La guerra endurece el régimen iraní
La amenaza exterior ha reforzado el discurso de resistencia que la República Islámica ha utilizado durante décadas para justificar su permanencia
BeirutLos bombardeos entre Estados Unidos e Irán han continuado este lunes por quinto día consecutivo, en una escalada que podría derivar en una confrontación regional. Washington ha lanzado una nueva ola de ataques contra infraestructuras militares iraníes, mientras que Teherán endurece el discurso y advierte a los países del Golfo que prestar apoyo logístico a las fuerzas norteamericanas será considerado un acto de guerra.
La tensión crece más allá de Irán. En Yemen, el gobierno reconocido internacionalmente ha anunciado que ha bombardeado la pista del aeropuerto internacional de Saná para impedir el aterrizaje de un avión procedente de Irán. Los rebeldes hutíes, que tienen el apoyo de Teherán, acusan a Arabia Saudita de estar detrás del ataque y aseguran que la operación ha acabado con el alto el fuego con Estados Unidos en vigor desde mayo del año pasado. Mientras tanto, el ministerio de Exteriores iraní insiste en que mantiene abiertos los contactos con Qatar, Omán y Pakistán para intentar contener la crisis, aunque rechaza las informaciones sobre un supuesto retorno a la mesa de negociación y las calificó de “guerra psicológica” impulsada por Washington.
Casi cinco meses después del inicio de la campaña de Estados Unidos e Israel contra Irán, el objetivo declarado de debilitar el régimen de la República Islámica no tiene un resultado claro. Los ataques, que el primer día mataron al líder Supremo, Ali Jamenei, y a otros altos cargos, han destruido instalaciones militares, han obligado a Teherán a reorganizar una parte de su cadena de mando y han incrementado la presión económica sobre un país sometido desde hace años a un severo régimen de sanciones. Políticamente, sin embargo, las cosas apuntan en otra dirección.
Lejos de mostrar señales de fractura, la guerra parece haber provocado un cierre de filas en torno al régimen. La sensación de amenaza exterior ha reforzado el discurso de resistencia que la República Islámica ha utilizado durante décadas para justificar su permanencia y movilizar sus bases.
Los retos del nuevo líder supremo
Este cambio coincide, además, con un momento especialmente delicado para el régimen. La muerte de Ali Jamenei ha abierto una nueva etapa bajo el liderazgo de su hijo, Mojtaba. A diferencia de su padre, el actual líder supremo (que no se ve en público desde el ataque que mató a su padre, en el que él mismo habría quedado herido) no gobierna desde una posición de autoridad consolidada, sino desde la necesidad de construirla. Y, en un régimen como el iraní, esta legitimidad no depende únicamente del rango religioso. También se mide por la capacidad de resistir la presión exterior.
Para un líder recién llegado al poder, aparecer como el hombre que cede ante Washington podría resultar mucho más peligroso que asumir el coste de prolongar la confrontación. Ali Jamenei hizo de la llamada "paciencia estratégica" una de las claves de su largo mandato. Durante décadas evitó una guerra abierta con los Estados Unidos y prefirió proyectar el poder iraní a través de aliados regionales y de una calculada política de disuasión. Mojtaba hereda un país en guerra y, al menos hasta ahora, ha mostrado una actitud mucho menos contenida. Sus primeras decisiones apuntan a una mayor disposición a asumir el riesgo de una confrontación directa. No en vano, este fin de semana ha llamado a "vengar" la muerte de su padre, y se ha distanciado del acuerdo de entendimiento de alto el fuego del 15 de junio, en el que los Estados Unidos y el Irán acordaban una tregua de 60 días para negociar los puntos más espinosos de un tratado de paz duradero.
La guardia pretoriana
Este escenario también refuerza el papel del cuerpo de la Guardia Revolucionaria. Desde hace años constituye el principal brazo militar de la República Islámica, controla una parte de la economía y coordina las relaciones con los aliados regionales de Teherán. Pero la guerra parece haber reforzado aún más su influencia. Son sus mandos los que dirigen buena parte de la respuesta militar y los que tienen cada vez más peso en las decisiones estratégicas del país.
Más que un cambio de régimen, lo que se empieza a vislumbrar es una transformación del mismo sistema. Esto no quiere decir que los militares hayan tomado el control del Estado ni que el gobierno civil haya desaparecido. Pero sí que el nuevo equilibrio interno parece favorecer a quienes defienden una línea más dura y consideran cualquier concesión a Occidente un riesgo vital para el país.
Aquí radica una de las principales paradojas de esta guerra. La presión militar de Washington buscaba debilitar la capacidad de Irán para proyectar poder dentro y fuera de sus fronteras. Pero todo indica que los ataques han acabado fortaleciendo precisamente a los sectores menos partidarios de cualquier acercamiento a Occidente.
El Memorando de Entendimiento firmado en junio entre Washington y Teherán ilustra esta contradicción. El acuerdo no puso fin al conflicto, sino que a duras penas logró congelarlo durante unas semanas. Este tiempo permitió a Estados Unidos contener temporalmente la crisis en el estrecho de Ormuz, pero también dio margen a Irán para reorganizar una parte de su estructura militar, sustituir a los mandos muertos en los bombardeos y consolidar la sucesión tras la muerte de Ali Jamenei.
La reanudación de los ataques demuestra hasta qué punto aquella pausa era frágil. Pero también permite otra lectura. Después de varios meses de bombardeos, la República Islámica no parece estar más cerca del colapso. Mientras la guerra se extiende a nuevos escenarios y el estrecho de Ormuz vuelve a situarse en el centro de la crisis, el principal cambio podría estar produciéndose lejos del frente, en el interior del mismo régimen iraní. Si se consolida, Washington no solo tendrá que gestionar una escalada con consecuencias para los mercados energéticos, sino también un liderazgo iraní menos dispuesto a separar la presión militar de la negociación política.