Putin celebra su desfile militar más deslucido con el permiso de Zelenski

El presidente ruso asegura que el ejército ruso avanza en Ucrania a pesar del apoyo de la OTAN a Kiev

Act. hace 14 min

MoscúEl desfile militar del Día de la Victoria de este año será recordado por dos circunstancias. La primera, el miedo de Vladímir Putin, que decidió convertir su escaparate de poder bélico en un espectáculo de mínimos e inédito: sin tanques ni misiles, prácticamente sin invitados extranjeros y sin medios occidentales. La segunda, el escarnio de Volodímir Zelenski, que conminado a última hora por Donald Trump, desistió de amenazar la plaza Roja con sus drones y firmó un sarcástico decreto para “permitir” la celebración rusa de este sábado.

A pesar de la tregua acordada a tres bandas, que se alargará hasta el lunes, el evento ya se había concebido deslucido por la psicosis de un ataque ucraniano y ha durado menos de 50 minutos, el más corto de la historia moderna. El presidente ruso ha comparecido con la solemnidad habitual y, durante el tradicional discurso, ha trazado un paralelismo entre los veteranos de la Segunda Guerra Mundial y los combatientes de la guerra de Ucrania, apelando al sacrificio de todo el pueblo para alcanzar la derrota de los enemigos. “La gran gesta de la generación victoriosa inspira a los soldados que hoy llevan a cabo operaciones militares especiales”, ha dicho Putin, que ha añadido: “Se enfrentan a una fuerza agresiva armada y con el apoyo de todo el bloque de la OTAN, y a pesar de ello, nuestros héroes avanzan”. “Nuestra causa es justa. La victoria ha sido y siempre será nuestra”, ha concluido el comandante supremo del ejército ruso, a pesar de que esta ha sido la quinta parada de la Victoria sin victoria en Ucrania.

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A diferencia de la última edición, que coincidía con el ochenta aniversario del triunfo soviético sobre la Alemania nazi y en la que Putin presumió del armamento que utiliza en la guerra de Ucrania (los tanques T-90, los misiles Iskander o los sistemas de defensa aérea S-400), en esta ocasión solo han marchado por el centro de Moscú columnas de soldados, entre los que por primera vez se ha visto una representación de norcoreanos que lucharon en la región rusa de Kursk y que han empuñado fusiles plateados. La única muestra de equipamiento militar ha sido la proyección de un vídeo con drones y armas nucleares, que Putin se ha mirado con gesto satisfecho. Y, para acabar, una modesta exhibición aérea de aviones acrobáticos ha dibujado la bandera rusa en el cielo nublado de la capital.

En el palco, si el año pasado casi una treintena de líderes internacionales, como Xi Jinping, Lula da Silva, Nicolás Maduro o Miguel Díaz-Canel, ejercieron, en cierta manera, de escudos humanos, esta vez solo los jefes de estado de cinco países han contemplado el desfile junto a Putin: el presidente de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko; el presidente de Laos, y el sultán de Malasia, además de los mandatarios de Kazajistán y Uzbekistán, que inicialmente no debían viajar a Moscú pero que se sumaron a la lista el viernes por la tarde. A todos ellos Zelenski les había recomendado que no asistieran a las celebraciones.

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Las televisiones extranjeras, que nunca habían faltado a la cita, no han podido registrar el acontecimiento después de que la administración presidencial les revocara la acreditación previamente concedida. La retransmisión oficial de la televisión rusa no se ha ofrecido en directo, sino que se ha emitido con un diferido de casi un minuto con el fin de tener margen en caso de cualquier contratiempo. Tampoco se han relajado las medidas de seguridad del Kremlin en el centro de la ciudad. Los soldados han continuado haciendo guardia con las ametralladoras apuntando al cielo, las calles y las estaciones de metro cercanas a la plaza Roja se han vaciado y el internet móvil no ha funcionado desde primera hora de la mañana con la esperanza de dificultar el vuelo de los drones.

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La ‘broma’ de Zelenski

Pero ningún dron se ha acercado al corazón de Moscú. Después de una semana de psicosis y amenazas cruzadas, finalmente tuvo que ser Trump quien saliera al rescate de Putin y parara los pies a Zelenski. El presidente ucraniano había estado jugando con la posibilidad de atacar el desfile militar después de que Rusia no hubiera respetado un primer alto el fuego impulsado por Ucrania el pasado miércoles. Esto, a pesar de que el Kremlin había advertido que si Kiev osaba estropear la celebración del Día de la Victoria, respondería con un bombardeo masivo contra la capital ucraniana.

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La concesión de Zelenski le ha costado a Putin un intercambio de prisioneros, mil por bando, y sobre todo, que Ucrania haya podido venderlo como una medida de gracia ante la súplica rusa. El líder ucraniano promulgó un decreto en el que especificaba que “autorizaba” el desfile por un “propósito humanitario” y que excluía específicamente la plaza Roja del radio de uso de sus armas mientras durara el evento. La burla no ha gustado nada al Kremlin, que lo ha calificado de “payasada” y ha afirmado que “no necesita el permiso de nadie” para celebrar su fiesta más sagrada. Zelenski se ha anotado una victoria en una batalla psicológica, pero Putin continúa convencido de que ganará la guerra.