Globalización y geopolítica: las reglas del juego han cambiado
El nuevo tablero global está más dirigido por los gobiernos y es más impredecible
En 1991 el mundo vive, expectante, un cambio histórico que ha de iniciar una nueva era global: el colapso de la Unión Soviética. Es el final de la Guerra Fría, y el pistoletazo de salida al período de globalización económica que cambiará el equilibrio de poder en el mundo: la hiperglobalización, según la bautizó posteriormente el economista de Harvard Dani Rodrik. Comienza un período de la historia en el que la economía prevalece sobre la política y la seguridad, y en el que se prioriza el mercado global sobre la soberanía nacional.
La inmensa mayoría de los países de la antigua órbita soviética buscan encajar de la mejor manera posible en el sistema económico capitalista dominante para atraer el máximo de inversiones y generar los tan necesarios puestos de trabajo en sus economías. Los países del este de Europa y los surgidos a raíz de la caída de la URSS, con Rusia a la cabeza, adoptan las reglas de la propiedad privada y la libertad de mercado, aunque lo hacen a su manera. Buscan integrarse en los flujos globales de comercio, inversión e innovación del capitalismo. Las reglas del juego capitalista ya no se cuestionan, sino que se adoptan, y se adaptan en función de la idiosincrasia de cada país.
La logística global, las venas del capitalismo
Se abre la era en la que las multinacionales de las principales economías occidentales hacen del mundo su mercado, en el que maximizan sus beneficios. Una vez las economías emergentes van mejorando su calidad institucional y financiera, las multinacionales se implantan productivamente para aprovechar los bajos costes de producción, especialmente los de la mano de obra. Poco a poco sofistican su cadena de suministro global y llegan a hacer casi irrelevante la ubicación de su producción. Así nace la especialización productiva global, la cadena de valor global (CVG). La geografía parece que pierde importancia, en esta fase, ya que la logística se adapta a la globalización de la producción de manera eficiente, y lleva los productos, intermedios o acabados, a cualquier rincón del mundo. Es el modelo just in time: suministrar los productos justo cuando el cliente los necesita, ni antes ni después. Esta sincronía del comercio internacional hace de la logística global las venas del capitalismo.
Es el auge liberal. El embriagamiento por el éxito del capitalismo hace creer que, a través de la interdependencia económica entre los países, se evitará cualquier conflicto abierto: cuanta más interrelación comercial, financiera, productiva, energética, innovadora, etc. haya entre dos economías, más sólidas y resistentes serán sus relaciones.
Y llega el 2014. Rusia invade Crimea, en Ucrania, y se la anexiona. Primera advertencia de que esta asunción liberal es cuestionable. Y llega el 2017. Primera presidencia de Trump, con un relato iliberal ampliamente aceptado en su país (y más allá): la globalización ha beneficiado mayoritariamente a las clases trabajadoras de China y a las élites globales propietarias de las multinacionales occidentales, y ha debilitado a los trabajadores de Estados Unidos y a su clase media. En 2018 comienza la guerra comercial y tecnológica entre Estados Unidos y China (aranceles, prohibiciones sobre el acceso a ciertas tecnologías, controles sobre exportaciones...) Se pone en entredicho el mantra de que la globalización liberal promueve la estabilidad y la cooperación. Es el inicio del final de una era económica.
El golpe de la pandemia
Y llega el 2020. La covid-19 pone en cuestión la lógica de la globalización de manera integral. Se paraliza una parte importante de la producción global, pero sobre todo se interrumpe su movilidad internacional. Se pone de manifiesto que la búsqueda legítima de la maximización de los beneficios de una empresa puede ir en detrimento de su resiliencia. Y pone en cuestión el beneficio empresarial como bien máximo, ya que se plantea que este puede ir en detrimento del interés nacional. Igualmente, pone en evidencia que el mundo ha cambiado, y que ciertas economías emergentes son imprescindibles para el funcionamiento global. El sistema ya necesita de manera estructural a China, Taiwán, Corea del Sur, la India, los países del Golfo...
Y llega el 2022. Rusia invade Ucrania. Es el fin del sueño liberal. Más allá del hecho dramático en sí mismo, es un shock global: la interdependencia no garantiza la estabilidad, ni la paz. Occidente aplica diversas rondes de sanciones importantes contra Rusia y se replantea el modelo de globalización. Las reglas del juego se han roto. Europa, los Estados Unidos, China, Rusia, la India... inician procesos de reforzamiento económico nacional para no tener que depender de otros países en sectores estratégicos: es el modelo de la autonomía estratégica.
Y llega el 2025. Segunda presidencia de Trump. Es el fin del otro sueño: Occidente ya no existe. Ya no hay aliados, hay intereses. Y volátiles. La interdependencia económica, financiera y tecnológica ha pasado de ser un activo deseado a una vulnerabilidad estratégica. Y se debe corregir cuanto antes mejor. Las amenazas y el poder duro se vuelven habituales en las relaciones internacionales. Los gobiernos pasan a tener un papel esencial en sus economías: políticas de reindustrialización, promoción de la industria de defensa, transición energética acelerada y políticas de digitalización masivas, con el objetivo de conseguir la máxima soberanía estratégica posible en el plazo más corto posible.
Y llega el 2026. La guerra de Israel y los Estados Unidos contra Irán, y las represalias de este contra los países del Golfo, vuelven a poner en evidencia dos hechos: los flujos comerciales globales son muy vulnerables y la dependencia energética de terceros es insostenible por su volatilidad tanto de suministro como de precio.
Resiliencia y proximidad
Las multinacionales de sectores estratégicos (alimentación, eléctrico y electrónico, semiconductores, farmacéutico, químico estratégico...) se ven sometidas a unas incertidumbres que les hacen replantear su estrategia global. La ya frecuente disrupción de los suministros por la debilidad logística; la creciente inestabilidad geopolítica; las medidas proteccionistas y coercitivas de algunas grandes economías; las dificultades para acceder a ciertas tecnologías y materias primas en función de los alineamientos, o las presiones de gobiernos para condicionar la ubicación de sus inversiones hace que tengan que sacrificar beneficios económicos en favor de más resiliencia y fiabilidad. La nueva globalización está más fragmentada entre las grandes economías proteccionistas, más dirigida por los gobiernos, más imprevisible y más regionalizada, pero sobre todo más multipolar.