Un año después del asalto al Capitolio, la democracia en los EE.UU. sigue en peligro

La consolidación de la 'gran mentira' trumpista y las consecuentes limitaciones al derecho a voto disparan las alertas

WashingtonEn el Capitolio no queda ningún rastro del asalto que se vivió hace un año. No hay cristales rotos, se han arreglado los desperfectos (valorados en un millón de dólares) y las vallas que se erigieron para evitar más ataques no están. La buena cara exterior del templo de la democracia norteamericana no tiene nada que ver con unas constantes vitales bajo mínimos de un sistema político que ha llevado a todo tipo de expertos a alertar de la grave y real amenaza de herir mortalmente la democracia.

Cuando se cumple el primer aniversario del ataque al Capitolio, la única certeza es que no ha habido interés en que fuera un punto de inflexión, el momento en el que una sociedad polarizada encontrara una brizna de esperanza de reunificación y ruptura con el trumpismo. Las consecuencias pueden ser nefastas. La insurrección trumpista no ha hecho más que acelerar una mutación política, una variante que ha contagiado a los republicanos hacia un radicalismo basado en la gran mentira, la teoría conspiranoica que insiste en que Trump fue estafado en las elecciones. Se ha convertido en el leitmotiv de los conservadores, y esto pone en jaque permanente a la democracia.

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"La democracia es una cosa muy frágil", explica Mark Brewer, politólogo de la Universidad de Maine, "y cada vez que está amenazada hay que tomarse la amenaza seriamente. Y creo que la amenaza actual contra la democracia norteamericana es probablemente la más importante de la historia". Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, expertos en autoritarismo y golpes de estado de la Universidad de Harvard, explican en How Democracies Die que, además de los golpes de estado violentos, hay una forma "menos dramática pero igualmente destructiva" de acabar con la democracia. "Las democracias pueden morir en manos no de generales, sino de los líderes escogidos –presidentes o primeros ministros– que subvierten el mismo proceso que los llevó al poder".

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Nunca tanto miedo

Es precisamente la sensación que hay en los EE.UU. desde el asalto al Capitolio: la gran mentira está provocando ataques constantes al derecho a voto. Una veintena de estados gobernados por republicanos han impuesto leyes que restringen el voto, han revisado normativas electorales y se han dado más poder para revertir el designio de las urnas.

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"La idea de que el 6 de enero fue un hecho totalmente único es incorrecta", dice el líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, haciendo énfasis precisamente en este intento de corromper la democracia: no hay tanta diferencia entre asaltar el Capitolio para intentar frenar un recuento de votos y redactar leyes y normativas que permitan manipular resultados. Para muchos expertos, lo que se está haciendo con todas estas leyes es preparar el terreno para una "insurrección a cámara lenta" y con el apoyo de normativas favorables a las teorías trumpistas.

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"Nunca había tenido tanto miedo sobre la democracia norteamericana como ahora, en parte por la metástasis de la gran mentira", comenta Rick Hasen, experto en legislación electoral de la Universidad de California en Irvine, que compara las alertas que están lanzando politólogos y expertos en autocracia con las que hace cinco años hacían ambientalistas sobre la crisis climática, o los virólogos hace un par de años con el covid-19. "Solo espero que no sea demasiado tarde", confiesa.

Un cambio para los ojos del mundo

Uno de los pilares de la excepcionalidad norteamericana era la autoimposición del baluarte de la democracia, de un sistema político funcional y plenamente establecido, sin rendijas, sólido como el hormigón. Una idea de sociedad que intentan exportar a cualquier precio, incluso a base de invasiones y conflictos, todo para extender el buen ejemplo. El 6 de enero lo cambió todo, cuando a ojos de todo el mundo se vivieron escenas más propias de un golpe de estado que de un proceso ceremonial de transición pacífica de poderes.

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"Lo más preocupante de la cobertura de noticias en los EE.UU. ahora mismo es que no se está tratando el final de la democracia como una historia. Y es la historia", alerta Timothy Snyder, politólogo de la Universidad de Yale y autor de On Tyranny. "Creemos que de alguna manera hay un trasfondo demócrata inamovible, pero no existe. Podemos perder la democracia como cualquier otro [...]. De hecho, la estamos perdiendo ahora mismo", asegura. Es una sensación que comparte la sociedad norteamericana. Según un sondeo de PewResearch de octubre, un 72% de los norteamericanos creen que su sistema político era mejor antes que ahora, que ha empeorado como baluarte democrático.

Este pensamiento tiene mucho que ver con la sensación que se tiene de la salud política. A raíz del aniversario de los hechos del 6 de enero de 2021 se han acumulado encuestas, sondeos y estudios sobre cómo se respira en las calles, y la conclusión en todos es la misma: dos de cada tres norteamericanos creen que la democracia está bajo amenaza, o como mínimo está en crisis y en riesgo de quiebra. Todavía más: un 62%, según una encuesta de la CBS, esperan que en las próximas elecciones presidenciales haya violencia por parte del bando que pierda.

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El impacto de esta degradación democrática tiene efectos mundiales. "Los hechos del 6 de enero fueron un material de impacto en la visión de los Estados Unidos en el resto del mundo, tanto aliados como adversarios", comentaba hace unos días Jake Sullivan, asesor en seguridad nacional de la Casa Blanca.

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Los datos confirman la teoría de Sullivan. En la misma encuesta de PewResearch, un 56% de los ciudadanos de 16 países creen que la democracia norteamericana "era un buen ejemplo, pero no lo ha sido durando los últimos años". En España, el porcentaje que cree en esta afirmación es del 54%.