Internacional19/08/2021

Los talibanes marcan con pintura las casas de mujeres activistas

"Si los extranjeros no pueden hacer nada por nosotros aquí, que nos lleven con ellos"

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BarcelonaFreshteh Rafat enumera por teléfono su currículum. Lo hace como si recitara una lección aprendida, de tantas veces que lo ha repetido. Estudió periodismo y comunicación de masas en la Universidad de Herat, la ciudad del oeste de Afganistán que hasta hace cuatro días se consideraba el centro económico del país. Trabajó para el diario Asht-e-sob, que es el más progresista de Afganistán. Colaboró con un sinfín de asociaciones de mujeres, e incluso fue una de las impulsoras de la campaña Where is my name (dónde está mi nombre), que se hizo viral en las redes sociales al exigir que el nombre de las mujeres figure en alguna parte en Afganistán. Hasta hace dos años el nombre de la madre ni tan siquiera aparecía en las partidas de nacimiento de sus hijos. Solo el del padre.

Sí, sin duda, la suya es una cara conocida en Afganistán. Y más aún, teniendo en cuenta que es hermana de Azita Rafat, que fue diputada en el Parlamento afgano por la provincia de Badghis, que es donde las tropas españolas estuvieron desplegadas durante siete años. De hecho, su familia es originaria de allí. Freshteh tiene ahora 29 años y dice que ha dedicado toda su vida a formarse. En Badghis incluso se apuntaba a los cursos que impartían los militares españoles, ya fueran de inglés, español o informática.

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Pintura negra

El lunes apareció en la fachada de su casa en Herat una pequeña marca de pintura negra, a la que inicialmente no dio demasiada importancia. Pero es que a una colega suya que también ha sido muy activa en la defensa de los derechos de las mujeres le pasó lo mismo: su casa también amaneció marcada con pintura. Y también a otra y a otra… ¿Acaso pretenden señalarlas? Los talibanes controlan Herat desde el jueves pasado y desde entonces sus milicianos están por todas partes.

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“¿Que cómo me siento? Pues tengo miedo”, contesta Freshteh sin poder evitar que se le entrecorte la voz al teléfono. “Quería denunciar en las redes sociales todo lo que está pasando, informar de lo que ocurre, pero es que no tengo fuerzas ni para eso. Me resulta imposible concentrarme”, lamenta. No le entra en la cabeza que Afganistán caiga en el abismo de un día para otro y la comunidad internacional no haga nada para evitarlo.

“La comunidad internacional ayudó a Malala”, recuerda, refiriéndose a la joven pakistaní que fue tiroteada por los talibanes en 2012 por ir al colegio. Aquel ataque desató una ola de solidaridad en todo el mundo y un clamor generalizado a favor del derecho de la educación de las mujeres. Dos años después Malala Yousafzai –ése es su nombre completo- fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz. “En Afganistán también hay miles de Malalas. ¿Por qué a nosotras no nos tenéis en cuenta?”.

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Freshteh dice que la situación no es comparable a cuando los talibanes llegaron al poder en 1996. Entonces Afganistán era un país arrasado por la guerra, aislado del exterior y donde la mayoría de la población era analfabeta. “Nosotras hemos estudiado y tenemos acceso a las nuevas tecnologías”. Es decir, les dieron alas y ahora pretenden cortárselas. “Si los extranjeros no pueden hacer nada por nosotras aquí, que nos lleven con ellos”.

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Últimamente Freshteh trabajaba en una casa de acogida para mujeres maltratadas, que gestionaba la ONG Voice of Women Organization con fondos de Estados Unidos. Pero la casa de acogida tuvo que cerrar hace cinco meses porque Voice of Women Organization recibió cartas de amenaza de los talibanes en cuanto los milicianos empezaron a ganar territorio y a estrechar su cerco alrededor de Herat.

Casas de acogida

Los talibanes consideran que las casas de acogida son lugares de perdición porque viven mujeres solas, sin la compañía de un hombre. Lo peor es que muchos afganos también piensan lo mismo: durante los veinte años de presencia internacional en el país, se ha debatido en diversas ocasiones en el Parlamento afgano la necesidad de clausurar las casas de acogida. Precisamente por eso, porque allí las mujeres viven sin la supervisión de un hombre. Durante las últimas dos décadas todas las casas de acogida del país han estado gestionadas por ONG –nunca por el gobierno– y financiadas con fondos extranjeros.

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Tras el cierre de la casa de acogida en Herat, las mujeres alojadas allí fueron trasladadas a un centro en Kabul. Freshteh no sabe decir qué habrá pasado con ellas. Solo sabe que ella también tiene que marchar. Como tantos otros, aspira a salir del país, a subir a uno de los aviones de evacuación.