Vacaciones

¿Por qué recordamos mejor las vacaciones de verano que el resto del año?

Descubrimos cómo el cerebro guarda la luz, las emociones y la nostalgia de las vacaciones

28/08/2026 - 07:01 h.

Tardes de helado y paseo junto al mar, picnics al fresco, bailes y fiestas mayores en el pueblo… Si cogiéramos un catálogo de nuestros mejores recuerdos, seguro que la gran mayoría serían de nuestros veranos y vacaciones. Pocos serían, seguramente, sobre las largas tardes de invierno o de nuestro día a día en el trabajo. ¿Por qué pasa esto? Como es habitual en estas cuestiones, la neurociencia tiene mucho que ver.

“El cerebro no es una grabadora pasiva de nuestra vida, sino que está constantemente evaluando y filtrando la información que recibe para almacenarla según su utilidad o porque nos define”, explica la investigadora en biomedicina Marta Trillo, autora del libro Cómo decide tu cerebro (Pinolia). A partir de aquí, el principal motivo por el cual tendemos a recordar más el verano que otras épocas del año es la novedad.

Cargando
No hay anuncios

Durante el resto del año, explica Trillo, la mayoría de nuestros días se basan en vivir en modo automático: nos despertamos, vamos al trabajo y hacemos una rutina muy similar cada día. Por eso, es muy probable que no recordemos el camino que hacemos una mañana cualquiera hacia el lugar de trabajo. “Este recuerdo se guarda en la memoria de forma general, como una representación esquemática”, dice la investigadora. De esta manera, se agrupan todas las repeticiones en un mismo concepto, al ser un mismo acontecimiento con pequeñas variaciones entre sí.

Todo esto cambia en verano y durante las vacaciones, momentos en los que solemos hacer más planes que se salen de lo habitual. Reuniones con amigos y familiares o volver al pueblo de toda la vida son cosas que el cerebro acostumbra a asociar con recuerdos positivos de la infancia. Si a esto le sumamos la novedad, se convierte en un cóctel perfecto para generar lo que Trillo llama la “memoria episódica”: aquellos recuerdos de nuestra vida que podemos rememorar de forma consciente.

Cargando
No hay anuncios

“El hipocampo es una de las zonas del cerebro encargadas de almacenar nuevos recuerdos. Y responde con más intensidad si el acontecimiento es estimulante, como acostumbra a pasar con los planes que hacemos durante el verano”, matiza la autora. Además, este hecho produce otro efecto: que al mirar atrás, parezca que el verano sea un período de tiempo más largo en comparación con el resto del año. “Esto es porque estos recuerdos se guardan de forma individual”, remarca.

Primeras experiencias

Por otro lado, todos los planes que se hacen durante las vacaciones suelen ser planificados con meses de antelación. Este hecho hace que se involucren otras zonas del cerebro que, junto con la emoción, “provocan una cascada de moléculas como la dopamina, que favorece que quede fijada en el hipocampo de forma más acusada”, dice Trillo. Además, en todo este proceso también se activa el circuito de recompensa: el área tegmental ventral del cerebro libera dopamina de forma anticipada. En otras palabras, las emociones son clave para que un recuerdo deje una buena huella en nuestra mente.

Cargando
No hay anuncios

Los expertos coinciden en el hecho de que tenemos tendencia a recordar mejor los veranos de cuando éramos jóvenes. En primer lugar, esto ocurre por el conocido “pico de reminiscencia”. Los adultos recordamos con más intensidad las experiencias vividas entre los diez y los treinta años porque suelen estar cargadas de novedad, emoción y muchos primeros momentos. Los veranos de la juventud, con el tiempo, no solo se recuerdan: se reinterpretan como si fueran aún más intensos, más libres y más felices de lo que quizás fueron. En este momento, además, estamos construyendo nuestra identidad, esa “marca personal” con la que después nos explicaremos el mundo.

En la misma línea, la nostalgia no es solo memoria: también es reconstrucción. Según diversos estudios, el cerebro no recupera el pasado tal como fue, sino tal como lo vuelve a interpretar desde el presente. Es decir, tendemos a “editar” los recuerdos para que encajen con la historia que nos contamos de nosotros mismos.

