Afganistán

Cinco años de los talibanes: viaje a un régimen que cada vez da más miedo

Los talibanes, que desde fuera parecen un movimiento retrógrada e improvisado, han demostrado que tienen capacidad financiera y de gestión

14/08/2026 - 07:57 h.

Enviada especial a KabulLa llegada al aeropuerto de Kabul siempre era un caos: largas colas que avanzaban lentamente para que los funcionarios de turno revisaran los pasaportes, empujones y aglomeraciones de pasajeros para pasar el equipaje por el escáner obligatorio antes de salir de la terminal, y espontáneos que se apropiaban de todos los carritos para llevar las maletas y te pedían dinero si los querías utilizar. Esta vez, sin embargo, todo fue mucho más ágil: colas diferenciadas para hombres y mujeres para el control de pasaportes, y funcionarios eficientes y rápidos. Fluidez para pasar el equipaje por el escáner. Y decenas de carritos disponibles para las maletas, sin necesidad de pagar. 

El acceso al aeropuerto también ha mejorado: se ha habilitado una zona de espera con un techo que protege del sol, y una nueva carretera para facilitar la salida de los coches. No es lo único que ha cambiado. Kabul también está irreconocible. Hay edificios en construcción por todas partes, algunos de hasta quince plantas. También se han abierto nuevas avenidas, se están arreglando infinidad de calles, y se han colocado placas solares en las azoteas de muchos edificios para garantizar el suministro eléctrico en una ciudad donde los cortes son diarios y duran horas. Incluso ha cambiado el color de los taxis: antes eran amarillos, y ahora son azules.

Los talibanes, que desde fuera parecen un régimen retrógrada e improvisado, tienen capacidad financiera y de gestión para transformar una ciudad. Son más competentes de lo que creemos. Este 15 de agosto hará cinco años que recuperaron el poder en Afganistán, una efeméride especialmente significativa porque su primer régimen fue eso lo que duró, un lustro: de 1996 a 2001. Ahora, lejos de perder fuerza, cada vez tienen más poder. Y, por lo que parece, aún irá a más. Da miedo. Aunque en Occidente vivamos a espaldas de lo que ocurre en Afganistán, un régimen tan extremadamente fanático nos acabará afectando, queramos o no.

Fiebre constructora

En Kabul existe una fiebre constructora. Nunca antes se había edificado tanto desde que en 2001 llegaron las tropas internacionales a Afganistán y se reconstruyó la ciudad tras años de guerra que dejaron barrios enteros arrasados. “Es el negocio que ahora da más beneficios”, asegura el representante de una empresa constructora local que prefiere mantener el anonimato. Según dice, la mayoría son inversores afganos que han encontrado de esta manera un filón para ganar dinero. Ahora que los talibanes ya no cometen atentados suicidas en la ciudad y, en consecuencia, hay una cierta seguridad. Además se necesita vivienda urgentemente. Más de seis millones de refugiados afganos han sido deportados a la fuerza desde Pakistán e Irán en los últimos tres años, según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), y muchos han ido a parar a Kabul.

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Sin embargo, el objetivo de este gran crecimiento urbanístico no parece que sea garantizar la vivienda ante el aumento de la población. Los pocos que se pueden permitir comprar un piso lo hacen, en la mayoría de los casos, para venderlo después a un coste más elevado. Se está creando una auténtica burbuja inmobiliaria que ha contribuido a que se disparen los precios. Si antes el alquiler de un apartamento de tres habitaciones era de 10.000 afganis al mes (unos 128 euros), ahora es el doble, en un país donde el sueldo medio oscila entre los 200 y los 415 euros mensuales.

“Nuestra empresa la creó hace dos o tres años un afgano que vive en Londres. Desde entonces ya hemos construido cuatro bloques con ocho apartamentos cada uno”, sigue explicando el representante de la constructora. Según asegura, sólo tardan tres o cuatro meses en levantar un edificio. “En las vigas de hormigón, ponemos tres barras de acero, en vez de las ocho que se necesitarían. Todo es de muy mala calidad”, admite. La finalidad es facturar, facturar y facturar. Lo único que les lleva más tiempo es obtener el permiso de construcción del régimen talibán, por el que deben pagar miles de euros y, a menudo, recurrir a sobornos para acelerar el proceso. Los talibanes, sin duda, también se están llenando los bolsillos con la fiebre constructora.

Hay otros inconvenientes. Kabul es una ciudad donde la falta de agua siempre ha sido un problema. Ahora la situación se está agravando aún más. Si antes para conseguir agua había que perforar a 120 metros de profundidad, ahora hay que hacerlo a doscientos, dice el constructor. Naciones Unidas ya ha advertido del riesgo de todo eso.

