La resiliencia no es aguantarlo todo: también es saber adaptarse
La neuróloga Mónica Kurtis, autora de 'Arquitectura de la resiliencia', defiende que esta capacidad se puede entrenar
BarcelonaHas tenido una semana imposible en el trabajo: una reunión tras otra, correos a cualquier hora, un proyecto que se ha complicado y un jefe que te pide más de lo que puedes asumir. Llega el viernes y, en lugar de parar, te dices que todavía puedes aguantar un poco más. Trabajas el fin de semana, renuncias al gimnasio, comes delante del ordenador y vas aplazando el descanso hasta que la situación mejore. Quizás te parece que estás siendo fuerte. Pero, según la neuróloga Mónica Kurtis, estás haciendo justamente lo contrario de lo que significa ser resiliente.
“Hay una diferencia entre resistencia y resiliencia”, dice esta neuróloga, autora de Arquitectura de la resiliencia (Plataforma, 2026). Para explicarlo, pone un ejemplo: “Te puedes imaginar un roble de tres metros de diámetro que, cuando llega una tormenta, la resiste, aunque se acabe agrietando”, explica. Trasladado a una situación laboral, resistir y resistir sin descansar ni los fines de semana también puede acabar teniendo un precio.
La resiliencia, en cambio, es cuando, ante esta nueva exigencia laboral, la persona decide disminuir su nivel de perfeccionismo, delegar, decidir qué sí y qué no, y se adapta a la situación, pero manteniendo sus rutinas y sus fines de semana libres. Esta capacidad de adaptarse es, precisamente, una de las ideas centrales de su libro. Ser resiliente no significa salir intacto de la adversidad, sino encontrar una manera de atravesarla sin quedar atrapado en ella.
No nacemos resilientes
Kurtis comenzó a interesarse por la resiliencia en su consulta. Como neuróloga, se dedica a tratar sobre todo con personas que sufren enfermedades neurodegenerativas. Es así como, durante años, ha observado algo que le llama especialmente la atención: pacientes con enfermedades muy incapacitantes que llegan a la consulta sonriendo, mientras que otros, con síntomas mucho más leves, viven la situación con una enorme desesperación. “¿Por qué unos sí y otros no?”, se pregunta.
Esta pregunta la llevó a interesarse por aquello que hace que algunas personas, después de una experiencia adversa, sean capaces de seguir adelante. “Hasta ahora, lo que sabemos de resiliencia viene mucho de la literatura del trauma y sobre todo del estrés postraumático”, explica. Pero el estrés postraumático aparece en una proporción relativamente pequeña de las personas que han sufrido un trauma. “Este libro es para fijarnos en ese otro 90% que sobrevive y supera los traumas de una manera saludable”, apunta.
No se trata, por tanto, de descubrir quién tiene una especie de superpoder que le permite soportarlo todo. La resiliencia no es una característica fija de la personalidad. “Es algo que se puede cambiar y que cambia a lo largo del tiempo”, asegura la neuróloga. En otras palabras, nuestra plasticidad cerebral nos permite ir construyendo nuestra capacidad de resiliencia.
Y es aquí donde aparece la metáfora arquitectónica del título del libro: hay diferentes pilares que intervienen en la formación de la resiliencia: la confianza en uno mismo, las habilidades sociales, la manera en que interpretamos el estrés, los apoyos externos y el sentido o propósito que damos a la vida.
El cerebro ante la adversidad
Cuando sufrimos una situación de crisis, una pérdida o un trauma, lo primero que se activa es la amígdala, que Kurtis describe como “nuestra alarma cerebral”. Es la que detecta el peligro y pone al cuerpo en alerta.
En una situación inmediata de amenaza, este mecanismo es útil: si un coche está a punto de atropellarnos, necesitamos reaccionar antes de ponernos a analizar qué está pasando. Pero ante un despido, una enfermedad o la muerte de una persona querida, la respuesta es más compleja. El mismo sistema de alarma se activa, pero la situación no se resuelve en segundos. El riesgo es quedar enganchado en este estado de alerta incluso cuando el peligro ya ha pasado.
Con el tiempo, sin embargo, el cerebro puede recuperar el equilibrio. Kurtis señala el papel de la corteza prefrontal, que describe como “la directora general” del cerebro: es la que, una vez superados los primeros momentos más instintivos, ayuda a ponerle raciocinio. Esto no significa dejar de sentir tristeza, miedo o dolor. Ser resiliente no es estar bien ante una situación que hace daño. Es poder continuar regulándose mientras esta situación hace daño.
Según Kurtis, actualmente “estamos en una cultura con mucho miedo al sufrimiento, con mucho deseo de controlarlo todo”. Y quizás una parte del problema es que confundimos fortaleza con resistencia. Que pensamos que ser capaces de continuar trabajando cuando estamos exhaustos, no pedir ayuda cuando la necesitamos o aguantar una situación insostenible es una muestra de carácter.
Pero, a veces, la respuesta más resiliente puede ser precisamente la contraria: bajar el nivel de exigencia, delegar, pedir ayuda, mantener las rutinas que nos sostienen y aceptar que no podemos controlarlo todo.