El miedo de los sirios a revivir una guerra regional: "Cada día que pasa sin que vuelva la violencia es un regalo"
Algunas zonas del país sufren ataques puntuales e incursiones limitadas, pero no hay un conflicto abierto
DamascoEn Damasco, el recuerdo de la guerra no es abstracto; se encuentra en los edificios reconstruidos a medias, en los barrios vacíos que aún no han podido recuperar a sus antiguos habitantes, en los comercios que abren cada mañana con la esperanza de que la economía mejore. También se filtra en las conversaciones cotidianas, en las que el conflicto ya no se evoca como pasado, sino como una posibilidad que puede salir de cualquier rincón.
La capital siria ha recuperado una normalidad relativa. El tráfico vuelve a saturar las avenidas principales; en los cafés, siempre abarrotados al atardecer, se discute sobre fútbol, inflación, plazos laborales y dinero. A primera vista, Damasco parece que ha pasado página. Sin embargo, esta sensación, ligera, casi frágil, se sostiene sobre una decisión tomada en las alturas del poder y compartida por una parte importante de la sociedad: no volver a entrar en una guerra regional.
Hacia el oeste, la carretera que conduce al paso fronterizo de Masnaa continúa siendo un termómetro constante de lo que sucede más allá. A una hora de Damasco, el valle de la Bekaa libanesa se extiende hacia el horizonte, y con él los ecos de los bombardeos israelíes contra posiciones de Hezbolá, que van tan seguidos que incluso se sienten en zonas fronterizas. Por ahora, la guerra no ha arrastrado a Siria a la conflagración.
Este sábado, Avichay Adraee, portavoz del ejército israelí, avisó de que, a partir de entonces, este paso fronterizo se convertía en un objetivo militar: «Como Hezbolá utiliza el paso fronterizo de Masnaa con fines militares y para el contrabando de armas, las FDI tienen la intención de lanzar ataques contra el paso fronterizo en un futuro próximo», escribía en X.
«Sabemos que la guerra está ahí. Lo notamos cada día», dice Samer desde su parada de accesorios para móviles en Shaalan, un barrio popular damasquino que hace años que vive inmerso en una gran transformación, a veces demasiado lenta. «Pero aquí, en Siria, de momento aún no ha llegado. Esa es la diferencia», añade.
Esta percepción de separación, de estar al margen, marca la manera como muchos sirios piensan el presente. Para ellos la guerra no ha terminado, pero ha dejado de ser el centro de su vida diaria. Aun así, se mantiene el temor a que, de repente, la normalidad vuelva a romperse.
Ataques puntuales
Hacia el sur, hay presión pero se mantiene contenida. En las provincias de Daraa y Quneitra, a lo largo de la línea del Golán, durante las últimas semanas se han sucedido bombardeos puntuales, incursiones limitadas y episodios de fuego transfronterizo que reflejan la extensión del conflicto en la región, aunque no se traduce en un frente abierto dentro de Siria. Algunos de estos episodios han tenido lugar en áreas con presencia de comunidades drusas, lo que le añade una dimensión política. Aun así, sobre el terreno la dinámica continúa siendo la de intervenciones calibradas, más orientadas a marcar límites que a provocar una escalada directa.
Más al noreste, la guerra adopta otra forma. En esta zona, donde siguen desplegadas fuerzas norteamericanas después de años de alianza con las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), el conflicto se manifiesta a través de ataques indirectos. En marzo, varias bases fueron objetivos de cohetes y drones lanzados por milicias proiraníes desde Irak, en lo que se interpreta como un intento de presionar a Estados Unidos en el marco de las tensiones con Irán. No se trata de un frente sirio en sentido clásico, sino de una extensión del conflicto que utiliza el territorio para proyectar poder.
“Claro que me preocupa”, exclama Lina, estudiante de ingeniería en la Universidad de Damasco, en el barrio de Mezzeh, que sonríe cada vez que se le pregunta por su futuro. “No es que Siria entre en la guerra, sino que la guerra acabe entrando aquí”, continúa. Después de catorce años de conflicto, muchos jóvenes que ahora empiezan a pensar en estudiar o trabajar fuera o dentro del país sienten que este futuro se puede romper antes de tiempo. “Hemos aprendido a no dar nada por hecho –añade–. Cada día que pasa sin que vuelva la violencia se siente como un regalo, pero todos sabemos que puede acabar pasando en cualquier momento”.
Presión sobre Hezbolá
Esta mezcla de cautela y deseo de normalidad ayuda a entender la posición del presidente interino, Ahmed al-Sharaa, que ha insistido en que Siria no participará en el conflicto excepto en caso de agresión directa. Es la línea que han mantenido a pesar de las presiones, incluidas las propuestas para implicarse en la contención de Hezbollah desde el Líbano.
A lo largo de las últimas semanas, representantes y diplomáticos norteamericanos, en contactos discretos con sus homólogos sirios, han sugerido que Damasco podría tener un papel en la presión política y militar sobre Hezbollah, e incluso se ha evaluado la posibilidad de un despliegue en el este del Líbano con otras fuerzas. Aun así, Al-Sharaa ha respondido con cautela y firmeza, evitando comprometerse y recordando que cualquier implicación directa podría desestabilizar aún más un país que no ha completado su proceso de reconstrucción ni ha cerrado sus propias heridas internas, después de más de una década de guerra.
En la calle, esta lógica se traduce en términos más simples. “La gente aquí no piensa en quién gana o quién pierde –dice Abu Fadi, un taxista en el centro–. Piensa que esto no vuelva a empezar”.
Esta memoria condiciona la percepción del presente. Incluso mientras los bombardeos se suceden en la frontera con el Líbano, mientras el sur continúa bajo presión intermitente y mientras los ataques en el noreste recuerdan que Siria puede ser el escenario de una guerra indirecta, el país mantiene una línea que no es tanto de neutralidad como de contención calculada.
En Damasco, esta fragilidad no se expresa en grandes declaraciones, sino en una forma de prudencia cotidiana, en la sensación de que todo depende, simplemente, de mantener este equilibrio un día más.