Elecciones en Brasil

Brasil vota entre un Lula desgastado y el hijo mayor de Bolsonaro, que aglutina el voto radical y descontento

El veterano dirigente persigue la reelección después de liderar un gobierno con dificultades para transformar su gestión en capital electoral, ante el senador Flávio Bolsonaro, inmune a todos los escándalos

04/10/2026 - 08:01 h.

São PauloUn Brasil polarizado acude a las urnas este domingo en la primera vuelta de las presidenciales, transformada en un cara a cara de pronóstico incierto entre Luiz Inácio Lula da Silva (Partido de los Trabajadores), que con 80 años afronta el último proceso electoral de su dilatada carrera, y el hijo mayor del expresidente –ahora encarcelado– Jair Bolsonaro, el senador Flávio Bolsonaro (Partido Liberal), de 45 años.

Con posiciones enquistadas y sin espacio para una tercera vía, 158 millones de brasileños mayores de 16 años acudirán a las urnas electrónicas para decidir al nuevo presidente para los próximos cuatro años, los 513 diputados que conforman el Congreso, dos tercios del Senado, los gobernadores y las cámaras regionales respectivas. La extrema derecha y los partidos bisagra del Centrão son favoritos para acaparar la mayoría legislativa y el poder regional.

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Las últimas encuestas sitúan a Lula con una ligera ventaja de intención de voto, un 45% frente al 40% del candidato de la familia Bolsonaro. Un 17% del electorado reconoce que podría cambiar de voto a última hora y todavía hay un 13% de indecisos. En principio, se descarta que el envite se decida en la primera vuelta, porque, a pesar del llamamiento al voto útil por parte del primogénito de los Bolsonaro, los candidatos de derechas y otros de extrema derecha podrían reunir hasta un 11% de apoyos.

Lula da Silva, que busca la reelección, llega desgastado y en un escenario negativo –todos los sondeos indican un empate técnico con Flávio Bolsonaro en una hipotética segunda vuelta, el 25 de octubre–, con lo que su equipo de campaña no contaba hace unos meses. La fuerza de la principal figura de la izquierda en Latinoamérica se va diluyendo, y no por la longevidad ni la falta de relevo.

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Hay un cansancio evidente respecto a su figura entre el electorado de centro, que es quien acabará decidiendo la contienda. La crisis institucional, que ha llegado hasta el Supremo, le pasa factura como garante del statu quo, aunque sea una consecuencia de los cuatro años del gobierno Bolsonaro, con la extrema derecha corrompiendo las instituciones desde dentro.

La izquierda se ve perjudicada por la brecha entre los datos en parte positivos de la macroeconomía –como el índice de desempleo, en mínimos históricos, y la situación de pleno empleo del país– y la percepción de las dificultades de las familias, muy endeudadas con créditos depredadores para llegar a fin de mes. Esta disociación ha frenado las expectativas de crecimiento electoral de Lula, que ha gobernado con las manos atadas por un Congreso conservador.

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Escándalos en la familia Bolsonaro

Además, no se han cumplido las expectativas de que la candidatura de Flávio Bolsonaro se acabaría desintegrando por la falta de carisma evidente del senador y la mochila de escándalos que le han acompañado durante toda su carrera política. Desde la estrecha relación con los paramilitares (conocidos en Brasil como milicianos) de Río de Janeiro, que es su ciudad natal, hasta las acusaciones de desvío de fondos públicos de su gabinete, con los cuales se habría enriquecido. Y, más recientemente, el asunto del Banco Master, ya liquidado por el Banco Central y que ha dejado un agujero de 6.700 millones de euros. En este caso, hay grabaciones en las que pide dinero al presidente de la entidad, Daniel Vorcaro, ahora encarcelado, para financiar un biopic sobre su padre. También se le ha acusado, durante la campaña, de haber participado en fiestas de carácter sexual con prostitutas.

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Jair Bolsonaro, que cumple una pena de 27 años de reclusión por un intento de golpe de Estado, eligió a dedo a su primogénito, no por sus prestaciones electorales ni pensando en una posible victoria, sino para que la familia mantuviera el monopolio de la radicalidad de la extrema derecha. La fidelidad del voto extremista, sin embargo, no se erosiona ante ningún escándalo, alimentada por la maquinaria de bots que divulga eficazmente fake news en un ecosistema organizado desde 2018.

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La larga sombra de Donald Trump y Marco Rubio desde Washington, el apoyo de las iglesias evangélicas, del mercado financiero, de las grandes empresas del sector industrial —aunque fueron las grandes perjudicadas con el tarifaço de Trump que atizó a la familia Bolsonaro— y de los grandes conglomerados de comunicación, incluido el Grupo Globo, han hecho que Bolsonaro hijo pueda hacer lo impensable: tener posibilidades reales de disputar el pulso electoral a Lula y, quién sabe si expulsarlo del palacio de Planalto.

Las presidenciales, que este domingo vivirán el primer asalto, se han transformado en una guerra de desgaste, cruda y con un electorado desilusionado que se decantará por el candidato menos malo, teniendo en cuenta que tanto Lula como Flávio Bolsonaro tienen un índice de desaprobación de casi la mitad de la población.

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Lula, a quemar las naves

Lula da Silva ha querido consolidar su base electoral tradicional, formada por mujeres, personas mayores y el sector más pobre, con dos medidas de última hora anunciadas durante la campaña electoral, y que han tenido muy buena aceptación: el aumento del 15% de las ayudas a familias pobres de Bolsa Família, el programa de transferencia de renta más grande del planeta, y la prohibición inmediata de las apuestas en línea, consideradas una epidemia por el impacto devastador en las familias. Datos del ministerio de Hacienda brasileño indican que el año pasado las apuestas en línea legales movieron unos 37.000 millones de euros, con unas pérdidas que superaron los 6.000 millones de euros.

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Por otra parte, la candidatura de Lula se ha visto favorecida por una guerra de religiones iniciada en las redes sociales y que ha llegado hasta el Supremo. Flávio Bolsonaro, convertido al evangelismo en 2024, ha sido acusado de querer retirar a la Virgen de Aparecida –una imagen negra encontrada en el río Paraíba do Sul (en el estado de São Paulo) y venerada desde 1717– la condición de patrona del país. El Supremo, reunido en carácter de urgencia, ha obligado a retirar de las redes sociales cualquier mención a esta posible propuesta, que siempre ha estado dentro de la agenda de los pastores evangélicos fundamentalistas y ultraconservadores que forman parte del núcleo más cercano a la familia Bolsonaro.

El senador ha acusado a la Conferencia Episcopal brasileña de maniobrar a favor de Lula y el Partido de los Trabajadores, que desde su fundación ha tenido el apoyo de los sectores más progresistas del catolicismo. De hecho, todavía hoy, Lula gana entre el electorado que se declara católico, que le votó masivamente en 2022 y permitió su regreso al poder, después de pasar un año y siete meses en la cárcel.

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