Cargando
No hay anuncios

Esto tiene una explicación evolutiva y emocional: el hecho de recordar las cosas mejor de lo que fueron nos ayuda a mantener un relato interno y un cierto bienestar emocional con nosotros mismos. Y los veranos, con su concentración de emociones, novedades y relaciones sociales, son el material perfecto para hacer este tipo de reelaboración.

Pero aún hay otro factor clave: la neuroplasticidad. Durante la infancia y la adolescencia, el cerebro es mucho más plástico, es decir, tiene una gran capacidad para reorganizarse a partir de las experiencias. Esto hace que las vivencias se queden más “grabadas”, no tanto como un archivo exacto, sino como conexiones profundas entre emociones, olores, lugares y sensaciones. Por eso, años más tarde, algo tan simple como el olor de la crema solar o el sonido de los grillos puede activar un recuerdo completo: la playa, la luz, la piel salada y aquella sensación de tiempo infinito.

Cargando
No hay anuncios

Recuerdos de infancia

Hay otro gran fenómeno que también nos ayuda a entender hasta qué punto el cerebro es selectivo: la amnesia infantil. Es decir, la incapacidad de la mayoría de adultos para recordar acontecimientos de sus primeros tres o cuatro años de vida.

Cargando
No hay anuncios

Uno de los estudios de referencia es el de Patricia Bauer y Marina Larkina, publicado en 2014. Las investigadoras siguieron a un grupo de niños desde los tres años. En aquella etapa, los infantes eran capaces de explicar con detalle experiencias vividas hacía poco. Años más tarde, los mismos participantes fueron entrevistados de nuevo para comprobar qué recordaban.

Los resultados mostraron que entre los cinco y los siete años aún conservaban más del sesenta por ciento de los recuerdos; pero a partir de los ocho y nueve años esta cifra bajaba por debajo del cuarenta por ciento. Es decir, los recuerdos están, pero con el tiempo se vuelven cada vez menos accesibles.

Cargando
No hay anuncios

Se cree que no se trata de que durante la infancia no haya memoria, sino de que su sistema aún está en construcción. El cerebro aún no ha terminado de desarrollar los mecanismos que permiten transformar las experiencias puntuales en recuerdos autobiográficos estables. En otras palabras, los recuerdos se generan, pero no se almacenan con la misma solidez que en la edad adulta.

Un segundo factor sería que durante la primera infancia aún no se ha consolidado del todo lo que los neurocientíficos llaman el “yo autobiográfico”, la capacidad de situar una experiencia dentro de una narrativa personal. Sin esta estructura, el recuerdo no queda anclado como “propio” de manera estable. Y el tercero es el lenguaje. Antes de dominarlo, muchas experiencias son puramente sensoriales y emocionales. Pero resulta que todo aquello que no se puede verbalizar con facilidad después tiene más dificultades para convertirse en una memoria a largo plazo.

Cargando
No hay anuncios

Ritmo circadiano

Con todo ello, la misma estación del año también modula el funcionamiento del cerebro. Según Trillo, se ha visto cómo las redes neuronales implicadas en la atención, la memoria y el sistema de recompensa presentan variaciones estacionales. El cerebro, en cierto modo, no funciona exactamente igual a lo largo del año.

Una de las claves principales es la luz solar. Algunas investigaciones han mostrado que la serotonina aumenta con la exposición a la luz natural. Este neurotransmisor está vinculado a la sensación de bienestar, motivación y estabilidad emocional, lo que ayuda a explicar por qué los meses de verano a menudo los vivimos con más energía.

También juega un papel importante el reloj biológico. El cerebro, a través del núcleo supraquiasmático, regula los ritmos circadianos y coordina las hormonas como el cortisol o la melatonina. Los cambios de horarios, las noches más largas o la reducción del sueño pueden alterar este sistema y afectar tanto a la memoria como al estado de ánimo.

Al final, el verano no solo lo vivimos diferente: también lo codificamos diferente en el cerebro. Quizás por eso, cuando lo recordamos meses o años después, no lo recuperamos como un simple conjunto de días, sino como un conjunto de sensaciones: luz, tiempo, intensidad emocional y una cierta idea de libertad. Y así, el cerebro hace lo que siempre hace con los veranos: no los archiva, los transforma.