LondresSegunda oportunidad para el laborismo, pero sin mucho margen de error. Andy Burnham ha sido escogido oficialmente jefe del partido este viernes en un congreso extraordinario con el apoyo abrumador de 379 de los 403 diputados del grupo parlamentario, y entrará el lunes a Downing Street con la misión "de afrontar los grandes problemas que la política ha dejado de lado", según las primeras palabras que ha pronunciado tras la formalización de su liderazgo.
Ante un partido entregado, Burnham ha asegurado igualmente que desplegará un programa "claramente laborista" de renovación económica, fundamentado en un mayor control público, en una reindustrialización y en el retorno del poder a las comunidades locales. Bajo su liderazgo, ha dicho, el partido será "inequívocamente laborista en nuestras prioridades y en las decisiones que tomemos, situando a las personas y los territorios en el centro de todo lo que hagamos". Igualmente, ha prometido impulsar "el momento de cambio más importante de los últimos cuarenta años" de la política británica.
En las horas previas al acto de este viernes, el equipo de comunicación de Burnham ha difundido un vídeo en las redes sociales que dice mucho de su estilo: entre la familiaridad y un populismo afable. Sentado en una silla en el centro de Cardiff, ha pedido a los viandantes que se sienten en otra a su lado para que "pregunten a Andy lo que sea". Y ante las diferentes cuestiones que le han planteado, sobre sanidad, vivienda, etcétera, las respuestas del premierin pectore han sido poco más que una lista de buenos deseos: "La respuesta sencilla es esta: impulsar el programa de construcción de vivienda social más grande desde el período de posguerra". O "mi padre tiene Alzheimer y eso me ha hecho conocer muy de cerca el sistema inglés de atención social, desde el punto de vista de una familia".
Un sistema que la baronesa Louise Casey, encargada de revisarlo, ha definido como una estructura que se mantiene en pie "con parches, cinta adhesiva y pegamento". En el vídeo publicado en X, Burnham ha prometido "gastar capital político" para reformarlo. Y haciéndole referencia en su intervención en el congreso extraordinario, ha asegurado que buscará acuerdos "con otros partidos para afrontar los grandes retos a largo plazo del país", como es el de la asistencia social. No es esta una batalla nueva para él: ya la intentó librar hace dieciséis años, cuando era ministro de Sanidad, pero entonces no consiguió prácticamente nada.
El beneficio de la duda
Burnham cuenta, por el momento, con un activo que Keir Starmer ha ido perdiendo en poco más de dos años de gobierno: el beneficio de la duda. El problema es que su crédito es muy limitado y las primeras decisiones que tome pueden condicionar el futuro de la percepción que tenga de él la opinión pública. Clave será, pues, a quién designe como ministro del Tesoro, ya que el nombre del cargo marcará la orientación ideológica del gobierno e indicará si, realmente, el suyo será un gobierno "inequívocamente laborista", como ha asegurado. El miércoles, el Financial Times apuntaba a Shabana Mahmood, actual ministra del Interior y situada en el sector más a la derecha del partido, al menos en materia de inmigración. De su pensamiento económico, sin embargo, se conocen pocos o ningún detalle. En este sentido, The Times publica este viernes que Burnham podría enfrentarse a una primera revuelta de la izquierda del partido si Mahmood es confirmada como Chancellor of the Exchequer.
Haciendo una enmienda casi a la totalidad de su propio pasado político, el blairismo, el futuro premier ha dicho ante el congreso, reunido en el centro de Londres, que "el Reino Unido tomó una serie de decisiones equivocadas en los años ochenta [cuando] el poder político se centralizó y el poder económico se privatizó", en concreto, sectores esenciales como la vivienda, el agua, la energía o el transporte, "que han concentrado la riqueza en pocas manos y han dejado muchas comunidades atrás". El nuevo laborismo de Tony Blair y Gordon Brown no lo corrigió. Así, para construir una economía y un país que funcionen para todos y todos los territorios, Burnham ha defendido que se necesita "un nuevo camino diferente del que hemos recorrido durante los últimos cuarenta años".
