Sinhogarismo

El sinhogarismo más invisible: de dormir en el agujero de una escalera a dar vueltas en autobús

Las personas que no tienen un techo para dormir buscan "alternativas seguras" para protegerse de los ataques callejeros

El rincón de la escalera donde duermen personas sin hogar en una finca de Sants, en Barcelona.
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BarcelonaUn tosco, el susurro de dos voces o un hilo de música por la noche, en horas en las que el edificio es un desierto, pone en alerta a los vecinos. La sorpresa llegará a plena luz del día, cuando suba los escalones que van del quinto al sexto y último piso de la escalera. Allí justo frente a la puerta blindada de acceso a la azotea hay un minúsculo colchón encajonado y una pequeña mochila que los residentes esporádicos de la noche anterior han dejado antes de salir cuando aún reina el silencio en la finca. Por la noche, volverán sin hacer ruido e intentando pasar desapercibidos. La escena está en una comunidad del barrio barcelonés de Sants que ha decidido en asamblea cerrar el tramo final de la escalera con una verja.

Entre el miedo y la incomodidad, los vecinos del quinto –que quieren preservar la identidad– explican que no siempre son las mismas personas las que se esconden en el piso de arriba y sospechan que deben tener llave de la puerta de entrada. En los pocos meses que dura esta situación nunca ha habido conflicto alguno. Los Mossos confirman que no existen denuncias ni incidencias remarcables por situaciones como estas.

De hecho, más allá de la vida al raso de plazas o tiendas de campaña, el sinhogarismo es básicamente un fenómeno invisible y en la mayoría de los casos hay convivencia e, incluso, los vecinos acostumbran a "cuidar" a las personas que duermen, llevándoles "una sopa caliente o mantas". "Se crea una comunidad", afirma Raquel Rico, técnica de sinhogarismo del Ayuntamiento de Girona y presidenta de la delegación gerundense del Colegio de Educadoras y Educadores Sociales de Catalunya (CEESC), que subraya la necesidad de "humanizar" a las personas sin hogar. "Se sienten como la basura, y un simple «Buenos días!» les da la vida", afirma la experta.

De la calle al trabajo

Situaciones como la descrita de la finca de Sants no son nuevas. El sinhogarismo crece a medida que se acentúa el incremento de los precios de los alquileres y todos los informes publicados revelan que cada vez más caen personas que no pueden sostener el gasto de la casa, se han separado o han tenido una enfermedad que les ha reducido sus ingresos. Las expertas subrayan que cada vez más se encuentran con perfiles de personas que trabajan. El problema es que los pocos servicios de atención al sinhogarismo están desbordados y no se están dimensionando a las necesidades reales, que cifras no actualizadas y parciales sitúan a alrededor de 60.000 personas en Catalunya, entre las que se están al raso o en infraviviendas.

La calle, el raso, es –sobre todo entre las mujeres– "la última de la última", sostiene Rico. Antes, se prueban otras "alternativas" que obligan a la "invisibilidad" de cara al resto de ciudadanía, explica Núria Martínez, directora del Centro Residencial de Inclusión Huerto de la Villa de Sant Joan de Déu Servicios Sociales Barcelona. "Son conscientes de que, a la mínima, por cualquier incidente los vecinos pueden echarlos", continúa Martínez. También señala que, ante el miedo a que las personas sin hogar pueden generar en ciertos sectores de población, lo cierto es que a menudo el miedo es más intenso entre los que viven en la calle. Para Rico, aunque dice entenderlos, son "temores infundados", y apunta que hay más agresiones contra sinhogar que a la inversa.

Están solos, sin puerta ni nadie que les proteja –más allá de los perros, que les hacen compañía y les dan cariño–, así que buscan un sitio "de seguridad" para huir delaporofobia (el odio a la pobreza), expresada en ataques físicos, pero también en insultos o miradas inquisitivas, apunta Martínez, quien afirma que la calle agudiza "la vena de supervivencia y de pragmatismo" y el objetivo es "no perder la documentación, poder ducharse y comer y no sufrir ningún daño".

La fragilidad de la noche

Ambas profesionales sociales tratan a diario con personas que han estado en la calle o todavía están ahí. Las conocen porque les han explicado qué "estrategias" siguen para evitar las noches en la calle. Sobre todo son las mujeres quienes buscan estas alternativas. Y cuando se encuentran en este punto de estar sin techo seguramente arrastran "penurias", como situaciones de intimidaciones, de violencias, de someterse a cambio de un sitio para dormir. Rememora los relatos de usuarias violentadas porque en la puerta de un hospital un desconocido les ha ofrecido 20 euros a cambio de sexo o que otro hombre que había robado el teléfono móvil a una mujer sinhogar le pidió sexo para devolvérselo. "Ella lo aceptó porque quería recuperar las fotografías de sus hijos guardadas", resuelve.

Las encuestas de Asís constatan las diferencias entre hombres y mujeres en situación de calle. Hay mujeres que evitan a toda costa la rasa y cuando pueden entran en estaciones del metro o suben en un autobús nocturno y permanecen allí toda la noche dando vueltas. "Encuentran seguridad, están aisladas del frío y el calor, protegidas de ataques", explican desde esta entidad referente en el sinhogarismo femenino. Muchas duermen durante el día porque se sienten más seguras que con la luz solar no les va a pasar nada y, durante la noche, están despiertas, coinciden todos los expertos. Por la noche, las personas sin hogar son "más frágiles" y encuentran refugios en cajeros, pero también en estaciones, en aeropuertos (a pesar de que el de El Prat se ha blindado para prohibir la entrada a las personas sin hogar) y también en las salas de espera de hospitales y otros centros sanitarios.

Desde Girona, Rico explica el testimonio de una mujer que por la noche "caminaba detrás del camión de la basura". Cualquier sitio antes que tumbarse en la calle, donde "siempre duermen con el ojo abierto y no pueden descansar", apunta Martínez. Esta situación se traduce en situaciones de estrés, angustia o depresión, trastornos que sufren al menos dos de cada diez sinhogar. Martínez también hace memoria de cómo una madre que estaba acogida en uno de los centros de SJD se pasaba buena parte de la mañana sentada en un banco mientras su hijo adulto, que sobrevivía en la calle, "dormía en su regazo". La "desesperación" también hizo, como recuerda Martínez, que personas desahuciadas de un piso se hayan quedado en un rincón del interior de la finca y hagan vida casi a escondidas.

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