Cinco años del régimen de los talibanes

"Ahora tenemos oficinas separadas para hombres y mujeres": los países occidentales claudican ante los talibanes

Ceden a las condiciones de los radicales, como la separación de sexos y las restricciones a las mujeres

22/08/2026 - 14:25 h.

Enviada especial a Kabul“¿Cómo se llama tu hermano?”, pregunta el vigilante que hace guardia en la entrada del hotel Khyber, en Kabul, a una joven afgana que viste de forma rigurosamente islámica y dice ser hermana de uno de la trentena de afganos deportados desde Alemania el pasado 28 de julio. En teoría, todos los deportados habían cometido un delito grave, según informó inicialmente el gobierno alemán. Pero después, el propio ministro del Interior germano, Alexander Dobrindt, admitió que uno de ellos nunca había sido procesado. Su única falta era no tener los papeles en regla.

Según algunos medios de comunicación afganos, los deportados fueron a parar al hotel Khyber, situado en una de las principales calles del barrio kabulí de Shahr-e-Naw. Pero el recepcionista del hotel lo niega: “Aquí no hay ningún deportado”, replica a la joven que busca al hermano, después de que el vigilante la haya dejado entrar al vestíbulo. “Aquí no hay nadie, busca en otro sitio”, insiste el recepcionista, mientras el vigilante conduce entonces a la chica fuera del hotel y le recomienda: “Ve con tu padre o con otro de tus hermanos a la comisaría, y pregunta allí”. “No tengo padre, ni más hermanos”, contesta la joven. “Pues con un tío o un primo”, propone entonces él. “Tampoco tengo”, afirma ella. “¿Pues qué clase de familia sois, que no hay ningún hombre?”, concluye el vigilante con desprecio, haciendo que la chica, desesperada, no pueda evitar romper a llorar de impotencia. En el Afganistán de los talibanes, las mujeres tienen que ir acompañadas de un mahram, un hombre de su familia, para hacer cualquier gestión o ir a lugares oficiales.

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Sin noticia de los deportados

La Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) tampoco sabe dónde están los deportados, ni en qué condiciones se encuentran. “UNAMA no ha participado en las deportaciones. Sin embargo, hemos mantenido conversaciones con los estados miembros sobre las medidas que deben adoptarse, incluido el respeto al principio de no devolución y la realización de evaluaciones individuales”, es la respuesta diplomática por email de su portavoz, Stefan Smith. Ante la insistencia de este diario, no obstante, propone contactar con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) para saber qué ha pasado con ellos.

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Pero ACNUR tampoco tiene ni idea. “No hemos tenido acceso a ellos después de que regresaran [a Afganistán]. Se han encargado las autoridades de facto”, se justifica su portavoz, Charlie Roy Goodlake, refiriéndose a los talibanes. De la misma manera, la delegación de la Unión Europea en Afganistán se lava las manos: “Las devoluciones son competencia de los estados miembros, así que debo remitirla al estado que las ha realizado: Alemania”, contesta su encargado de Asuntos Políticos, Joris Van Winckel. Alemania no tiene embajada en Afganistán. Como el resto de países occidentales -incluido España-, la evacuó cuando los talibanes irrumpieron en Kabul en agosto de 2021, y no la ha vuelto a abrir. Es decir, no hay nadie sobre el terreno que haga un seguimiento.

Durante los últimos cinco años que los talibanes han estado en el poder, el discurso de la comunidad internacional se ha ido moldeando. De condenar su régimen, intentar aislarlo y evacuar a toda prisa a decenas de miles de persones de Afganistán en aviones militares en agosto de 2021, se ha pasado a mantener relaciones diplomáticas con ellos y a deportar a personas al país, a pesar de que los talibanes continúan siendo los mismos: su ideología fanática no ha cambiado, y controlan el poder ejecutivo, judicial y policial en Afganistán. De legislativo no hay. O sea, lo controlan todo.

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La Unión Europea recibió a los talibanes en Bruselas el pasado 23 de junio para negociar futuras deportaciones de afganos. Alemania ha dado luz verde para que tengan representación diplomática en su territorio, tanto en la embajada afgana en Berlín como en el consulado en Bonn, para también gestionar las devoluciones. Rusia los ha reconocido como gobierno legítimo de Afganistán, y muchos otros países han aceptado que tengan embajada: India, China, Qatar, Turquía… Los países occidentales confiaban en que los talibanes cambiarían, que no serían tan radicales, pero quienes han cambiado han sido los propios países occidentales, adaptándose a sus condiciones.

