaciones de paz están estancadas. Y las consecuencias económicas del conflicto en Oriente Medio –el encarecimiento del petróleo, el levantamiento de sanciones al crudo ruso– han dado oxígeno precisamente a la Rusia de Putin. El Kremlin respira gracias al caos que Trump genera.

Ahora bien, que Putin tenga una ventana de oportunidad no significa que la esté aprovechando con éxito. El ejército ruso sufre más de 1.500 bajas diarias, y cada vez le cuesta más reclutar: los sueldos y las bonificaciones que hasta hace poco atraían a más de mil voluntarios al día ya no son suficientes. El cansancio de la guerra se hace notar. El veto de Elon Musk al uso militar ruso de Starlink ha privado a Moscú de inteligencia en tiempo real y ha permitido a Ucrania recuperar más de 400 kilómetros cuadrados en el sur. E incluso hace aguas la última gran conquista propagandística de Putin: Kupiansk. Los blogueros prorrusos admiten que la ciudad está perdida.

Pero el desgaste es mutuo y la situación de Ucrania tampoco es esperanzadora. Sin perspectiva de negociación, sin un compromiso firme de los Estados Unidos y con una Europa que todavía duda sobre hasta dónde está dispuesta a llegar, Zelenski aguanta con una defensa insostenible a largo plazo. La sociedad ucraniana está cada vez más cansada y no tiene las mismas posibilidades de enviar carne de cañón al frente. La guerra de desgaste no la gana quien avanza, sino quien resiste más tiempo. Y resistir, cuando eres el pequeño de los bandos en conflicto, requiere apoyo.

Aquí es donde Europa debe mirarse al espejo. Ya no se puede confiar que Trump medie en nada: los Estados Unidos, bajo su liderazgo, han pasado de posible árbitro a factor desestabilizador, a agente del caos. El aumento del IPC hasta el 3,3% interanual este marzo (según los datos provisionales avanzados por el INE), la incertidumbre en el transporte aéreo, la volatilidad de los precios de los combustibles: todo esto ya afecta a los ciudadanos catalanes. Y, mientras tanto, si Europa no asume un papel central en la resolución del conflicto ucraniano, Putin continuará aprovechando cada distracción norteamericana para intentar avanzar posiciones y consolidar hechos consumados que difícilmente ningún acuerdo de paz podrá revertir. La ventana de oportunidad no es solo del Kremlin. También es de Europa. Y se está cerrando.

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