Una de las fortalezas de Burnham es que todavía es, en buena parte, un libro en blanco, con un prólogo escrito en la alcaldía de Manchester y poco más. A diferencia de Starmer, que ha acumulado una imagen muy negativa, el nuevo líder despierta menos rechazo entre los votantes que se han decantado hacia la derecha (Partido Reformista de Nigel Farage) y hacia la izquierda (los Verdes de Zack Polanski). Muchos británicos, sin embargo, todavía no tienen una opinión formada sobre él. El calificativo que aparece con más frecuencia en encuestas y grupos de discusión es, simplemente, “desconocido”.
La economía: el nudo de todas las batallas
La economía es, de hecho, el gran reto de Burnham, porque de ella depende todo lo demás: prestaciones sociales, servicios públicos, atención a la tercera edad, inversión en infraestructuras, reindustrialización o defensa. Y el país que hereda el nuevo premier no tiene mucho pulso vital: el crecimiento es débil o inexistente, la productividad está estancada y hay una crisis persistente del coste de la vida.
El exalcalde de Manchester, que aún no se ha enfrentado a una conferencia de prensa abierta, sino que ha elegido con cuentagotas sus intervenciones públicas, ha dejado este miércoles la puerta abierta a un impuesto sobre la riqueza, en lo que supondría un giro significativo de la política fiscal laborista. En una entrevista con el exfutbolista y podcaster Gary Lineker –han hablado tanto de política como de fútbol–, no descartó la medida cuando este le preguntó directamente por la cuestión. "Necesitamos un sentido más grande de la justicia", afirmó, admitiendo implícitamente que el Reino Unido continúa siendo un país profundamente desigual.
Burnham comentó que su ejecutivo tendrá que tomar decisiones difíciles: "No me esconderé. Tendremos que trabajar duro para asegurarnos de que podemos pagar nuestros gastos. Y, en algún momento, esto puede significar tener que pedir un poco más". Matizó, sin embargo, que estas decisiones "no son para ahora, sino para más adelante".
Quizás los británicos ya no esperan milagros por el hecho de serlo, pero sí señales claras de que el gobierno entiende los problemas a los que se enfrentan, especialmente el del coste de la vida. Entre las demandas más habituales de la opinión pública hay medidas que contribuyan a reducir facturas energéticas –una misión casi imposible en plena escalada de la guerra en Irán–, proteger el empleo y dar apoyo a las pequeñas empresas. También hay un amplio apoyo a reforzar el control público sobre agua y energía –y Burnham se ha referido a ello en su intervención– y a continuar incrementando el salario mínimo. En cambio, el aumento de las cotizaciones sociales a cargo de los empresarios, heredado del gobierno anterior, continúa siendo profundamente impopular.
Inmigración y relación con la UE
En materia de inmigración, Burnham afronta un doble reto: gestionar flujos en un país con demanda de mano de obra y, al mismo tiempo, responder a la presión de una ultraderecha que exige más control. Mantiene la línea oficial del laborismo: un sistema más eficiente y ordenado, pero sin retórica punitiva. El Brexit –el elefante en la habitación que Starmer nunca quiso abordar frontalmente a pesar de su acercamiento a la UE–, continúa condicionando sectores dependientes de la mano de obra extranjera –la atención a la tercera edad– y obliga a repensar vías de entrada y regularización.
Las encuestas muestran un amplio consenso a favor de endurecer la respuesta a las llegadas irregulares por el canal de la Mancha, mientras que cualquier flexibilización de la política migratoria genera un rechazo inmediato. Uno de los temas que Starmer ha dejado en suspenso con su salida, aunque parecía a punto de acordarse, es el programa de libre movimiento con la Unión Europea para jóvenes menores de 30 años. Esto les permitiría trabajar y establecerse a ambos lados del Canal durante cuatro años. Lo quiera o no, Burnham tendrá que transitar por el campo de minas que es la relación con la Unión Europea. En el congreso laborista del año pasado, afirmó que algún día querría ver el Reino Unido "volver" al bloque comunitario. Pero durante la campaña para la elección parcial de Makerfield que lo ha catapultado al liderazgo, aseguró que no pretendía "reabrir viejos debates". Lo que ningún especialista pone en duda es que el Brexit, un círculo difícil de cuadrar, continúa siendo una losa para la economía del país, de la cual difícilmente podrá deshacerse sin afrontarla de manera directa.