“Antes, las clases de nuestros talleres duraban una hora y media. Ahora hacemos una hora de clase, y media hora de estudios islámicos porque así nos lo exigen los talibanes”, explica un trabajador que prefiere mantener el anonimato de la ONG internacional War Child Canadá, que continúa operando en Afganistán. Hacen talleres de formación (de inglés, informática, oficios, etc.) para niños y jóvenes de entre 10 y 18 años.

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“Ahora tenemos oficinas separadas para hombres y mujeres, y hemos tenido que levantar un tabique en la sede central en Kabul para que las tres o cuatro mujeres que trabajan allí no estén en el mismo espacio que el resto del personal masculino –continúa detallando–. También hemos dado a los talibanes dos de nuestros todoterrenos Land Cruiser, además de pagarles un montón de impuestos”. Sin embargo, asegura, los talibanes no tienen ningún inconveniente en reunirse con la responsable de la ONG, que es una mujer afgano canadiense. “Cuando se trata de hablar de dinero, no ponen problemas”, concluye.

Restricciones de entrada

Diversas periodistas afganas han asegurado a este diario que, cuando la ONU o la Unión Europea hacen ruedas de prensa en sus sedes en Kabul, contactan con los responsables de los medios de comunicación locales para pedirles que envíen a un periodista hombre, y no a una mujer. El portavoz de UNAMA lo niega rotundamente. Sí que reconoce, no obstante, que los talibanes, que custodian la entrada al recinto de Naciones Unidas en Kabul, no permiten que acceda ninguna mujer afgana, ya sea una periodista o una trabajadora de la ONU. “Por eso allí no hacemos conferencias de prensa ni otros encuentros con los de medios de comunicación locales”, asegura.

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El encargado de Asuntos Políticos de la delegación de la Unión Europea en Afganistán también lo desmiente, pero admite que el servicio de inteligencia talibán que controla la entrada a la delegación en Kabul puede pedir a las mujeres afganas que vayan con un mahram. “Si surge algún problema, nuestros compañeros de seguridad intentan negociar el acceso, a menudo con éxito”, afirma.

Los talibanes también ponen problemas para la entrada de periodistas extranjeros al país. Eso explicaría, en parte, que Afganistán casi haya desaparecido de los medios de comunicación. Por su parte, los periodistas locales se han visto obligados a autocensurarse. “No podemos informar sobre la prohibición de la educación a las niñas, ni de las detenciones de los talibanes, aunque se trate de reproducir la información de un informe”, explica una periodista que también prefiere mantener el anonimato. Hay algunas palabras tabú que tampoco pueden utilizar: violencia, derechos, discriminación…

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Antes se veían vehículos de la ONU o de ONG internacionales circulando por Kabul. Ahora es difícil ver alguno. En cambio, los talibanes no ponen problemas a la visita de turistas al país. La razón es la misma: son una fuente de ingresos.

El embajador español

Desde diciembre de 2025, España tiene un embajador en misión especial para Afganistán, Francisco Javier Puig Saura, que nunca ha pisado el país y tiene su oficina en Madrid. Este diario ha preguntado cuál es su función exactamente. El ministerio de Asuntos Exteriores español ha contestado con un largo escrito de casi dos páginas, en que destaca que el embajador hace un “seguimiento de la situación política, económica, social y de seguridad de Afganistán”, así como de “la evolución de la situación de las mujeres”; y mantiene reuniones diplomáticas, y con “actores españoles de la cooperación humanitaria” y miembros de “la sociedad civil afgana” en el extranjero.

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Asimismo, la respuesta de Exteriores subraya que España ha concedido 2.719 visados a ciudadanos afganos desde 2021, pero la cifra de solicitudes en lista de espera es de "miles"; ha exigido responsabilidades a los talibanes en la Corte Internacional de Justicia y en la Corte Penal Internacional; y el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, “ha contribuido activamente a mantener la defensa de los derechos de las mujeres afganas en la agenda política global”, organizando tres encuentros con mujeres afganas en el exilio en los que se hicieron “llamamientos a la acción”, o inaugurando una placa en el ministerio en reconocimiento a la lucha de las mujeres y las niñas afganas. Sin embargo, el ministerio no concreta en ningún momento para qué han servido en la práctica a las mujeres de Afganistán, o al resto de la población afgana, todos estos actos simbólicos.

“Este ya no es nuestro país, es un Afganistán que no reconocemos”, dice un chico en Kabul que, como tantos otros, no puede irse del país porque es muy complicado obtener un visado. Una joven afgana, que también quiere salir de Afganistán pero no ha encontrado ninguna beca para estudiar en una universidad extranjera, busca ahora algún estudio online, o un trabajo telemático, algo que dé sentido a su vida. Pero las opciones también son muy limitadas. A ningún país de la comunidad internacional se le ha ocurrido tampoco ofrecer esa alternativa.