Estados Unidos

Miembros del gobierno de Trump se mudan a bases militares por seguridad

El traslado inusual de algunos de los oficiales es un síntoma más de que la violencia política se está volviendo cotidiana

WashingtonDetrás de las gafas de sol de color rosa, Jane, una mujer negra de mediana edad, mira con desgana cómo su chihuahua levanta la pata sobre el césped que bordea la base militar de Fort McNair, al suroeste de Washington. Detrás de los muros de ladrillos rojos y las rejas con carteles de "Zona militar. Prohibido hacer fotos o vídeos", hay toda un área residencial destinada a generales de alto rango donde hay casas señoriales, un gimnasio e incluso un parque de bomberos. Ahora, desde hace unos meses, también viven allí el secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth. Se han trasladado por motivos de seguridad, ante el clima de violencia política creciente en los Estados Unidos. "Lo había oído, que ahora se han mudado aquí. Estando como está el mundo ahora, vivir aquí al lado me da cierta seguridad", explica Jane. El pasado sábado, Cole Thomas Allen irrumpió en el Hotel Washington Hilton para intentar atentar contra el presidente Donald Trump. En la sala, se encontraba buena parte del gobierno estadounidense.

Sin duda, el área del alrededor de Fort McNair es un área tranquila. Aun así, probablemente los días en que hay partido en el estadio Audi Field se debe oír el griterío de las gradas. La calma que se respira es similar a la de los suburbios ricos de la ciudad, aunque los edificios que hay delante de la base no son casas maximalistas, sino bloques de apartamentos humildes. El garante del orden aquí no es el poder del capital, sino el respeto que impone la presencia militar. Algunas de las casas destartaladas que aún quedan son un vestigio de cuando en los años 50 el Suroeste era uno de los lugares más pobres de la capital, marcado por los tiroteos y los altos índices de criminalidad.

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Setenta años después de que el barrio fuera una zona a evitar, por aquí los vecinos sacan a pasear al perro y de vez en cuando pasa algún ciclista que aprovecha el sol de primavera para recorrer la orilla del río Anacostia. La base militar está ubicada en una especie de península donde el Anacostia confluye con el río Potomac. A pesar de que las rejas puntiagudas de la entrada separen el espacio del resto de la ciudad, la calle continúa bajando por dentro de la base. El césped verde que hay dentro, bordeando el asfalto, es del mismo color que el que pisa Jane con su perro. Los fresnos también son los mismos que dan sombra a ambos lados de la calle. Al fondo, pasadas las cabinas de control, hay una bandera estadounidense imponente que ondea en lo alto de un palo blanco. A pesar de ser una base militar, la gente que se ve paseando por dentro va vestida de civil.

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Que Hegseth y Rubio vivan aquí es inusual. Normalmente, los miembros del gabinete optan por quedarse en las casas coloniales de Georgetown, en la zona de las embajadas de Kalorama o bien en los barrios ricos y aislados del norte de Virginia. Por ejemplo, en el Compass Coffee de Georgetown que da a la avenida Wisconsin es relativamente fácil toparse con el secretario de Salud, Robert F. Kennedy, comprándose un café. Pero últimamente, cada vez hay más oficiales de la administración Trump que se están mudando a instalaciones militares como la de Fort McNair por razones de seguridad. El jefe adjunto de gabinete, Stephen Miller, el director de la Oficina de Administración y Presupuesto, Russell Vought, y la exsecretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, también viven en instalaciones similares en otras partes de la ciudad. Aunque Noem ya debe estar preparando las maletas. Una vez se acaba el trabajo dentro del gabinete, se acaba el acceso a este tipo de alquileres.

El traslado de miembros del ejecutivo a bases militares también es un síntoma más de cómo se ha asentado la violencia política en la sociedad estadounidense y plantea muchas preguntas sobre el punto en que se encuentra el país. Jane reconoce que no le sorprendió el atentado del sábado contra Trump en el Washington Hilton. Se le escapa una risa cínica cuando le pregunto si recuerda cómo reaccionó cuando ocurrió el atentado de Butler –el primero contra el republicano, que se produjo en julio de 2024– y cómo reaccionó el fin de semana al ver las imágenes de la cena de corresponsales. "Es cierto que son diferentes, el uno del otro. Pero que hubiera otro atentado contra él no me sorprendió. La gente está cansada", afirma. Cole viajó en tren desde California con múltiples armas para intentar no solo atacar al presidente, sino también a todos los miembros de su gabinete, según el manifiesto que se le atribuye.

