América Latina

Videollamada con mi padre: su rostro consumido es el reflejo de Cuba

Un vecino de La Habana siguiendo el discurso del presidente Miguel Diaz-Canel en el que anuncia el plan del gobierno cubano para sobreponerse a la escasez de combustible mientras EEUU se dispone a cortar el suministro de petróleo al país.
Abraham Jiménez Enoa
07/02/2026
4 min

No veo a mi padre en la oscuridad. Sólo le escucho: espérate, buscaremos algún sitio con luz. Me lleva a su mano izquierda, dentro de la pantalla del teléfono, que no ha utilizado en las últimas 18 horas para poder realizar esta videollamada. El Cerro, su barrio, lleva todo ese tiempo sin electricidad. Caminamos juntos por su casa, y aunque todo está a oscuras, consigo distinguir la silueta del jarrón de porcelana de mi abuela en el mueble de la sala, el tapiz del caballo a dos patas colgado en la pared, las dos macetas con unos tallos de taro que caen de los macramés y la foto que nos hicimos como el día que nos hicimos el día que nos hicimos. Es mediodía y mi padre cumple años, 67, los mismos que la Revolución.

Salimos fuera porque aquí dentro no hay solución, dice mi padre. Abre la puerta y el sol le ilumina el rostro. Su cara está más en los huesos que la última vez que le llamé. Está más triste, más opaco. Es el reflejo del país.

La isla se hunde en una crisis total. Entre las décadas de ineficiencia gubernamental, que han provocado que el país no produzca nada; la resaca de la pandemia y la bajada del turismo; Donald Trump y sus medidas de asfixia económica, y, ahora, la cancelación por decisión de Estados Unidos de los envíos de crudo del principal proveedor, Venezuela, tras la captura de Nicolás Maduro, Cuba se encuentra cerca de un colapso.

Los establecimientos que antes brindaban suministros básicos a todo el pueblo por igual ahora están vacíos. Al igual que las farmacias, los mercados y las tiendas. El único lugar donde los cubanos pueden conseguir algunos bienes básicos para sobrevivir es en las tiendas del estado, en dólares, pero el estado paga a sus ciudadanos en pesos cubanos, y en los pequeños negocios también utilizan dólares, teniendo en cuenta que han florecido con el capital de las remesas y los emigrados. El transporte público funciona bajo mínimos. Los camiones de basura tardan semanas en vaciar los contenedores que se desbordan e impiden el poco tráfico de las calles. Y los hogares, escuelas e industrias pasan más de la mitad de sus jornadas sin electricidad.

Percibo la calamidad cuando mi padre me dice, desde la puerta de su casa: "Te enseñaré el barrio, a ver si te acuerdas". Gira la cámara y desaparece su imagen. En un barrido lento y en silencio observo el edificio de enfrente. Ha perdido el color azul, ahora es grisáceo. En uno de los balcones está Alfredo apoyando los codos en la barandilla con la mirada perdida. Ha envejecido. Yo era un niño y él era el joven famoso del vecindario, porque era de los que cazaban gatos por las azoteas durante las noches en las que no había nada que comer en la década de los noventa, cuando desapareció la URSS y el país, otra vez, quedó colgando de un hilo.

Un conductor llena el depósito de su moto en una gasolinera de La Habana, Cuba.
Una parada de comida ambulante en las calles de La Habana, Cuba.

"Hoy la situación es peor", me responde mi padre cuando le pregunto por lo que Fidel Castro acuñó como "periodo especial", esa época pasada. Y es cierto. En ese momento, al menos el gobierno conseguía entregar a cada núcleo familiar polluelos vivos para criarlos en las casas y así después tener algo que comer. Recuerdo que mis padres colocaron a los nuestros dentro de una caja de cartón que tenía un calentador encima.

Además, como mucha gente, en nuestras bañeras criamos cerdos durante meses, unos animales que los niños queríamos como si fueran mascotas, e incluso les poníamos nombre. Recuerdo la Macorina. Pero la miseria en la que vivíamos, la necesidad de sobrevivir, obligaba a que fueran una comida meses después. Por suerte, al menos a mí, nunca me dijeron que tenía frente a la Macorina.

"Mira, Juanita", me alerta mi padre. Me enseña Juanita, con sus más de ochenta años, atravesando la calle. En la espalda lleva lo que parece una silla de madera rota. Juanita es la presidenta del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) del barrio desde hace 35 años. Los vecinos le odian porque durante todo este tiempo se ha encargado de vigilar cada paso, cada conversación, de la gente. Esta información le apunta en una libreta que después da a algún oficial de la Seguridad del Estado, la policía secreta. Juanita tira la silla que carga sobre un montón de madera que hay en la acera. Luego enciende una cerilla y lo lanza encima. Allí, a la intemperie, es donde cocinará hoy, como muchos cubanos, porque la distribución de bombonas de gas lleva semanas paralizada por la falta de combustible.

Empieza a llover. Antes de que mi padre entre en casa, veo que dos niños alegres, descalzos y en calzoncillos salen a la calle con una pelota de baloncesto medio deshinchada a jugar al fútbol y disfrutar del chaparrón. Oigo un grito de una mujer que entre risas se dirige a los niños: miran hacia el cielo y abren la boca, que el agua está fría y en casa no hay. Es un consejo en forma de broma.

Mientras cierra la puerta, mi padre me cuenta que le han llamado para participar en un ejercicio militar. Él es un oficial retirado del ministerio del Interior y Cuba ha decretado "el estado de guerra" como respuesta a las insinuaciones de Trump de atacar a la isla.

Ya está dentro de casa. Mi padre vuelve a ser una voz que sale de una mancha negra en la pantalla. Sin verle el rostro, le canto "Muchas felicidades". Cuelgo después de oírlo sollozar.

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