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Aparte de la construcción de edificios, se están abriendo nuevas calles. Y esto sí que lo está haciendo el régimen talibán. Ahora bien, su método es totalmente expeditivo. “Vinieron y nos dijeron que en dos meses teníamos que irnos de casa. Nos han pagado 8.000 dólares, pero eso es una décima parte de lo que valía porque el terreno también era nuestro”, lamenta Abdul Hakim, que es uno de los muchísimos vecinos desalojados a la fuerza en Kabul. Solo en su barrio se han demolido un millar de casas. En su lugar, hay ahora una enorme extensión de terreno baldío, donde se supone se abrirá una nueva avenida. La misma escena se repite en otras partes de la ciudad.

“¿Cómo nos vamos a quejar? Son los talibanes, nadie puede hacer nada contra ellos”, contesta el hombre cuando se le pregunta si al menos intentaron levantar la voz, hacer algo para evitarlo. De hecho, el miedo es lo que podría definir mejor la situación actual de la población afgana. Los afganos, que antes hablaban por los codos y te explicaban fácilmente su vida, ahora miden sus palabras y no quieren hablar con periodistas extranjeros. Tienen miedo que alguien les escuche o les vea.

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Cámaras de vigilancia

En algunas calles de Kabul se han instalado cámaras de vigilancia. También hay check points por toda la ciudad, donde los talibanes, vestidos con uniforme marrón como si fueran un cuerpo de seguridad profesional, obligan a los vehículos a reducir la velocidad para comprobar quien viaja dentro. También existe la policía de la moral, conocida con las siglas PVPV, en referencia al peculiar ministerio al cual pertenece: el ministerio de Propagación de la Virtud y Prevención del Vicio, creado por los talibanes en 2021 y cuyo nombre ya es suficientemente significativo.

Los policías de la moral son fáciles de identificar: son talibanes vestidos con una especie de bata blanca como si fueran médicos, que recorren las calles para comprobar que la población cumple lo que ellos consideran que son los preceptos del islam. Los hombres deben llevar barba y rezar cinco veces al día. Las mujeres, cubrirse la cara y la cabeza para que no se les vea ni un solo cabello.

De hecho, en la ciudad hay vallas publicitarias que recuerdan a la población que deben ser buenos musulmanes. “Es una responsabilidad del gobierno y de la gente proteger la sharía”, dice una en el centro de la capital. “Por favor, observa el hijab”, dice otro letrero en un restaurante de Kabul, con un dibujo de una mujer completamente tapada con un niqab negro, que solo deja al descubierto los ojos. En el restaurante hay una zona reservada para los hombres y otra para las mujeres. La de las mujeres, además, está subdividida en pequeños compartimentos con tablones de madera, de manera que las comensales de una mesa no pueden ver a las de la mesa de al lado. Esa misma distribución existe en otros establecimientos.

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También llama la atención que, a diferencia de lo que se puede esperar, no se ven mujeres con burka en Kabul. En cambio, hay muchísimas que van con el niqab peculiar de los países del Golfo, que ni es típico de Afganistán, ni se había utilizado nunca antes en el país. Es el velo largo y negro, que cubre la frente, la boca y la nariz, y solo deja al descubierto una pequeña rendija para los ojos. Incluso en los programas de televisión, algunas mujeres van de esta manera.

Qatar y China

Tal vez es casualidad, pero el color de los taxis de Kabul también ha cambiado y, curiosamente, ahora son del mismo color exactamente que los de Qatar: azul claro. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es teniendo en cuenta que todos los taxistas de la capital han acatado la orden y han invertido para cambiar el color de sus vehículos, a pesar de sus limitados recursos económicos. Es otro ejemplo de que en Afganistán nadie se atreve a rechistar.

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Qatar también está construyendo un complejo residencial en el oeste de Kabul, que incluyes tres edificios de 96 pisos cada uno, una mezquita y dos escuelas, y que cederá al ministerio talibán de Desarrollo Urbano y Vivienda en cuanto esté acabado. Las obras están bastante avanzadas. Desde la lejanía, se ve a los operarios trabajar.

No muy lejos de allí, China está levantando un barrio entero: 56 bloques con un total de 1.500 apartamentos, que también entregará al gobierno talibán. Más de la mitad de los edificios ya están construidos, pero faltan los acabados. El proyecto ha supuesto una inversión de 71 millones de dólares, según datos difundidos por los medios de comunicación locales.

Asimismo son de fabricación china todos los paneles solares que en la actualidad copan visiblemente buena parte de los terrados y tejados en Kabul, y que se han convertido en una tabla de salvación en un país donde hace sol siempre, incluso en invierno, y los cortes eléctricos son constantes a causa de la destrucción de la red eléctrica por décadas de guerra. Unos paneles que, sorprendentemente, nunca se planteó instalar durante los veinte años de presencia occidental, a pesar de los miles de millones de euros que llegaron entonces al país.

