Descubriendo la historia del Monasterio de Ripoll, la capital de una Cataluña pasada
El "club de los incondicionales del ARA" recorre la arquitectura románica de la portalada y la iglesia ripollesa
Ripoll"Ostras, qué bonito". El comentario es de uno de los miembros delClub Premiumdel ARA al presenciar la majestuosa portalada del Monasterio de Santa Maria de Ripoll. El numeroso grupo de suscriptores (las plazas estaban agotadas) se quedaron maravillados frente a una de las joyas del arte románico. Su interés por lo que transmite aquella gran piedra moldeada —una biblia abierta que se divide en cielo, tierra e infierno— contrasta con la reacción del periodista del ARA que les acompaña, criado en Ripoll y acostumbrado a esa obra, una portalada que el tiempo ha convertido para los ripolleses en una rutinaria puerta a bautizos, misas. Seguramente, todos los ripolleses deberían realizar esta visita guiada una vez al año.
Ripoll fue uno de los epicentros de Cataluña durante la edad media. ¿El motivo? "Era el lugar donde enterraban a los condes", va narrando el guía, que antes de empezar quiere dejar claro que sumergirse en la historia significa mirarla "con los ojos de aquel tiempo". Es decir, "no se puede interpretar a Guifré el Pelós desde un punto de vista moderno". Por aquel entonces no había ni un estado ni siquiera ciudadanos, sólo nobles y vasallos, condes y monjes. Guifré fue el fundador del monasterio -y para algunos de Cataluña- en un intento de repoblar la zona después de la invasión de los serraíes. La portalada representa precisamente los estratos sociales del momento, con una representación de Dios presidiéndola y con santos, nobles y finalmente agricultores bajando por la piedra. Dos santos que han perdido la cabeza por el paso de todos dan la bienvenida a la nave central.
Los asistentes se sientan en los bancos mientras otros turistas observan los ábsides de la iglesia. Ahora cuesta imaginárselo, pero después de guerras y terremotos, el monasterio quedó abandonado en el siglo XIX y la Renaixença le dio una nueva vida con restauración que el guía ya avisa de que fue polémica. Polémicas, de hecho, hay más. O al menos inexactitudes que a veces nos impiden distinguir entre leyenda e historia. "¿Quién utilizó primero el símbolo de las cuatro barras?", se pregunta el guía cuando llega a la tumba de Guifré el Pelós, en uno de los brazos del transepto. La leyenda dice que Guifré, entre la vida y la muerte, dibujó las cuatro barras en su escudo dorado.
El monasterio tiene más sorpresas guardadas para los visitantes, como un cementerio justo debajo del altar que dejó asombrados a los propios arqueólogos que le excavaron: encontraron tumbas tardorromanas enterradas por el tiempo. Justo encima es donde descansaban los restos de Guifré. La visita, de más de hora y media, concluye en el claustro, de dos pisos y una de las partes mejor conservadas de la arquitectura románica. Los asistentes terminan el recorrido con la misma familiaridad con la que lo han empezado: muchos se conocen entre ellos otras actividades promovidas por el Club Premium del ARA.
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