Defensa y política exterior
Burnham llega a Downing Street en un momento de tensión global. Ha aceptado el aumento del gasto militar hasta el 3,5% del PIB en 2035, lo que implica encontrar financiación adicional inmediata. Al mismo tiempo defiende una relación estrecha con los Estados Unidos, pero con más autonomía estratégica, y quiere que la política exterior sirva para reforzar la industria nacional –la del armamento– y reducir dependencias en cadenas de suministro. El conflicto en Ucrania, la guerra en Oriente Medio y la competición tecnológica global marcarán su agenda internacional. Sin obviar, claro está, la relación con Donald Trump. Más pronto que tarde, el "primero viajará a Washington y de la visita a la Casa Blanca se podrá hacer una lectura a fondo de su capacidad para surcar aguas pantanosas.
Los británicos parecen dispuestos a dar una nueva oportunidad al laborismo. Las expectativas sobre Burnham son mucho más altas que las que había sobre un poco ilusionante Keir Starmer. Por eso el riesgo es mucho más alto y tiene menos tiempo para hacer notar los cambios prometidos.
7 primeros ministros en 10 años
David Cameron (2010-2016)
En 2013, el conservador primer ministro se comprometía a convocar un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE. Tres años después, los británicos se dirigían a las urnas. Cameron hizo campaña por el ‘no’, pero los británicos optaron por lo contrario. Ante este escenario, el entonces primer ministro renunció al cargo, desatando la inestabilidad en el cargo que aún hoy se arrastra.
Theresa May (2016-2019)
A pesar de haber hecho campaña por el Remain -es decir, seguir en la UE- la conservadora Theresa May fue la encargada de gestionar en un primer momento la salida de la UE. Después de tres años intentando encontrar un equilibrio que satisficiera a todas las partes, May no lo consiguió y en mayo de 2019 acabó dimitiendo.
Boris Johnson (2019-2022)
May pasó el relevo a Boris Johnson, también conservador, y uno de los principales impulsores en el referéndum del Leave -irse de la UE-. Durante su mandato, finalmente, Londres soltó la mano a Bruselas, haciendo efectivo el resultado del referéndum. A raíz de varios escándalos como el Partygate (fiestas ilegales durante la covid) las dimisiones dentro del ejecutivo se fueron sucediendo hasta que Johnson se vio obligado a dimitir.
Liz Truss (2022)
Fue la primera ministra más efímera de la historia del Reino Unido. Tan solo estuvo al cargo 49 días. Ante el caos en los mercados financieros, Truss se retractó de su proyecto político, perdiendo autoridad entre las filas conservadoras y dentro del ejecutivo. “No puedo cumplir el mandato por el que fui elegida”, expresó el 20 de octubre, anunciando su renuncia.
Rishi Sunak (2022-2024)
A pesar de que el primer ministro, también conservador, consiguió estabilizar la economía a nivel macro, el coste de la vida siguió disparado. Con una reputación bastante tocada tras el desbarajuste de los últimos ejecutivos, en julio de 2024 los tories sufrieron la peor derrota electoral de toda su historia. Después de 14 años, el laborismo volvía al poder.
Keir Starmer (2024-2026)
El primer primer ministro laborista llegaba a Downing Street con la promesa de "reconstruir" el Reino Unido en un contexto marcado por el colapso del sistema de pensiones, problemas con la sanidad pública y un lento crecimiento económico. Pocos días después de superar los dos años al frente del Reino Unido, Starmer, cada vez con menos apoyos internos, renunciaba al cargo.