Un paseo virtual en bicitaxi por La Habana en crisis: "¿Estoy soñando?"
Los cubanos hacen esfuerzos por subsistir en un país con sueldos irrisorios y precios desbocados
Yosniel Fernández abre los ojos y ve las aspas del ventilador de techo dando vueltas. La habitación está fresca, no se notan los 33 °C. A su lado, su mujer está dormida. Y más allá de su cama, a pocos metros, en una cama más pequeña, su hija de ocho años. Estira el brazo y coge su móvil, que está conectado a la corriente, del suelo. El teléfono está cargado y marca las 7.30 h de la mañana. "¿Estoy soñando?", se pregunta.Es la primera vez que la familia duerme toda la noche y se despiertan con electricidad desde enero, cuando el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, después de ordenar la extracción de Nicolás Maduro de Caracas y de depositarlo en una prisión en Nueva York, decidiera que no llegaría ni una sola gota más de petróleo venezolano a Cuba y se dispusiera a sancionar a cualquier país que quisiera hacerle llegar crudo al régimen.Yosniel sale de la cama con cuidado para no despertar a su mujer e hija. Ni siquiera se pone las zapatillas. Sale de la habitación descalzo. Camina por el pasillo estrecho de la casa y en la sala encuentra a su madre, de 73 años, y a su padre, de 77, ambos jubilados, tomando café delante del televisor que emite un informativo matinal. Por supuesto que esto es un sueño, vuelve a pensar, antes de dirigirse a la nevera y servirse dos vasos de leche fría que le bajan por la garganta con un placer “inexplicable”, que no sentía desde hacía más de tres meses.Sus padres le ofrecen café y se sienta a su lado a escuchar el informativo, que explica la mejora del sistema eléctrico nacional durante las últimas horas gracias al petrolero ruso Anatoly Kolodkin, que descargó a finales de marzo 100.000 toneladas, unos 730.000 barriles de crudo, con el visto bueno del gobierno de los Estados Unidos. El Yosniel escucha al ministro cubano de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, que dice: “Solo con este barco tenemos hasta finales de este mes”.Cuando el ministro O Levy reconoce que el alivio es circunstancial y que el sistema energético cubano está operando al 50% de sus capacidades, Yosniel se levanta y vuelve a su habitación donde continúan durmiendo su mujer e hija. No las despierta: la noche anterior habían acordado que ni la mujer ni la niña acudirían al trabajo y a la escuela. Madre e hija están extenuadas: tanto la tienda donde trabaja la madre como la escuela de la hija quedan a más de cinco kilómetros de distancia de casa, un trayecto de ida y vuelta diario que hace semanas que recorren a pie por la ausencia de transporte público. Yosniel se pone su uniforme de trabajo: un pantalón corto de nilón y una camiseta de poliéster blanca. Vuelve a abandonar la habitación en silencio y le pide a sus padres que les digan que volverá al mediodía con un poco de comida para almorzar.Ganarse la vida en bicitaxi
Yosniel tiene 37 años y vive en La Habana Vieja. En 2012 se graduó de ingeniería civil, aunque nunca ejerció su carrera. En aquellos días, a un ingeniero de su tipo le pagaban, como máximo, poco más de 300 pesos cubanos, unos 14 dólares al mes. Por eso decidió ser taxista, trabajo con el que ganaba diez veces más. Pero con la crisis de hoy en la isla, donde un litro de gasolina cuesta 3.000 pesos como mínimo y 6.000 como máximo, en un país donde el salario mínimo mensual es de 2.100 pesos, Yosniel se vio obligado a aparcar su taxi. Ahora se gana la vida con un bicitaxi.