La trampa de celebrar la posible caída de Orbán
El desfile de líderes de la ultraderecha por Hungría estas últimas semanas ha sido digno de una superpotencia. En 16 años, Viktor Orbán ha convertido un país que representa menos del 1% del PIB europeo en baluarte del ultraconservadurismo global. La última visita, la del vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, demuestra el nerviosismo de unos líderes que saben que en Budapest no solo se juegan un gobierno, sino una batalla clave por el discurso.
Es tentador afirmar que la extrema derecha está tocando techo: desde Marine Le Pen en Francia con las municipales, hasta el desgaste de Giorgia Meloni con el referéndum, pasando por unos Estados Unidos de Donald Trump percibidos cada vez más como una amenaza para la seguridad y el bolsillo de la ciudadanía. Pero no nos engañemos: si Orbán pierde este domingo, no querrá decir que la ultraderecha esté en declive terminal. Sería de una ingenuidad peligrosa confundir la caída de un autócrata con la decadencia de una ideología que tiene el abono a punto para seguir floreciendo: desigualdades rampantes, élites desconectadas y la falta de un proyecto de futuro mejor.
La caída de Orbán solo demostraría que la ultraderecha, una vez en el poder, se convierte en el mismo establishment que prometía desmantelar, doblando el sistema a su favor mediante la corrupción. Si cae, Europa se deshará de un caballo de Troya, pero no por méritos propios. Bruselas se ha limitado a esperar que Orbán cayera por su propio peso, y el daño causado es tan profundo que rehacer una Hungría hecha a su medida será una tarea titánica.
Por el contrario, si Orbán gana, la ultraderecha global no solo salvará los muebles, sino que podrá defender que su modelo está a prueba de fuego. Una victoria de Fidesz sería el certificado de garantía para la estrategia de J.D. Vance y el faro que iluminaría el camino de Le Pen o Abascal de cara al 2027.
La falta de alternativa inspiradora
Que Péter Magyar, un antiguo insider del régimen, sea la única amenaza real para Orbán con un discurso centrado en la anticorrupción evidencia la falta de una alternativa ilusionante. El estratega David Plouffe, antiguo asesor de Barack Obama, decía en el New York Times esta semana que una campaña ganadora hoy es una gran producción audiovisual constante, y Magyar lo ha bordado en las redes. Pero, como reivindicaba la experta Gabriella Zutrau, que formó parte de la campaña de Zohran Mamdani en las elecciones de Nueva York, la clave para la victoria no es solo una campaña excelente online y offline, sino que hay que tener un proyecto real ilusionador: “No solo estamos fracasando en difundir nuestra visión del mundo porque no hemos reforzado la infraestructura digital [...]. Estamos fracasando en difundir nuestra visión del mundo porque no tenemos ninguna que inspire a la gente”.
Aquí la trampa: es autocomplaciente y peligroso leer una potencial derrota de Orbán como una victoria de la alternativa contra la ultraderecha. Se acercan dos años intensos en citas electorales (Francia, España, las europeas, etc.) y a la ola ultraconservadora solo la detendrá una propuesta inspiradora, realista y valiente. Si la alternativa es solo una mejor estrategia de TikTok y no una solución a los problemas de fondo, la frustración volverá. La ultraderecha no necesita ganar siempre; solo necesita que los demás fracasen en su promesa de bienestar y seguridad.