Render de la casa de tus sueños. Hecho con Inteligencia Artificial.
20/06/2026
2 min

Se sentaron frente al enorme ventanal, en las dos únicas butacas que había en la sala. Dos butacas de piel blanca y madera, a juego con el reposapiés. Las vistas eran espectaculares. Hacía pocos días que se habían instalado en la casa de sus sueños. Una empresa de mudanzas se encargó de todo. De hecho, con el traslado aprovecharon para hacer limpieza y quitarse peso de encima, tanto física como emocionalmente. Ni las guías de viajes ni los diccionarios tenían sentido, todo estaba ya en internet; como tampoco los libros que ya se habían leído. Ni los CD. De repente, ni polvo, ni pececillos de plata, ni hongos. Vivirían en un espacio de cristal, madera y hormigón. De eficiencia energética A.

Cuando una familia busca el hogar donde poder ver crecer a los hijos, muy a menudo se enamora no de una casa, sino de un render, de una ficción digital. Esta imagen generada por ordenador –diáfana, higiénica e irreal– se ha convertido en la nueva quimera.

El render es, por definición, frío. Bueno, para algunos es todavía peor, como para Miguel Milá, que los calificaba de "horrender". Es una imagen que no admite polvo, ni desgaste, ni el encanto de la pátina que deja el paso de los años. La frialdad se ha trasladado de la pantalla a la realidad arquitectónica. Si nos fijamos bien, desde hace años se está produciendo un fenómeno inquietante: la desaparición de la curva. Parece que la arquitectura haya perdido la capacidad de trazar líneas amables, sinuosas u orgánicas. Todo es rectilíneo, ortogonal, implacablemente seco.

Estamos bajo la dictadura de la línea recta; las herramientas para proyectar facilitan el ángulo de noventa grados y la repetición modular. La curva es cara de producir. El resultado son unas construcciones rígidas y, por extensión, una sociedad también rígida, poco amable y poco acogedora. Una casa sin curvas es una casa sin rincones para la intimidad del espíritu. Queremos vivir en un render porque nos han vendido la idea de que la perfección es sinónimo de felicidad. 

Quizás sea hora de reivindicar la imperfección. Necesitamos la calidez de las cosas sinuosas y la suavidad de un contorno. La vida no es rectilínea. La vida tiene pliegues, tiene vueltas y tiene recodos. 

 Allí sentados, dando sorbos cortos a una copa de chardonnay, podían ver el reflejo plateado de la luna sobre el mar, las luces de los aviones acercándose al aeropuerto, la ciudad a sus pies. Todo era un sueño, pero por un momento ambos pensaron lo mismo: ¿cómo era posible que aquella maravilla de vidrio, madera y hormigón fuera a la vez tan estética y tan poco acogedora? Era justo lo que querían, y al mismo tiempo sentían una cierta decepción. Fue tan solo la sombra de un pensamiento fugaz que nunca se confesaron, ni siquiera a ellos mismos.

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