Abraham Jiménez Enoa

"Si Trump derrocara el régimen cubano, ¿te alegrarías?": los sentimientos aparentemente contradictorios del drama en Cuba

Barcelona"¿Si finalmente Trump hiciera caer el régimen cubano, te alegrarías?" Fue la última pregunta que me hizo una periodista en una entrevista para TV3. Una inquietud totalmente lícita que he tenido que responder varias veces a mis amigos progresistas de Barcelona. Resumiendo, mi respuesta siempre es la misma: por supuesto, que me alegraría, aunque esta emoción me la inyecte la que quizás es la peor persona del mundo hoy en día.

Vivo en Barcelona desde hace cuatro años y cinco meses, a un océano de distancia de mi casa, en contra de mi voluntad. Y no puedo volver a La Habana, donde vive mi familia: mi padre enfermo, mi madre, mis dos hermanas, mis tres sobrinos —a uno no lo conozco porque nació cuando yo ya estaba en el exilio—, mi abuela —octogenaria, que vive sus últimos años— y mis tíos. Mi hijo de cinco años recuerda el país por lo que su madre y yo le contamos. Dejó la isla con un año y medio. Esta circunstancia es culpa del gobierno cubano, que en 2022 me hizo elegir: prisión o exilio.

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Pero tengo una convicción muy fuerte: el futuro de Cuba es de los cubanos. Estoy en contra de cualquier intervención extranjera o de que la isla acabe siendo un protectorado estadounidenseDe esta manera se agenciaron el país mediante la intransigencia ideológica fijándose en una supuesta pureza comunista: todas las personas que durante estas casi siete décadas han osado pensar diferente o tener una visión crítica se convirtieron en sus enemigos. Y las encarcelaron o las echaron del país. Si llega, el fin del castrismo sería un alivio para todos los millones de cubanos que lo hemos sufrido. Un sentimiento que, lamentablemente, estará supeditado, simbólicamente y políticamente, a la actitud imperial e insensata de Donald Trump, el hombre que tiene el mundo cabeza abajo.

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Pero tengo una convicción muy fuerte: el futuro de Cuba es de los cubanos. Estoy en contra de cualquier intervención extranjera o de que la isla acabe siendo un protectorado estadounidense, como ya fue en el pasado, un camino que parece que seguirá Venezuela. Pero a los 1.214 presos políticos que se están pudriendo en condiciones infrahumanas, a la gente que no tiene nada que comer, que vive sin electricidad, sin agua, sin gas, sin alimentos, sin medicamentos, a todas estas personas que están en una situación grave, incluso antes de las últimas medidas de Trump, poco le importan mis convicciones y las de los europeos, que, desde la comodidad, juzgan y se atreven a emitir lecciones morales.

Me parece excelente que la intelectualidad europea firme cartas de apoyo al pueblo cubano y que condene la actitud imperial de Trump, y que intente formar una flotilla de barcos para llevar comida a la isla. Siempre se debe estar del lado del prójimo y condenar las ansias imperialistas, pero ¿dónde estaba toda esta intelectualidad, esta sociedad civil mundial, cuando el régimen cubano cerró homosexuales en campos de trabajo, cuando provocó el ahogamiento de 41 personas al hundir en el mar un remolcador, cuando encarceló a más de mil personas en 2021 por salir a la calle a expresarse —más de 50 menores de edad—, cuando cada día persigue a opositores, artistas y periodistas?

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El drama cubano es complejo. No es blanco o negro. Tiene matices. Porque la nación está atrapada en un callejón sin salida: por un lado, Trump, y por otro, el régimen cubano. Y los cubanos tenemos las manos atadas: solo podemos presenciar el curso de los acontecimientos. Si la dictadura cae, yo lo celebraré. Y cuando pueda volver a caminar por las calles de mi país con mi hijo cogido de la mano, si mi país es un protectorado de los Estados Unidos, pasaré a denunciar esta nueva circunstancia por convicción. De eso va la vida y el periodismo: disparar con sinceridad contra quien usurpa el poder.