Beti Badia

Relaciones fusionales o funcionales?

Hay parejas que acaban funcionando como un pack indivisible. Lo hacen todo juntas, comparten todos los planes, los mismos amigos, las mismas aficiones y, con el tiempo, hasta parece que hayan desarrollado la misma personalidad. Es lo que llamamos relaciones fusionales: relaciones en las que, a ratos, cuesta saber dónde acaba una persona y dónde empieza la otra.

Y aunque desde fuera esto a menudo se ve como el ideal romántico –“¡son inseparables!”–, la fusión suele tener una víctima bastante habitual: el deseo sexual.

Parte de la atracción nace de la diferencia. Nos atraen cosas de la otra persona que sentimos que nos complementan, nos sorprenden o nos despiertan curiosidad. De hecho, muchas veces el momento en que percibimos a nuestra pareja más atractiva es precisamente cuando está haciendo “lo suyo”: tocando con su grupo, trabajando en un proyecto, haciendo deporte, riendo con sus amistades o explicándonos algo que domina. Cuando la vemos siendo alguien más allá de “nuestra pareja”.

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En cambio, cuando todo se comparte y toda la energía va hacia la relación, es fácil que desaparezca cierta tensión erótica. Si acabamos siendo prácticamente la misma persona, también pueden acabarse los motivos por los que desearnos. El sexo necesita proximidad, sí, pero también un poco de distancia simbólica. 

Y esto no quiere decir que las relaciones sanas tengan que ser frías o completamente independientes. La clave no es vivir alienados, sino encontrar un equilibrio. Poder compartir espacios e intimidad sin renunciar del todo a la propia individualidad.

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Porque querer a alguien no significa convertirse en la misma persona. A veces, para seguir deseándonos, también necesitamos mantener nuestra individualidad.