'Top Gun', Nintendo y Bob Esponja: la Casa Blanca enseña la guerra de Irán como un videojuego

La administración Trump impone una narrativa de saturación informativa y humorística en las redes para desviar el debate público sobre la guerra

Una persona mirando un vídeo sobre Irán colgado por la Casa Blanca.
02/04/2026
4 min

Barcelona"Hay método en su locura", dice Polonio, consejero del rey, refiriéndose a Hamlet. En la obra de Shakespeare, Hamlet finge estar loco. Pero solo lo hace ver para ganar tiempo y preparar la venganza contra el asesino de su padre. Con esta metáfora, el profesor en comunicación de la Universitat Pompeu Fabra Christopher Tulloch define la estrategia comunicativa de Donald Trump, también con la guerra de Irán. Durante las últimas semanas, la cuenta oficial de la Casa Blanca ha compartido diversos vídeos en las redes que hacen referencia a videojuegos como Call of Duty o Wii Sports de Nintendo. Y con cortes de películas como Braveheart, Superman o Top Gun. Escenas frenéticas que se mezclan con imágenes desclasificadas de ataques sobre instalaciones iraníes.

Se presenta con estética de meme: en un vídeo, un muñeco golpea con un bate una pelota de béisbol que parece impactar contra instalaciones militares iraníes. En otro, el personaje Bob Esponja celebra un ataque militar diciendo: "¿Quieren verme hacerlo otra vez?". "¡+100 puntos!", celebra una voz tras el impacto de un proyectil. Estos vídeos, diseñados para convertirse en memes provocadores, acaban teniendo un eco muy importante, amplificado por los algoritmos y la red de seguidores de Trump.

Esta estética de videojuego plantea la guerra como algo limpio y aséptico, que no da miedo porque se asemeja a referentes de la cultura pop. "Busca una guerra con una estética de videojuego que se pueda hacer desde el sofá —relata Tulloch—. Quiere que tengas la experiencia de estar en un tiroteo. Parece violento, pero en realidad no sabemos nada sobre dónde caen los misiles". De esta manera, consigue ocultar la violencia real. Los objetivos iraníes son solo explosiones exitosas contra un enemigo invisible, sin rastro de imágenes reales de los ataques a centros médicos o escuelas, en los que mueren personas.

De la sobriedad a la saturación

La época Biden, marcada por la sobriedad, la formalidad y el decoro, ha quedado enterrada por una vorágine de saturación informativa. Los datos han sido sustituidos por declaraciones contradictorias; los comunicados de prensa, por mensajes de Truth Social, la red social de Trump, y las prudentes ruedas de prensa diarias, por declaraciones de pie ante el lavabo del Air Force One o por montajes de vídeos con IA. Pero detrás de este caos aparente hay un objetivo.

La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, lo recogía en una intervención reciente. Un periodista le preguntó por la gran presencia mediática del presidente, que estaba concediendo entrevistas a diestro y siniestro. "¿No tenéis miedo de que la gente se agote de tanto oírle?", preguntó. "Este es el plan", respondió Leavitt. En lugar de interpretar la saturación como algo negativo, explica Tulloch, "es justamente lo que buscan: acaparar todo el espacio y el espectro informativo en el soporte y la plataforma que sea". Esto desactiva el debate público y genera una sensación de imprevisibilidad. "Los analistas no se atreven a sacar la bola de cristal; Trump es capaz de lanzarla por la ventana", sostiene Tulloch.

A través de estos códigos, la Casa Blanca consigue conectar con un público joven, mayoritariamente masculino, que habita en estos entornos digitales. "Los asesores de Trump saben muy bien cómo se informan los jóvenes de hoy. Esto explica el uso de los videojuegos y ese toque de humor negro", apunta Tulloch. El analista subraya que Trump se ha erigido en el "presidente del dominio de las redes" practicando una comunicación tan directa que rompe cualquier protocolo diplomático: el mensaje llega de "móvil a móvil" sin filtros institucionales.

Sin embargo, este caos comunicativo ha chocado en más de una ocasión con la realidad legal, que ha obligado a la administración norteamericana a rectificar. La empresa de Pokémon denunció que no había autorizado al gobierno de los EE. UU. a apropiarse de su identidad visual, después de que colgaran el lema "Make America great again" en un montaje que emulaba las letras del juego. Otro de los vídeos polémicos mezclaba imágenes de ataques a Irán con fotogramas del videojuego bélico Call of Duty. Lo acabaron retirando, pero una vez ya lo habían visto más de 50 millones de personas. Incluso personalidades de Hollywood han alzado la voz: el actor Ben Stiller exigió la retirada de una imagen suya extraída del film Tropic Thunder, con el argumento de que "la guerra no es ninguna película" y diciendo que no quería formar parte de ninguna "máquina de propaganda".

Más allá del copyright, la estrategia comunicativa plantea problemas morales. Nick Robinson, especialista en política y videojuegos de la Universidad de Leeds, advertía en la radio LBC que esta narrativa alimenta "el mito de la guerra clínica" que banaliza el conflicto. Según Robinson, "no solo se presenta [la guerra] como una forma de entretenimiento y viola los derechos de propiedad intelectual", sino que también esconde la realidad de unos ataques que son más generalizados de lo que parece. En este sentido, Tulloch recuerda que la administración norteamericana teme lo mismo que en las guerras de Irak o Afganistán: "El momento en que un avión vuelva lleno de ataúdes norteamericanos". Con un 56% de los norteamericanos en contra de la guerra, según las encuestas más recientes, el alud de vídeos es un intento de fabricar una popularidad que la política no genera.

Una percepción sesgada

Con todo, hay quien teme que esta gamificación de la violencia no sea solo fachada, sino la misma percepción del presidente. Según reveló la cadena norteamericana CBS, Trump recibe cada mañana un videoresumen con las imágenes más impresionantes de los bombardeos que las fuerzas aéreas de los Estados Unidos han lanzado sobre Irán el día anterior. Esto, sumado a los temores que se hace acompañar de analistas que nunca le llevan la contraria, plantea dudas sobre la capacidad del presidente para discernir la tragedia humana de un simple juego de poder.

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