Forma y fondo

De Bodega Fermín a 'smash burger'

Collage de diferentes carteles de establecimientos.
05/09/2026 - 19:03 h.
2 min

Fermín no pudo ir de colonias por unas paperas inoportunas. Quedó hecho polvo. Era su máxima ilusión. Ha pasado las vacaciones en casa de sus abuelos, en Peñíscola, donde en 1961 se rodó la película El Cid, con Charlton Heston. Ahora, totalmente recuperado, se ha instalado de nuevo en casa de sus padres, en la Barceloneta. Está bronceado, más rubio, con el cabello rizado, sin los lados rapados como últimamente los llevaba. Un inicio de melena, como hace tiempo que ya lleva su amigo Ferran, que este año ha cambiado de escuela.

Tan solo entrar en la calle, ha visto cómo volvía a estar colocado el cartel de la Bodega Fermín, que está justo bajo su casa. Cuando se fue de vacaciones lo habían quitado, pero se ve que el Ayuntamiento lo ha indultado y ya vuelve a lucir en la fachada. Ni él ni su familia tienen nada que ver con la bodega, pero a Fermín no le puede motivar más que la bodega lleve su nombre; su nombre en la fachada del edificio donde vive, ¡un puntazo!

Indultos como este te hacen pensar cuál es realmente el criterio que se sigue a la hora de dar este paso. Sin duda, la moda reciente de poner en valor los bares y bodegas que ya existían, y también los establecimientos que se han creado de nuevo imitando aquella imagen de los 70 y 80, incluidos platos tan populares como los callos, el fricandó, los macarrones, las albóndigas o las gildas (somos muy creativos). Se copia la estética del cartel para que la gente piense que el lugar es genuino, cuando en realidad hace pocos meses que está ahí. También el nombre es una apuesta en esta línea. Como nuevo establecimiento o poniendo en valor el antiguo. Bar Bocata, Los Tortillez, Bar Canyí, Bodega Josefa, Bar Mundial, Ultramarinos Marín. O incluso recurriendo al apelativo "colmado" acompañando cualquier nombre para reforzar esta identidad antigua. Quizás hace 20 años no se habría producido este indulto, y aquí es donde se ve la paradoja: el letrero del Fermín no se ha salvado por una voluntad real de proteger el barrio, sino por la suerte de coincidir con esta fiebre por la nostalgia de lo que es trasnochado. Si hubiera sido de otra década menos de moda, habría ido directo al vertedero.

Salvar el Fermín es una victoria, indiscutiblemente, pero el rescate llega tarde y empujado por una tendencia estética y no por un criterio de protección vecinal. Porque mientras nos unimos a la fiesta de la nostalgia de un solo letrero, el avance implacable de la gentrificación continúa transformando el resto del barrio a través de otros formatos. La realidad diaria de Barcelona se traduce en una estética clónica donde conviven pantallas led, menús estandarizados y cajas de luz bien blanca. Muchas de estas cajitas salen perpendicularmente de la pared, como las banderolas que se colgaban en muchas tiendas en los años 2000, cuando no se quería ser tan popular como ahora y sí más elegante. El Ayuntamiento indulta un símbolo aislado, pero permite que toda esta amalgama homogeneice el paisaje real del barrio bajo un barniz de falsa autenticidad.

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