Un mercado en Fizi, en el este de la República Democrática de Congo.
06/02/2026
3 min

En 2026 ha comenzado con noticias que seguramente encontraremos entre las más importantes del año cuando llegue diciembre. Conscientes de que nuestra capacidad de atención es reducida, los líderes mundiales luchan por captar titulares que cada vez duran menos. El gran ganador de este juego es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. La UE, Canadá y Reino Unido, ante el derrumbe del orden donde se habían movido durante décadas, reaccionan anunciando acuerdos comerciales con la India, el Mercosur y China.

En este contexto, llama la atención la posición de la Unión Africana, la organización que agrupa a 55 estados africanos, que no está en ninguno de estos anuncios. El continente forma parte de la conversación global cuando se habla del dividendo demográfico –en el 2050, una de cada cuatro personas en el mundo será africana– pero raramente se concreta cómo esto puede ser una oportunidad para los africanos en África. Cuando se menciona la abundancia de minerales estratégicos en África, tampoco se tiene en cuenta cómo las energías renovables podrían abastecer de electricidad a los 600 millones de africanos que todavía no tienen acceso. Si el continente se convierte en un proveedor de recursos naturales sin procesar, la transición energética será verde en Europa y neocolonial en África.

Buena parte de este fracaso se debe a dos motivos: la falta de unidad africana y el desequilibrio en las relaciones con las potencias. Los jefes de estado africanos, que a menudo cuentan con poca legitimidad democrática, priorizan los triunfos diplomáticos a corto plazo –una recepción en Washington o en Bruselas, un acuerdo con Pekín o Moscú– en lugar de la planificación industrial, más compleja y con resultados a largo plazo. Cuando consiguen tener una posición conjunta, las potencias explotan rápidamente estas carencias. Delante los recortes en ayuda internacional de Estados Unidos, algunos estados africanos necesitan mantener la ayuda al desarrollo procedente de países europeos –incluso si esto implica perder oportunidades comerciales– o garantizar el acceso de sus productos al mercado europeo. Tal y como me explicó el negociador de la Unión Africana con la UE, Carlos Lopes, hablar con los europeos de industrialización en África es "cómo hablar de la Luna".

Capital extranjero vs. economía informal

Todo ello permite mantener la situación actual, visible en todo el continente: las economías quedan divididas entre el sector formal controlado por el capital extranjero, con acceso al crédito ya veces con el apoyo del estado con exenciones de impuestos, y una isla infinita de economía informal precaria, descapitalizada y creciente, que se extiende desde las periferias urbanas. La mayoría de los africanos viven –haciendo jornadas extenuantes– en la segunda economía, con pocas posibilidades de progresión.

Algunos países están negociando por su cuenta con las grandes potencias. Guinea y República Democrática del Congo, ricas en minerales clave para la transición energética, llevan dos décadas con una economía orientada a China, y en las últimas semanas se han acercado a Washington. Congo ha enviado una lista de activos mineros disponibles por ser vendidos a inversores estadounidenses. En ambos casos hay dos proyectos de vías de tren que conectarán las minas guineanas y congoleñas con el exterior. Unas, con destino a Estados Unidos y Occidente; las demás, con destino a China. De la mina al puerto, prescindiendo del entorno, como en el siglo XIX. Si los africanos no negocian colectivamente descubrirán que, en este mundo de geopolítica acelerada, no sólo no forman parte de la mesa de negociaciones, sino que siguen formando parte del menú.

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