“Desarmé el cuerpo central de una bicicleta y le añadí, soldándolo, un banco de metal que hace de asiento sobre dos ruedas. A este nuevo artefacto, que es una especie de triciclo, le puse una capa de plástico para taparme del sol”. Así Yosniel se fabricó su nuevo medio de producción con el que trabaja mañana y tarde transportando personas de un lado a otro. Le pido acompañarlo virtualmente durante un rato en sus trayectos por La Habana. Dice que sí con una condición: “Te subo al bicitaxi y vamos dando el paseo, pero sin hablar cuando tenga clientes, porque me los puedes espantar”.Estoy dentro de su teléfono. Yosniel me coloca sobre él, hacia un lado, entre la capa de plástico y un tubo de metal. La cámara ha quedado perfectamente sujeta después de que haya atado el teléfono con un cable. Soy una especie de retrovisor. ¿Ves bien? Pregunta mientras ya pedalea. Sus rodillas suben y bajan, sus hombros no se mueven, pero empiezan a marcarse a través de una manta de sudor. No puedo ver mejor, respondo. Veo poca gente caminando por las calles, que están llenas de basura esparcida por el suelo.Yosniel avanza ágilmente entre callejones estrechos. Pasa por un par de placitas. Coge una avenida y allí encuentra el primer cliente del día. Es una señora de mediana edad que indica su destino: Belascoaín y Reina. Ahora vamos más lentos con el peso de la señora. A Yosniel le cuestan los primeros metros, romper la inercia.Casas apuntaladas y hoteles impecables
Los edificios de la calle Reina, amontonados unos junto a otros, están desgastados, sin pintura, y a algunos los sostienen vigas de madera. En la esquina de Campanario dos hombres queman una montaña de basura. Con unos palos alargados ayudan al fuego a no descontrolarse. El humo que desprenden los escombros se eleva al cielo y enturbia varias chaflanes. El paisaje se vuelve una manta grisácea en la que nos introducimos. Yosniel y la señora se tapan la nariz."Por eso no me gusta salir a esta hora, por la peste a basura", dice la señora. "Es insoportable", dice el Yosniel. Poco después, la señora vuelve a hablar y dice que ha salido porque, aunque ayer se fue la luz solo catorce horas en su barrio, hay que tener las reservas llenas. "No tengo carbón para cocinar porque está carísimo. Por suerte, una amiga me regalará unas tablas de madera, y es lo que voy a buscar ahora", añade.Cuando la señora baja después de entregarle en la mano 600 pesos, el Yosniel se dirige a mí y me explica: “F\u00jate qué nivel tiene el país que, como hay lugares donde la distribución de gas manufacturado no llega, hoy cocinar con carbón es un lujo, porque vale más de 2.000 pesos, el salario de una persona, y la leña es lo que le queda a la gente. Una madera cualquiera, sillas, mesas, ventanas, que se queman, y con eso cocinamos”. En una esquina del paseo, otra mujer acompañada de su hija, vestida con el uniforme de primaria, suben al bicitaxi. Hasta Prado, indican. Desde la distancia, observo cómo un par de olas del mar, después de impactar contra los arrecifes, se elevan por encima del muro y mojan la avenida. "A ver si hoy viene más gente a clase", dice la niña. "Bueno, hija. Hoy no puedo quedarme en casa contigo, tengo una reunión importante", responde la madre.Después de dejarlas en la entrada de una escuela, Yosniel me explica que una vez estalló la crisis, el gobierno determinó una serie de medidas, entre las cuales la reducción de la jornada laboral y la flexibilidad de la asistencia, tanto en los centros laborales como en las escuelas. “Aquí ahora se trabaja y se estudia cuando se puede, es decir, cuando no hay electricidad, la gente se queda en casa. Y como casi siempre no hay luz, no hay país. Casi nada funciona”.Yosniel pedalea y suda por el paseo del Prado buscando clientes. Pasamos por delante de diversos hoteles. Sus fachadas contrastan con los edificios que los rodean: están limpios y pintados. Veo personas durmiendo sobre cartones a la intemperie, otras rebuscando en los contenedores de basura. En la calle Neptuno lo para un hombre y le pregunta cuánto cobra por ir a Lealtad/Gervasio. Son 600 pesos, contesta Yosniel. "Demasiado caro", le dice el hombre.