La "guerra de ciudades" aboca Ucrania a una fase más destructiva y mortífera para los civiles

Putin y Zelenski se niegan a ceder en el verano más sangriento de la guerra en la retaguardia, con casi 1.200 civiles muertos

09/08/2026 - 20:02 h.

MoscúLa “guerra de ciudades” que hace unos meses presagiaban algunos expertos ya es una realidad. El conflicto en Ucrania ha entrado en una fase destructiva en la que cada bando intenta golpear al otro con todas sus fuerzas con la esperanza de doblegar su voluntad. Mientras los misiles de Vladímir Putin atemorizan Kiev y las grandes poblaciones ucranianas, los drones de Volodímir Zelenski incendian refinerías y almacenes en el interior de Rusia. La consecuencia es que este verano es el más sangriento desde el inicio de la invasión para los civiles y cada mes se registra un número más elevado de víctimas que el anterior.

Desde principios de junio han perdido la vida casi 1.200 civiles a ambos lados de la línea de contacto. Se calcula que un 70% de las víctimas son ucranianas, mientras que un 30% son rusas. La ONU, que ha contabilizado las muertes de no combatientes durante los primeros seis meses del año, señala que en Ucrania han aumentado un 37% respecto al mismo período de 2025, y que en el caso de Rusia el incremento ha sido del 121%.

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Estas cifras se corresponden con la evolución de las estrategias militares de cada uno de los bandos. El ejército ruso ha optado por hacer valer su supremacía en el uso de los misiles, sobre todo balísticos, y está explotando la escasez crónica de defensas aéreas de Kiev. En un hecho muy inusual, el miércoles, Ucrania fue incapaz de interceptar ninguno de los 28 misiles rusos dirigidos a su capital. Y esto pasó solo cuatro días después de otro bombardeo masivo. En total, 26 muertos y una setentena de heridos en menos de una semana.

Los ciudadanos cada vez se sienten más inseguros en la ciudad. “Por primera vez, la falta de defensas antibalísticas se notó con tanta fuerza que la casa temblaba. No quiero esconderme en un sótano; quiero marcharme de Kiev”, lamentaba Tatiana, vecina de una de las zonas más afectadas por los ataques. “Esto es una atrocidad. Nunca me habría imaginado que algo así pudiera suceder en nuestro país”, añadía entre lágrimas Irina.

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Ahora bien, a pesar de las llamadas desesperadas de Zelenski para obtener misiles interceptores de sus aliados y las tentativas de explorar un alto el fuego aéreo, Ucrania ni se siente empujada a renunciar a sus líneas rojas ni detiene su campaña ofensiva de largo alcance contra Rusia. Todo lo contrario, en las últimas semanas la ha intensificado. El ejército ucraniano ha continuado golpeando las plantas de refinación de petróleo con el propósito de mantener la presión sobre el mercado de combustible ruso, al tiempo que ha situado con éxito los centros logísticos de la empresa de comercio electrónico Wildberries en el centro de la diana.

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El crecimiento de las capacidades ucranianas y la diversificación de objetivos –el jueves batió el récord de drones lanzados en una sola noche, 605– se han traducido también en un aumento de las víctimas civiles rusas. Esta escalada ha provocado tres tipos de reacciones entre la población. La primera, el miedo. “Se están cruzando todos los límites cuando se ataca a la gente corriente”, se quejaba una adolescente que vive cerca deun almacén de Wildberries incendiado, en la región de Leningrado. La segunda es la de hacer piña con el gobierno y confirmar la convicción previa de que Ucrania es un régimen criminal. “¿Qué siento? Orgullo por Rusia”, comentaba otro vecino ante la columna de humo. Y la tercera reacción es la resignación, como la de una conductora que circulaba muy cerca del lugar de los hechos. “Así es como vivimos, nosotros no hemos empezado esta guerra”, decía.

El Kremlin oculta los ataques

También es muy diferente la percepción que se tiene de los ataques diarios a las grandes ciudades, como Moscú, blindada por cuatro anillos de baterías antiaéreas y por la censura informativa. Las autoridades han prohibido difundir imágenes de las consecuencias de los bombardeos. En regiones como Krasnodar o Volgogrado, la policía ha detenido a jóvenes que grababan almacenes en llamas y les han obligado a grabar vídeos disculpándose. Mientras tanto, los medios estatales han ocultado prácticamente del todo este tipo de sucesos y no han mostrado ninguna secuencia, igual que el sábado pasado también dejaron de emitir noticias sobre “la fuga de gas” en un lujoso restaurante de Moscú cuando trascendió que había sido, en realidad, un intento de atentado contra un general.

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Sea como sea, por más que el Kremlin procura proyectar una sensación de normalidad, Putin ha reconocido por la vía de los hechos que es necesario reforzar la seguridad en el interior del país. El miércoles creó un nuevo cargo en la jerarquía militar: el jefe de la retaguardia. Esta posición, para la que se ha nombrado al coronel general Valeri Solodtxuk, hasta ahora responsable de las operaciones de combate en Donetsk, agrupará a todas las unidades destinadas a combatir los drones y las acciones de los servicios secretos ucranianos en territorio ruso.

De todas formas, tampoco para Putin los ataques ucranianos son un argumento suficiente para ceder en sus condiciones de paz. El líder ruso está decidido a hacer “todo lo necesario” para ocupar el Donbás cueste lo que cueste, tal como repitió la semana pasada. El sufrimiento de los civiles, mientras no comporte una contestación social improbable en cualquiera de los dos bandos, es todavía un precio asumible tanto para Rusia como para Ucrania.