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Armamento estadounidense

“Los talibanes son más fuertes que nunca”, dice el coronel Noder, de 57 años, que servía en el ejército afgano hasta que los radicales tomaron el poder en 2021. No se anda por las ramas y maldice abiertamente al anterior gobierno afgano por haber dejado a la población a su suerte. Según asegura, los militares recibieron órdenes de no luchar contra los talibanes, de dejarlos entrar en Kabul sin pegar ni un solo tiro, y de permitir que se apoderaran de todo el armamento del que disponían las entonces fuerzas de seguridad afganas. “Rifles M4, ametralladoras M249 y M240, vehículos aéreos no tripulados…”, enumera parte del material de fabricación estadounidense que fue a parar a manos de los talibanes. No obstante, opina, eso no los hace profesionales. “Los terroristas, terroristas son”, afirma.

La familia del coronel Noder es un ejemplo de lo que ha pasado en muchas casas afganas. Él, lógicamente, no regresó a trabajar en el ministerio de Defensa. Ahora se gana la vida como taxista. Su mujer, Pashtoon, de 53 años, también se quedó sin trabajo de la noche a la mañana. Era directora financiera de una empresa público-privada que se dedica a la producción y venta de pan a bajo precio en Kabul.

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Durante los dos primeros años del régimen talibán, pudo trabajar sin problemas. Pero en 2023, coincidiendo con el año nuevo persa, la llamaron por teléfono para decirle que no regresara más a la oficina. Las catorce mujeres de la plantilla, de un total de 131 trabajadores, fueron despedidas todas de golpe. En su caso, después de 27 años en la empresa. “Ahora no trabajo. ¿Dónde voy a ir? No hay oportunidades”, lamenta sin poder reprimir las lágrimas, a pesar de que ya hace más de tres años que se quedó sin trabajo. Su cargo lo asumió un compañero de la empresa: un hombre, por supuesto.

Su hija sí que puede trabajar, pero no de su profesión: Diba tiene 22 años y es comadrona. Tuvo la suerte de acabar los estudios en 2024, cuando los talibanes ya estaban en el poder, pero la desgracia de no poder presentarse al examen de graduación porque justo ese año los radicales prohibieron a las mujeres examinarse. En consecuencia, no ha obtenido el título, ni puede ejercer de comadrona. Es decir, la obsesión de los talibanes contra la educación de las mujeres es tal que en la actualidad ni tan siquiera se pueden graduar para ayudar a otras mujeres durante el parto. Diba trabaja como recepcionista en un hospital privado.

“Desde hace cinco años, ni una sola mujer se ha licenciado en medicina. Es un desastre”, dice su hermano, el doctor Ayar, que también es médico y, como hombre, sí que pudo graduarse y ahora trabaja en un hospital infantil público de la capital, el Indira Ghandi. Según dice, la supuesta bonanza económica que se puede deducir de la construcción de nuevas avenidas y edificios en Kabul, no se ve por ninguna parte en el hospital.

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“Faltan médicos, medicinas, todo. Las familias tienen que pagar por el tratamiento y por los medicamentos, y ni tan siquiera hay suficientes camas: en una misma cama hay dos o tres niños”, resume con pocas palabras. Es difícil comprobarlo, porque los talibanes impiden el acceso de los periodistas a los hospitales púbicos. Según el doctor, la cifra de pacientes no ha aumentado respeto al pasado, pero lo que sí que ha cambiado es que antes ONG u organismos internacionales apoyaban económicamente a los hospitales públicos. El Comité Internacional de la Cruz Roja lo hizo hasta agosto de 2023. Ahora no los financia nadie.

Faisal Asefi, responsable en Kabul de la organización benéfica afgana Asefi, también asegura que ha aumentado el nombre de personas que acuden a la asociación a buscar ayuda. “Antes venían veinte personas. Ahora podemos atender a setenta”, calcula. Según dice, los talibanes detienen a quien pide limosna por la calle, por eso ahora hay menos gente que mendiga. “Tal vez hay trabajo para los obreros, pero no para las personas que tienen formación”, añade. Un diagnóstico que repiten muchos.

La sala de embarque para vuelos internacionales del aeropuerto de Kabul también ha mejorado un montón: han abierto nuevas tiendas con vistosos souvenirs y productos tradicionales, e incluso ahora hay un restaurante. El logotipo del ministerio talibán de Transportes está por todas partes para que quede bien claro que, a pesar de que la comunidad internacional no ha reconocido el régimen talibán como gobierno legítimo de Afganistán, ellos son los que gobiernan el país y tienen la sartén por el mango.

La mayoría de los que esperan para embarcar son hombres. Los extranjeros se pueden contar con los dedos de una mano, y dos son chinos. Las pocas mujeres que esperan van con la cabeza cubierta y algunas, también con parte de la cara. A pesar de ello, una vez embarcan y el avión despega, la mayoría se quitan velos y mascarillas, y dejan su rostro y el cabello al descubierto. Ya están lejos del yugo talibán.