El Pakistán busca erigirse en mediador entre Trump e Irán

Dependencia energética, vulnerabilidad económica, religión y criptodivisas explican la ofensiva diplomática de Islamabad

Los ministros de Asuntos Exteriores Badr Abdelatty de Egipto, el príncipe Faisal bin Farhan Al Saud de Arabia Saudí, Ishaq Dar de Pakistán y Hakan Fidan de Turquía se reúnen para discutir la desescalada regional en Irán, en Islamabad, ayer domingo.
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LondresCriptomonedas, religión, tareas de sheriff en la zona, la diáspora y razones económicas e históricas explican por qué Pakistán se ha querido situar en las últimas semanas como un actor central en los intentos de desescalada de la guerra entre los Estados Unidos e Irán. La actividad diplomática de este fin de semana ha sido tan intensa en este sentido como los riesgos a los que hace frente el país.

Riesgos que han tenido una imagen que muchos podrían interpretar como premonitoria en el preámbulo de la reunión entre los ministros de Exteriores de Egipto, Arabia Saudí, Turquía y el anfitrión pakistaní, celebrada en Islamabad. El responsable de la diplomacia de Pakistán, y viceprimer ministro del país, Ishaq Dar, resbaló y cayó al suelo mientras recibía a su homólogo egipcio, Badr Abdelatty, en el ministerio de Exteriores.

Más allá de la anécdota, el activo principal del país es una "credibilidad inusual", en palabras de Adam Wenstein, del Quincy Institute –un think tank de los Estados Unidos que intenta promover una política exterior menos intervencionista de la Casa Blanca–, que deriva de una combinación de relaciones funcionales con los dos actores. Al mismo tiempo, también hay una historia de desconfianza con Washington que le otorga una cierta equidistancia a los ojos de Teherán. Islamabad, a su vez, conserva vínculos sólidos con Arabia Saudí, Turquía o Egipto, lo que le permite articular iniciativas multilaterales. El equilibrio, sin embargo, es muy delicado. Incluso más frágil que el de su ministro de Exteriores. Y cuanto más se alargue la guerra, más difícil será este juego de funambulismo.

La implicación pakistaní no se entiende sin el factor económico. Según los datos más recientes de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) y de la Oficina de Estadística de Pakistán, el país depende de la región del golfo Pérsico para aproximadamente el 80% del crudo que consume y el 99% del gas natural licuado (GNL) que importa. Esta dependencia se centra principalmente en Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos como proveedores de petróleo y en Qatar como suministrador de gas. El 30% de la factura total de las importaciones del país se destina a los recursos energéticos que transitan por el estrecho de Ormuz. Y si el coste de esta factura aumenta, las reservas de divisas caen y la inflación interna se dispara.

Entre 4,5 y 5 millones de pakistaníes trabajan en los países del Golfo. Cualquier aumento de la desestabilización de la zona, ya muy tensionada, puede afectar las remesas de divisas hacia el país, clave para la economía. Fuentes diplomáticas de Islamabad citadas por la cadena Al-Jazeera concluyen que, "si la guerra continúa, Pakistán será uno de los países más perjudicados". No en vano, en la declaración final después del encuentro de Islamabad, el ministro Dar dijo el domingo que "el conflicto en curso es extremadamente desafortunado por su impacto devastador sobre las vidas y los medios de subsistencia en toda la región. Esta guerra no favorece a nadie y solo traerá muerte y destrucción".

Impacto económico

Al factor económico se le suma una dimensión interna religiosa muy delicada. Pakistán es el segundo país con más población chií del mundo, después de Irán. La guerra ha provocado protestas y tensiones sociales, especialmente después de la muerte de líderes iraníes durante los primeros ataques. El riesgo de desestabilización no es solo político o religioso. Las autoridades temen un efecto de contagio regional, especialmente teniendo en cuenta que el país ya está inmerso en un conflicto con los talibanes afganos. Una escalada con Irán podría abrir un nuevo frente en un contexto de seguridad ya muy deteriorado.

El papel actual de Pakistán también se explica por el acercamiento estratégico a Estados Unidos bajo la segunda presidencia de Donald Trump. El jefe del ejército, Asim Munir, ha tejido una relación directa muy estrecha con el presidente republicano en un intento de superar años de desconfianza. En uno de sus habituales elogios para halagar a los interlocutores, Trump dijo que era su "mariscal de campo preferido", durante una visita a Mar-a-Lago el pasado diciembre. Un apelativo que se ha hecho realidad cuando Pakistán ha tomado el papel de sheriff de Asia central, manteniendo bajo control a los talibanes, después del abandono de Estados Unidos del país, en verano de 2021. Un sheriff en favor de Washington.

El vínculo entre Islamabad y Washington no es solo político, sino también financiero. E incluye una dimensión económica y tecnológica, con acuerdos en el campo de las criptomonedas. Pakistán ha firmado un pacto con una empresa vinculada a la familia Trump, World Liberty Financial, para utilizar la criptomoneda estable USD1 en pagos transfronterizos, un movimiento que apunta a una apuesta por nuevas infraestructuras financieras en un contexto de restricciones de divisas.

Entre Teherán y Riad: una posición de riesgo

A pesar del rumbo hacia los Estados Unidos, Pakistán mantiene una relación funcional con Irán, con quien comparte una frontera delicada en la provincia de Baluchistán de 909 kilómetros. A pesar de episodios de tensión –como los ataques cruzados de 2024–, los dos países han cooperado en materia de seguridad.

A la vez, Islamabad está vinculado a Arabia Saudita por un acuerdo de defensa mutua que podría obligarle a intervenir si el conflicto se intensificara. El mismo ministro Ishaq Dar ha admitido esta tensión y ha recordado a Teherán la firma del pacto con Riad en septiembre de 2025.

Este intento de protagonismo diplomático responde, sin embargo, a una voluntad de proyección internacional y de recuperación de un papel histórico. Islamabad ya tuvo una función similar en 1971, cuando facilitó el acercamiento entre los Estados Unidos y China que desembocó en el viaje de Richard Nixon y la llamada diplomacia del ping-pong.

"Acoger conversaciones entre los EE. UU. e Irán representaría una mejora significativa de la posición estratégica de Pakistán", apunta a su vez Kamran Bokhari, de otro think tank de Washington especializado en análisis de política exterior, el New Lines Institute. Después de décadas asociado a una profunda inestabilidad, el país busca presentarse como un actor capaz de articular soluciones.

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