Trump: una presidencia imperial

Desde la respuesta excesiva y coercitiva en las calles de ciudades como Los Ángeles y Minneapolis –en las que la Guardia Nacional y los agentes de inmigración del ICE se despliegan contra manifestantes–, hasta las intervenciones internacionales en Venezuela y en Irán y la presión sobre Cuba y Groenlandia, Donald sino que también actúa como si su poder fuera ilimitado. Y lo hace porque el sistema –hasta ahora– se lo ha permitido en gran medida: el Congreso, dominado por su partido, ha renunciado a su papel de contrapoder; el Tribunal Supremo le ha ofrecido una cobertura decisiva, blindando sus órdenes ejecutivas ante casi cualquier freno judicial, y tanto las élites económicas como la comunidad internacional han validado su poder, sea por intereses o por miedo a represalias.

De hecho, desde el inicio de su mandato hace casi un año, Trump se ha presentado como un soberano con un poder casi absoluto. Ya en su discurso de investidura buscó una legitimación casi mística y se presentó como un enviado de Dios para hacer América mayor de nuevo. Este aura de líder intocable cogió forma poco después: primero, con una portada falsa en Time donde aparecía coronado como un rey y, finalmente, con un tuit en el que parafraseaba a Napoleón: "Quien salva al país no viola la ley".

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Con esta frase, Trump entronca su poder con el absolutismo moderno y, más concretamente, con la teoría del pensador alemán Carl Schmitt: la idea de que el "soberano es quien decide sobre el estado de excepción"; es decir, el líder que puede suspender el orden jurídico ordinario para proteger al estado. Cuando un líder se siente legitimado para suspender la ley a voluntad, las instituciones se vacían: la norma ya no es la Constitución, sino la conciencia del dirigente.

Así lo expresó él mismo hace sólo una semana en una entrevista en el New York Times, cuando afirmó que el único límite a sus acciones es su propia moral. Días después, en la CBS, matizó que en asuntos internos, la Constitución y los tribunales siguen siendo la autoridad última, pero insistía en que, en su concepción del poder, estos controles quedan en un segundo plano. Según el presidente, su voluntad de "mirar por el bien del país" actúa como una garantía previa que hace casi innecesaria la intervención judicial: "Nunca habrá que llegar a los tribunales", aseguró.

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Poder unilateral sin contrapesos

Sus acciones unilaterales y esa confianza en la propia moral han sido especialmente visibles en la política exterior. En este ámbito, su estilo de gobierno parece encajar con otra forma de absolutismo moderno: la "presidencia imperial", tal y como la describió el historiador Arthur M. Schlesinger Jr. a La presidencia imperial (1973), pensando sobre todo en Richard Nixon. Para Schlesinger, este tipo de presidencia concentra el poder, gobierna en secreto y vacía de contenido a los contrapoderes democráticos hasta hacerlos inoperantes. Podríamos decir que Trump ha llevado esta visión a la práctica en sus acciones en Venezuela y en Irán, en las amenazas sobre Groenlandia y en la ofensiva de aranceles contra aliados y adversarios: escenarios donde la acción unilateral ha sustituido a las normas internacionales y los contrapesos institucionales.

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Sin embargo, este poder cada vez más absoluto de Trump podría tener fecha de caducidad. Las elecciones de medio mandato se avecinan y una pérdida de la mayoría republicana en una de las cámaras –un escenario que se prevé bastante probable– podría reintroducir frenos políticos reales y restaurar la función de contrapoder del legislativo. Pero hasta que esto ocurra, si es que ocurre, Trump sigue gobernando con la convicción de que el alcance de su poder no lo definen las normas, sino los límites que se le pongan.