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En otro gesto inusual, en la cena de corresponsales no solo estaba el presidente y el vicepresidente, J.D. Vance. Un buen número de oficiales gubernamentales también estaban entre los comensales, entre ellos Rubio, Hegseth y Miller. Aparte, también estaba el director del FBI, Kash Patel; el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson. Aunque parece que los miembros de la administración Trump están intentando aumentar la seguridad en su día a día, la cita en el Hilton no fue catalogada como evento nacional de seguridad especial.La violencia entra en normalidad

Martes, tres días después del atentado, las conversaciones sobre aquella noche flotaban en la sala de prensa del Congreso. Algunas con más épica que otras. Pero todas con el mismo tono de déjà-vu cansado que se comenta mientras se espera que comparezca el político de turno. En aquel caso era el rey Carlos III. Un compañero que estuvo en la cena me comentaba que no había visto la gravedad del hecho hasta que le habían empezado a llamar las televisiones europeas para que diera el testimonio. Según él, entre el estrés del directo y que no era la primera vez que intentaban matar a Trump, no había tenido tiempo de procesar el peligro real del momento. Y en consecuencia, la gravedad.

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Jane también cree que la gente de su entorno está "inmunizada" ante la violencia. "La violencia está en todas partes. En las redes sociales no hacemos más que ver vídeos, como cuando asesinaron a Charlie Kirk, y otras imágenes de intentos de asesinato. Y después tienes las generaciones más jóvenes que están creciendo con estas cosas. Así pues, ¿qué crees que piensa un niño de diez o quince años que recibe esto diariamente, sea por las redes sociales o por los medios de comunicación? Imagina cuando tengan cuarenta años. Para ellos, es el día a día: violencia con armas, simulacros de tiroteos... Yo misma tengo uno de estos simulacros en el trabajo dentro de poco. Quiero decir, esto se está convirtiendo en una situación potencial del día a día con la que se supone que tenemos que lidiar. Y sí, está normalizado", remacha con preocupación.

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Pasada la esquina, después de caminar un rato rodeando el muro hasta llegar donde está la entrada, dos hombres están haciendo fotografías al edificio. Ninguno de los dos quiere identificarse porque dicen que están en horas de trabajo. Uno de ellos lleva un pin con las siglas del DHS (el departamento de Seguridad Nacional) en la cinta de donde cuelga lo que parece ser una identificación, pero que está girada boca abajo. "Todo esto es culpa de los liberales, de los locos de izquierdas", contesta el hombre que no lleva el pin. Los ojos pequeños y azules se le iluminan cuando empieza a hablar del atentado del sábado. Cuando se le pregunta por si le sorprendió que volviera a pasar, dice que no. "De hecho, no me extrañaría que lo volvieran a intentar".

Su compañero, que va con gafas de sol, intenta rebajar un poco la tensión: "Al final son cuatro locos, pero te digo una cosa: es mucho más alto el número de gente que ama a Trump que no el de gente que lo odia. Y si intentan quitarlo de en medio acabarán de romper el país".

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El hombre del pin al principio niega que haya aumentado el nivel de violencia política. Pero cuando le recuerdo que en tan solo dos años han intentado matar a Trump tres veces (el atentado de Butler, el de Palm Beach y el del Hilton), se retracta: "Bueno, sí que ha aumentado, realmente. Esto antes no pasaba". Más allá de los intentos de magnicidio, en los últimos dos años el país ha vivido notables casos de violencia política. Aparte del asesinato delinfluencer de extrema derecha, Charlie Kirk, también asesinaron a una congresista demócrata de Minnesota y a su marido en su casa el junio del año pasado. El asesino también intentó matar a otro congresista demócrata, al que dejó gravemente herido. La violencia política se esparce en todas direcciones, pero el hombre que no lleva el pin, que parece ya estar cansado de la conversación, añade: "La culpa es de los lunáticos de izquierdas". Trump también ha estado culpando, con estas mismas palabras, a la oposición.