Volver a vivir en el norte de Israel: una frontera que no recupera la calma
Metula, el municipio más expuesto a los ataques de Hezbollah, afronta con dificultades el reto de la reconstrucción
MetulaEn Metula no hay mucho tiempo para reaccionar. Cuando suena una sirena, los habitantes saben que tienen entre quince y veinte segundos para llegar al refugio más cercano. Si no llegan, solo queda una última instrucción que todo el mundo conoce de memoria: tumbarse en el suelo, protegerse la cabeza con las manos y esperar que la metralla no caiga demasiado cerca.
Es una rutina que durante casi tres años ha condicionado la vida de este pequeño municipio encajado entre las montañas de la Alta Galilea y la frontera con el Líbano. Los diversos ataques de Hezbolá, el movimiento político y grupo armado chií libanés aliado de Irán, han dejado una huella visible en las calles: fachadas dañadas, casas vacías y una sensación persistente de que la calma puede romperse en cualquier momento.
Metula es una de las comunidades israelíes más expuestas del país. Es una localidad de poco más de 2.000 habitantes, rodeada por el Líbano por tres lados y con una única vía principal de entrada y salida, la carretera 90, que la conecta con la ciudad más grande de la zona, Kiryat Shmona. Su geografía siempre la ha convertido en un punto vulnerable, pero tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la apertura del frente norte con Hezbolá, que dio apoyo al grupo palestino, esta vulnerabilidad alcanzó un nivel nunca visto.
Ahora, esta fragilidad vuelve a hacerse visible. La guerra regional entre los Estados Unidos, Israel e Irán ha reactivado los miedos en el norte del país, con Hezbolá, aliado de Teherán, todavía capaz de amenazar la frontera israelí.
En marzo, en plena guerra abierta con Irán y Hezbolá, esta sensación era palpable. Muchas casas mantenían las persianas bajadas y las fachadas todavía mostraban las marcas de impactos previos. Las explosiones procedentes del otro lado de la frontera se sentían con más intensidad al atardecer, y las sirenas interrumpían cualquier conversación.
Durante abril, mientras buena parte de Israel recuperaba una cierta sensación de normalidad tras semanas de guerra, en el norte la vida continuaba marcada por las alarmas. El frente con Hezbolá se convirtió en uno de los focos más persistentes de la crisis: los ataques cruzados continuaron a pesar de los diversos anuncios de alto el fuego. Israel y Hezbolá se siguieron acusando mutuamente de vulnerar los compromisos asumidos.
El reto de volver a casa
Hoy, Metula intenta reconstruirse. Hay grúas, trabajadores reparando viviendas y algunas fachadas que vuelven a tener vida. Pero la reconstrucción física avanza más rápidamente que la reconstrucción de la comunidad. Cerca de 60.000 residentes de las comunidades fronterizas del norte fueron evacuados en 2023 y Metula quedó prácticamente vacía. Aunque el municipio no ofrece datos concretos, se calcula que entre un tercio y la mitad de los residentes no han regresado.
“Yo no me he marchado en ningún momento. Esta es mi casa”, dice uno de los vecinos con quien ya hablamos en marzo. “Si me voy, dejo de defender mi territorio. Tengo un refugio bastante bueno en casa y aguantamos los ataques allí”. Sin embargo, otros vecinos no piensan lo mismo. Para muchas familias, especialmente las que tienen hijos, la incertidumbre ante una nueva escalada todavía pesa.
“Puedes reconstruir una casa, pero no puedes obligar a una familia a volver si no siente que sus hijos estarán seguros”, dice otra vecina de la zona. “En mi familia, lo que más nos preocupa es esta sensación de no estar nunca tranquilos. No saber si mañana volverá a sonar la alarma del Home Front Command –el organismo que coordina la protección civil ante emergencias”.
En paralelo a la reconstrucción de las viviendas, el gobierno israelí ha anunciado planes para recuperar la región. En 2024 presentó un gran plan de reconstrucción, con una inversión prevista de unos 3.500 millones de euros durante cinco años. A pesar de ello, en muchas comunidades fronterizas todavía no perciben que se haya traducido en un cambio visible ni en una sensación de seguridad.
Y es que la calma sigue siendo frágil: Israel intensifica los ataques en el sur del Líbano tras acusar a Hezbollah de vulnerar el alto el fuego firmado en junio. El Líbano ya acumula más de cuatro mil muertos a manos del ejército israelí, según su ministerio de Salud.
Cuando la realidad desmiente el relato
Esta sensación de inseguridad también ha comenzado a tener un impacto político. Para muchos residentes del norte, el relato del gobierno de que Hezbolá había sido debilitado no encaja con la realidad que han vivido durante meses.
Esta frustración se ha traducido en una pérdida de apoyo al Likud del primer ministro Benjamin Netanyahu, tradicionalmente fuerte en esta zona. Una encuesta de la Universidad Hebrea de Jerusalén elaborada por Agam Labs y recogida en exclusiva por Reuters en mayo indicaba que solo un 23% de los votantes del norte darían apoyo al partido en unas próximas elecciones, previstas para el 27 de octubre, frente al 35% que obtuvo en los comicios de 2022.
A pesar de todo, en Metula no solo hay ausencia e incertidumbre. También hay vecinos que han decidido quedarse, trabajadores que reconstruyen viviendas y una comunidad que intenta recuperar su rutina. Para muchos residentes, volver no significa ignorar el riesgo, sino reafirmar el vínculo con un lugar que consideran su casa. Pero el principal reto sigue siendo recuperar la confianza en una frontera que todavía no ha recuperado del todo la calma.