Qué acuerdo de paz para Ucrania estaría dispuesto a firmar Putin

El Kremlin no puede imponer a Kiev un gobierno afín, pero aspira al control externo del país

MoscúLa discusión territorial empaña las negociaciones de paz sobre Ucrania, ahora suspendidas por el conflicto en Oriente Medio. Aunque el reconocimiento de las regiones ocupadas como rusas es importante para Vladímir Putin, las ambiciones del Kremlin pasan por la bielorrusificación de Kiev, es decir, su subordinación política. Moscú quiere un vecino dócil y amistoso que no suponga ninguna amenaza en sí mismo para Rusia ni tampoco como vanguardia de una hipotética agresión occidental. Sin embargo, el presidente ruso perdió la oportunidad de deponer a Volodímir Zelenski al inicio de la guerra y, después de cuatro años de bombardeos diarios, el advenimiento de un gobierno prorruso en Ucrania parece una fantasía o una broma de mal gusto.

A pesar de ello, Putin lleva tiempo presionando para que el presidente ucraniano convoque elecciones e incluso ha conseguido que Donald Trump asuma este relato. Poner las urnas en un país en guerra, con la ley marcial vigente y miles de hombres en el frente, no sería en absoluto la opción preferida por los ucranianos, pero el Kremlin insiste en que hay que votar un nuevo presidente antes de un alto el fuego con la excusa infundada de que Zelenski no está legitimado para firmar un acuerdo de paz. Lo cierto, sin embargo, es que de esta manera Rusia se guarda la carta de reanudar las hostilidades si no le gusta la expresión democrática de la gente.

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Por ello, Moscú quiere exigir que se levante el veto a los partidos prorrusos, ilegalizados en Ucrania poco después de la invasión de 2022, y que se prohíban las fuerzas nacionalistas, una demanda tan amplia que es de por sí problemática. Además, el Kremlin ya ha dado a entender que intentaría impugnar el resultado de unas elecciones argumentando que Kiev, con el afán de manipular la voluntad popular, impide que los ciudadanos ucranianos en territorio ruso puedan votar. 

Esta es una paradoja del expansionismo ruso: la ocupación de las regiones de mayoría prorusa ha provocado que la bolsa de votantes de las opciones favorables al Kremlin se haya reducido significativamente. Por otro lado, la rusificación forzosa en estas zonas ha obligado a la población a renunciar al pasaporte ucraniano. Por lo tanto, es muy incierto cómo Rusia podría intentar utilizar a estos ciudadanos para interferir en los comicios. Lo que es probable es que, sin la posibilidad de apoyar a un candidato prorruso por el fuerte sentimiento antirruso en la sociedad ucraniana, Moscú atice el descontento general con la clase política después de cuatro años de guerra.

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La trampa de la ONU

Otra de las fórmulas que ha planteado el propio Putin es el establecimiento de un gobierno de transición en Ucrania tutelado por las Naciones Unidas. Aunque la ONU ya lo ha rechazado, según escribe el analista Aleksander Baunov en el diario opositor ruso Meduza, el presidente ruso intenta incluir en la ecuación al organismo internacional, por un lado, para “crear un aura de legitimidad” y, por otro, porque como miembro del Consejo de Seguridad puede ejercer el poder de veto en cualquier momento.

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Con esta jugada, Rusia busca erigirse en una especie de garante de la seguridad de Ucrania (las famosas garantías de seguridad) y convertirse en “una espada de castigo” sobre la sociedad ucraniana que, si se dan las circunstancias adecuadas, le otorgará el derecho a la intervención armada y a futuras anexiones. Baunov lo compara con el caso de Chipre, en 1974, en que uno de los garantes, Turquía, aprovechó un golpe de Estado para anexionarse un tercio de la isla. La justificación para esta futura agresión volvería a ser la desprotección de la lengua rusa, de la rama ucraniana de la Iglesia ortodoxa rusa o el cierre de medios de comunicación prorrusos, cuestiones que Putin quiere blindar en un acuerdo de paz. Es decir, se repetiría la historia.

Expertos en geopolítica de la órbita del gobierno ruso, como Fiódor Lukiánov, señalan también que esta solución internacional para Kiev debería ir acompañada de un pacto que reconfigurara el orden y la seguridad europeos. De manera que Rusia, de un plumazo, neutralizaría y desarmaría Ucrania, el ejército más grande del continente, y reequilibraría fuerzas con la OTAN. “Para el Kremlin, la guerra es existencial. No se trata tan solo de tomar el control de ciudades y pueblos, sino de una confrontación con Occidente que tiene lugar en territorio ucraniano”, apunta Tatiana Stanóvaia, del Centro Carnegie Eurasia.

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Putin no solo no acepta un acuerdo de paz porque Zelenski no quiera ofrecer el Donbás, sino porque ve muy lejano el cumplimiento de sus ambiciones. La presión militar, además, le confiere un poder de negociación que, en caso de alto el fuego, perdería inmediatamente. Así pues, continuar la guerra es la mejor carta para el Kremlin a ojos de su élite, y no se detendrá mientras no se asegure que puede proyectar su sombra sobre una Ucrania desamparada y que una Europa acobardada no osa hacer sombra a Rusia.